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lunes, 25 de octubre de 2010

La catedral titánica de Justo Gallego o el esfuerzo enfocado obra milagros


Foto 1: exterior
La entrada de blog que tenía preparada para hoy se ha visto arrumbada sin miramientos ante las ganas que me han entrado de hablaros sobre la última excursión de fin de semana que he hecho por los alrededores de mi ciudad.

En Marzo de este año 2010 leí en prensa un artículo a propósito de la catedral de 8.000 metros cuadrados que Justo Gallego, un labriego de 85 años, lleva construyendo desde 1961 en unos terrenos propiedad de su familia, ubicados en Mejorada del Campo, provincia de Madrid.

La foto que acompañaba el artículo mostraba un señor de aspecto venerable, posando delante de un edificio con aires originales y gaudianos.

En ese momento, me sorprendió el no haber tenido conocimiento de ello con anterioridad, pues tengo casi tanta edad como Justo lleva trabajando en su ilusión, leo prensa y revistas a diario y, salvo unos siete años que haya podido yo vivir en otras partes del mundo, mi residencia ha estado siempre en el foro. Luego me han dicho que en 2005 se hizo un anuncio televisivo; está claro que se me pasó, “e bé”, que dirían por otros lares…

Guardé el recorte del periódico y, siete meses después del descubrimiento, la semana pasada embarqué a mi familia en la empresa de ir a visitar la catedral.

Lo que encontré me resulta inefable por lo extasiante. Ni habiendo leído el artículo ni visto la imagen, estaba yo preparada para lo que encontré. Pocas veces he mirado nada más bello, pocas veces algo tan grandioso.

Quiero compartir con vosotros alguna de las fotos que fui tomando. La primera, la que encabeza este post, es el templo según te aproximas. ¿Qué os parece de momento?

La historia de Justo es sencilla: monje durante ocho años en el monasterio soriano de Santa María de Huerta, cisterciense y de clausura (otra joya artística y espiritual que os recomiendo), enfermó de tuberculosis y volvió a Mejorada para recuperarse. Aunque curado, la enfermedad le dejó secuelas permanentes que truncaron su vuelta al convento. De este modo, la visión que él tenía para su vida, que era el vivir en Dios y entregarle sus días, quedó aparentemente bloqueada.

Penó por ello, pero no se dejó vencer. Y encontró un nuevo camino para cumplir el destino que había elegido para sí: erigiría un gran templo en honor de Dios.

Foto 2: Justo al fondo, encaramado a la cúpula interior
Esto sucedía hace 50 años. Desde entonces, y pertrechado sólo con su intuición arquitectónica, sus manos, y materiales de construcción desechados por las fábricas, ha venido construyendo en soledad uno de los santuarios más amplios y originales que cubren la faz de la Tierra.

Durante los últimos 20 años, le ha acompañado en su odisea un joven que llegó forastero, y a él se ha añadido recientemente un tercero. Y dicen que, en los veranos, no faltan estudiantes que arrimen el hombro.

Cuando llegamos, Justo se afanaba en afianzar la cúpula central interior (foto 2). Era sábado. Luego supe que trabaja cada día, lunes o domingo, sin conocer descanso. Aunque quizás, sea ese empeño su auténtico descanso.

Foto 3: nave central y cripta en doble plano
El recorrido nos llevó más de una hora. Mil vericuetos, capillas a cual más sorprendente, cúpulas de hierro, una cripta inferior tan grande como la nave central (foto 3), alegres vidrieras, intrincadas escaleras de caracol, torres de fortaleza, esculturas bien trazadas…

Subiendo y bajando, llegamos cerquita de donde Justo estaba. De rostro beatífico y cuerpo enjuto y nervudo, cubría su cabeza con un gorrito de lana rojo que, por su forma y tamaño, recordaba al que distingue a los prelados.


Trabajaba sin prisa pero sin pausa, bajo una aureola de serenidad (foto 4).

Foto 4: Justo Gallego, infatigable
Aunque pocos para lo que este templo merece, algunos visitantes paseaban, como nosotros, lentamente. Al cruce, escuché algunas conversaciones, de las que anoté un par:

- “Si un tío es capaz de hacer esto, ¿qué no eres capaz de hacer tu?”, reflexionó un joven.

- “Es (cuestión de) tener un objetivo”, afianzó su compañera.


Y una anciana musitó para sí: “Hay gente que no se debería morir nunca”.

Los valores que rigen la obra de Justo aparecen enumerados en el librito que está a disposición de los visitantes, y cuya adquisición financia parte de la manutención de los tres quijotes. Por cierto, no os he mencionado que corre la voz de que no recibe ayudas, subvenciones o inversiones de nadie, no porque no quiera, sino porque aún las gentes no se toman en serio su obra, dicen.

De ser eso cierto, ello hace aún más admirable el que no desfallezca. De momento, y aunque la construcción carece de algunas licencias y por ello su pervivencia se encuentra amenazada, está consagrada a Nuestra Señora del Pilar.

Volviendo a los valores, Justo ha elegido como motores de su obra: amor, bondad, sacrificio, justicia, entrega, alegría, tesón y fe.

Son todos ideales universales, pues creáis o no en Dios, hasta la fe es necesaria para un buen vivir: fe en que nuestra vida será buena; fe en que, por nuestra mano, dejaremos un mundo mejor; fe en que alcanzaremos las metas que persigamos con ahínco y alegría; fe en que nos amarán y seremos capaces de amar; fe en que nuestras obras nos sobrevivirán…

Creo que, a estas alturas, habréis descubierto el por qué os traigo aquí esta historia. Aparte el invitaros a visitar la catedral, y a que alentéis a Justo con vuestra sonrisa y vuestra pequeña inversión, os la traigo porque la trayectoria de este hombre expresa con sencillez uno de los temas que demandan mis clientes de coaching: la definición de una visión que les ilusione, y el consiguiente cómo desbrozar el camino hacia ella.

Como nuestro labriego arquitecto, tres son los pasos que habéis de dar:

1. Elegir a dónde queréis llegar (la visión).
2. Concretar los valores, los cómos irrenunciables que van a enmarcar vuestra acción.

3. Aplicar fe, foco, disciplina, amor, alegría, tesón y esfuerzo. La motivación vendrá por sí sola, al amparo de los pequeños logros que vayáis obteniendo.

Con ello, moveréis montañas como Justo. Y conseguiréis milagros como el suyo.
Que disfrutéis el santuario. Tanto como yo. Se le quitan a uno las ganas de desfallecer. En nada.

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