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lunes, 10 de enero de 2011

Fumando espero... ¿el futuro que yo quiero?

10 granitos para dejar de fumar
No pensaba yo arrancar este 2011 bloguero como en 2010, con propósitos para el nuevo año. Pero, hace unos días, un amigo fumador, preguntándose qué entrada para el blog me sugerirían las Navidades, desveló lo que supongo le rondaba: “Bueno, bajo la perspectiva del coaching supongo que son unas fechas interesantes, porque casi todo el mundo hace autoexamen y se plantea metas, algunas recurrentes, típicamente dejar de fumar”.

Como yo misma desterré el tabaco hace tiempo tras 20 años de esclavitud, entendí su inquietud, por lo que me rindo y atiendo su petición. Metiendo en una coctelera mi experiencia como fumadora, los estudios y avances científicos al respecto, y el coaching, quizás le pueda dar a mi amigo, o a vosotros, pistas y estrategias; así que allá vamos.



Me detengo lo primero en la expresión que he utilizando y que, por lo habitual, dudo que haya chocado a la mayoría: “dejar de fumar”. Primer error de bulto, pues nuestro cerebro inconsciente (que es, por cierto, no me canso de repetirlo, tanto o más sabio que el consciente) es muy simple, esto es, lo que le llegan más son los mensajes cortos, en positivo y en términos de acometer.

“Dejar de fumar” es una expresión de abandonar algo, no de acometerlo, y, por ello, resulta de difícil alcance para nuestro cerebro. Los que no fumen, lo entenderán también si recuerdan cómo, a veces durante meses, a veces durante años, se vieron anclados en una relación poco satisfactoria. Algunos salieron de ese bucle sólo gracias a haber encontrado otra persona de la que enamorarse. No en vano siempre se ha dicho en este asunto que “un clavo se quita con otro clavo”.
Pues bien, el descubrimiento aquí es que la regla del clavo no aplica sólo a novios y novias, sino al resto de hábitos. En la práctica, eso quiere decir que hay que buscar otra actividad que reemplace al fumar. Y, para ello, hay que buscar una meta nueva. Cada uno elegirá la suya, ahí no me meto, pero os cuento que, en mi caso, una de mis metas deseadas fue: quiero levantarme cada mañana sin estar cansada. Y otra fue: “quiero volver a subir las escaleras velozmente y sin perder el resuello”.

Y hemos topado con la segunda cuestión clave: el “quiero”. Quien se plantee la cosa como un “tengo”, está vendido. O bien no conseguirá dejar el hábito, o volverá enseguida. Sólo nos mueve de verdad el deseo, no la obligación.
Mi tercer granito de arena va por la frase que todos escuchamos a menudo en boca de fumadores que se aferran al hábito: “es que a mí fumar me gusta”, dicen. Aquí el inconsciente está siendo tonto, o comodón (nunca dije que fuese perfecto), y no se entera. Y el consciente, él, que se supone tan mesurado y preclaro, se deja engañar por su compañero (vaya par).

La explicación científica a ese “parecer” que nos gusta fumar sería larga y compleja, por lo que lo resumiré con unas palabras que Punset utiliza para otra cosa: “nuestro cerebro trata de convencerse de la opción más cómoda, de la que concuerda mejor con su propia realidad” (Redes, 2010).
Y seguimos con el cerebro, con la sensación de tranquilidad que creemos obtener del pitillo, al que consideramos refugio. De nuevo larga, resumiré la explicación a este cuarto punto: obtenemos relax del cigarrillo porque, antes, la misma nicotina se ha encargado de provocarnos la ansiedad e irritabilidad crecientes que creemos causadas por el entorno y las circunstancias.

Y el quinto granito: nada más desterrado el pitillo, comienza a crecer dentro de ti un monstruito que va a martirizarte hasta que tu cuerpo logra desintoxicarse de la nicotina, unas cinco semanas después. Un Mr. Scrooge malhumorado y rugiente, amargado y egocéntrico, sólo piensa en las ganas que tiene de que fumes. Irritado e irritante, discute con todo el mundo, no puede estarse quieto, le molesta lo que se le dice, y manda a la porra, a ti y a cualquiera, a la mínima provocación. Lo peor acaba a los diez días; el resto es más fácil, aunque hay que mantener la guardia.

Avisados de la llegada inevitable del visitante rabioso, lo que conviene es comunicarla a vuestros allegados, especialmente a aquellos que convivan bajo vuestro mismo techo. Comunicarlo ayuda a que te comprendan y acepten el tornado poco afable que vas a ser durante el mes siguiente….

En el lado de lo positivo, algo muy sencillo pero útil es, durante las primeras semanas y, luego meses, darse premios con el dinero ahorrado con el tabaco. Han de ser preferentemente cosas tangibles para que podamos ver materializado nuestro esfuerzo: libros, películas, ropa; pero quizás a alguno le sirva invertir en una buena comida o un buen espectáculo.

Octavo granito: a algunos les puede resultar más fácil acometerlo durante un tiempo vacacional, porque estaremos desconcentrados y, sobre todo a algunas horas del día, no soportaremos estar donde estamos y necesitaremos salir a la calle a caminar deprisa para oxigenar al cerebro, y así ayudarle a sobrellevar el dolor temporal al que le estamos sometiendo.

La penúltima idea es la percepción de autoeficacia: aquel que se considera capaz de lograr sus retos tiene una gran ventaja, tanto a la hora de dejar la cajetilla en la mesilla como para mantener el compromiso consigo mismo.

Y termino con el esfuerzo persistente y esperanzado: sin él no hay nada en la vida.

¿Esperáis o buscáis vuestro futuro?
¡Feliz 2011!

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