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lunes, 21 de febrero de 2011

La complicada sencillez de la disculpa


Van Gogh - Lillies
Si algo provoca el coaching sobre quienes lo practicamos es la reflexión sobre asuntos cotidianos que, de otro modo, pasaríamos por alto a pesar de su importancia.

Una de las cosas aparentemente más fáciles es disculparse. Sin embargo, el contradictorio ser humano se obstina en hacer de ello una actividad enrevesada y poco habitual, quizás porque la confunde con pedir perdón.
En puridad, dis-culpar-se
no es más que pedirle al otro que le quite la culpa por un acto cometido, omitido o malinterpretado; es meramente decirle que ve sus sentimientos y los acepta aunque quizás no los asuma como propios. La disculpa es un acto de empatía y de respeto al otro como legítimo ser con derecho a sentir y disentir. Ante un acto nuestro torpe, atolondrado o presuroso, muchas veces nos bastará con la disculpa para restaurar la confianza tambaleada o la paz en la relación quebrada.
En otras interacciones, empero, donde el daño o la intención percibidos –que quizás no reales- sean peores y requieran mayor remiendo, la disculpa no será más que un preámbulo del perdón, e irá encaminada a detener el enconamiento del “agraviado” quien, tras ella, estará más apaciguado y más en disposición de conversar. De esa conversación es de la que derivará o no el pedir perdón y/o el reparar el daño, en función ambos de que el "presunto agredido" no se exceda en cómo comunica sus reclamos y sus reivindicaciones, y en función de que el "presunto agresor" no se monte en su burra y se vaya dando la espalda.
El proceso, pues, tiene tres pasos, aunque quizás no sean necesarios todos en todas las situaciones: la disculpa, el perdón y la reparación. En esto, como en todo, la tipología de comportamientos es variada. Dejando de lado las ocasiones en que el daño es sólo producto de la imaginación del “presunto agraviado” -cuestión importante pero que no trataremos hoy aquí-, veamos algunos comportamientos:
Hay personas que pretenden saltarse el primer paso y el segundo, y les ves esforzarse en reparar pero sin nombrar la causa de por qué lo hacen. No se dan cuenta de que a la otra persona le está faltando algo, no se dan cuenta de que, tanto o más que los hechos, las palabras sinceras son bálsamo para el alma humana, una caricia luminosa y aleteante.
En ese reparar, además, los que tengan menos facilidad para comunicarse lo harán como Dios les dé a entender, a su manera, como ellos saben; gastando dinero, por ejemplo. Pero ahí se estarán olvidando de que la reparación, para que satisfaga, ha de ser a gusto de la “víctima”. Lo veréis con una burda analogía: si extendemos crema anti-inflamatoria sobre un corte en la piel, ¿qué es más probable que ocurra: que la herida cure, que se quede igual o que empeore?
Otros “agresores” pretenderán quedarse en el paso uno, en el mero merito disculparse. Algunos lo hacen con gran solemnidad, pero en los gestos, tono y actos que acompañan esa disculpa se percibe cómo no se han puesto en los zapatos del otro ni por un instante, cómo no le legitiman ni un poquito, y cómo no están dispuestos a apearse de su “razón” ni un milímetro, no vaya a ser que la frágil imagen que tienen de sí mismos -sobre la que no podrían soportar ni una mácula, pues les va la autoestima en ello- se desluzca. Esa disculpa engolada queda huera y no llega, produce al “agraviado” más desazón y desesperanza que si no se hubiera emitido.
Otros pretenderán ni disculparse, olvidándose de que, en ese “lo siento” o “disculpa” preliminar que ofrezcan, no le estarán dando la razón al interlocutor ni postrándose a sus pies. En dificultar la disculpa, aquí intervienen, entre otros, el orgullo mal sustentado, el miedo a sentirse poco valioso, o el miedo a quedar por debajo o a parecer débil, por ponernos a enumerar; todos ellos reducen la empatía a niveles mínimos. Algunos lo toman incluso como una cuestión de honor, lo formulan en términos de "retroceder, ni para tomar carrerilla" que empobrece y aja las relaciones, que cierra oportunidades y oscurece la vida. Por ego o por miedo, la comunicación entonces se quiebra, pues la "presunta víctima" no se sentirá ni respetada ni legitimada, y ello edificará un muro de incomprensión y silencios entre las dos personas a partir de entonces.
Finalmente, mencionaremos a los que no se disculpan porque ni se enteran de que, con su comportamiento, están dañando a otros; tampoco en este caso parecen brillar mucho la empatía o la consideración.
Como veis, esa cosa sencilla que es la disculpa se complica hasta convertirse en arte, cuando no en misión imposible.
Un librito que leí hace años, "La caja", ilustra muy bien el cómo reaccionan los humanos cuando no quieren hacer algo en favor de alguien (entre otras cosas, disculparse). Lo que sus mentes hacen para evitar dar ese paso es buscar motivos "de peso" que justifiquen el mantenerse en sus posturas de no-disculpa y/o no-reparación.
Está en nuestra mano el cómo entendemos la disculpa: bien como el peor de los males, como la muestra de una presunta debilidad; bien como un acto de valentía, de reconocerse vulnerable -o sea, humano y no Dios-, de saberse digno y con derecho a equivocarse, y de reconocer al otro sin humillarse.
¿Cuál queréis elegir?

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