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viernes, 15 de abril de 2011

El sufrimiento: ese dolor rancio, inútil y… evitable

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Hace unos días, una compañera de la época colegial, dedicada a terapia en vez de a coaching, me contaba, con el ánimo de que yo buscara aportarle algo, que, de todas las cuitas psicológicas que le traen sus clientes, la que maneja con menos eficacia es el sufrimiento. Le pedí que me narrase un ejemplo y, al ir escuchando sus palabras, comencé a entender qué pasaba. Detecté algunas circunstancias significativas, de las que os quiero resaltar un par.


La primera es el sentido suyo sobre cuál es su responsabilidad, lo que le lleva a meterse en el sufrimiento del otro, a asumirlo como cierto y como propio, en la creencia de que no es buen profesional si no lo hace así. Todo lo contrario de mí misma, pues mi sentido de responsabilidad me lleva precisamente a quedarme emocionalmente al margen del sufrimiento del otro, a contemplarlo sin hacerlo mío, para mantener la cabeza fría y todas mis herramientas afiladas y prestas para intervenir.

La segunda dificultad importante en el enfoque de mi amiga es la percepción que ella misma, como persona, tiene acerca del sufrimiento. Lo considera como algo inevitable en la vida, algo con lo que hay que convivir y a lo que hay que resignarse (para profundizar en el dramático significado de la palabra resignación, ver el post en este mismo blog titulado "Aceptar no es resignarse"); o este otro: "La cuestión de la aceptación en coaching".

Es esa creencia de inevitabilidad, según yo, la que más le está obstaculizando cuando otros le hacen partícipes de sus cuitas, pues tenderá a asumir el sufrimiento que traen como inamovible, a consolarlos sin rebelarse, a acompañarlos en su arrastrarse por la existencia, metiéndose en este proceso en el mismo agujero donde están ellos.
Para ilustrarle mi concepto del sufrimiento, le dije a mi amiga: “el sufrimiento es dolor inútil”. Lo captó a la primera. Veamos qué distingue a uno de otro.

El dolor es más automático y menos soslayable, es la primera reacción ante una herida (real o percibida), ante una amenaza, ante una circunstancia sorpresiva que nos descoloca, ante una pérdida. El dolor es un avisador de que nos han “tocado” (como en las guerras de barcos que jugábamos de chiquillos), y de que hay que tomar medidas para defendernos, o para deshacer el entuerto, o para lo que sea menester.

El dolor desconcierta al principio, claro. Hasta que se le hace frente. En ese afrontamiento, podemos encontrar una serie de estrategias básicas a las que se acogen los humanos:.
  1. Afrontamiento activo positivo: calibro la situación y decido en qué ámbitos y en qué medida puedo razonablemente actuar. Aquello que, sin embargo, percibo fuera de mi control, decido aceptarlo y convivir con ello. Si tengo que perdonar, perdono.
  2. Afrontamiento activo negativo: intento controlar todo, esté o no esté dentro de mi área de influencia. Con ello me estrello contra unas cuantas paredes, rumio y rumio, me agoto y me debilito. Si para volver a estar tranquilo y feliz debiera además perdonar, voy y no perdono. Y ya tenemos el dolor transformado en sufrimiento.
  3. Afrontamiento pasivo: me instalo en el dolor, que al enranciarse se transforma en sufrimiento. Si toca, además, opto por caer en el resentimiento (re-sentir lo mismo malo una y otra vez), emoción en la que, señores, siempre se sufre. De nuevo, sin darnos cuenta, el dolor ha cambiado su nombre por el de sufrimiento.
Existe una teoría según la cual nos hacemos adictos a nuestras propias emociones. La película-documental What the #$*! Do We (K)now!? (traducida en España por "¿Y tú qué sabes?") lo ilustra muy bien. Si la emoción es de alegría y sirve de impulso, muy bien, tanto mejor. La cosa, sin embargo, es que muy a menudo la adicción es a las emociones de miedo, ira o tristeza. Caemos recurrentemente en las mismas pautas reactivas ante los acontecimientos, y nos instalamos en los sentimientos de pensarnos maltratados, heridos, infamados, no tenidos en cuenta o con una mala suerte crónica. Sufrimos porque nos hemos hecho adictos a regodearnos en nuestro infortunio, “¡pobres de nosotros!” -suspiramos-, “¡qué injusta es la vida!”.
En el sufrimiento se elige estar.

Así que podemos también elegir no estar.

De lo dicho hasta aquí, podemos extraer algunas de las estrategias para vivir lo más alejado posible del sufrimiento, las cuales potencio en mis procesos de coaching:
- Estar atentos a detectar cuándo nos hemos instalado en el insano regodeo, reírnos de nosotros mismos y ponernos a hacer otra cosa.

- Perdonar. Ojo, porque no quiere decir volver a dar de nuevo toda la confianza, otro día os cuento más sobre el perdón.

- Re-plantearnos la ambición de pretender influir más de lo que esté en nuestra mano.

- Re-plantearnos esa sensación de víctima sin posibilidad de actuación que nos toca de cuando en cuando.

- Quizás esperar menos –por no decir nada- de los demás. De ese modo, todo lo que recibamos que nos agrade será un regalo y habrá menos sorpresas dolorosas.

¿Qué os parece, entonces: que el sufrimiento es aceptable o que hay que rebelarse contra él?.  Ya expliqué hace un año que la tendencia natural del ser humano es fijarse en lo negativo más que en lo positivo (de nuevo, me remito a mí misma, Always look on the bright side of life, en este mismo blog ). Pero no es más que eso..., una tendencia, una mera tendencia.


¡A rebelarse contra el sufrimiento!

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