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viernes, 24 de junio de 2011

Mi amigo Teo o el liderazgo se trae puesto al puesto

Hace poco que se fue un buen amigo, repentinamente. Como tocado por un rayo invisible fue llamado a capítulo y, aunque negoció su marcha durante unos días, nos dejó, prematuramente y tan presuroso que quedó un agujero consistente; “la ausencia tiene volumen”, que dijo Mercedes Salisachs en su sentida novela de casi exacto nombre (*).
De lo mucho que guardaré de Teo en mi memoria, rescataré hoy para este vuestro blog su estilo de liderazgo. Que os aliente como a mí.
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Cualquier directivo, pero sobre todo los ubicados más abajo del comité de dirección, puede encontrarse en la siguiente situación desfavorecida: una gran responsabilidad por un lado y, por otro,

pocos recursos y menos poder del que sienten que necesitarían para decidir y maniobrar. O sea, se ven en un sándwich demoniaco de poco relumbre y elevado estrés.

Mi amigo Teo se encontraba en este caso. Su cometido, como el de tantos directivos intermedios, era el de trasladar a su equipo directrices que él no había creado y en las que ni siquiera había intervenido. Tarea no siempre fácil cuando, como él, se persigue como valor número uno el mantener vivos el compromiso y la satisfacción de quienes tenemos a  nuestro cargo.
Aunque estaba ya jubilado, en los tiempos en que trabajaba me contaba sus peripecias en la empresa de sus amores y de sus dolores. Y yo, entonces y aún ahora enfrascada en investigar sobre el buen liderazgo –que tantas recompensas me ha dado en mi trabajo posterior de coaching-, comprobaba con placer cómo sus comportamientos y actitudes engranaban en la rueda del perfil deseable para ejercer el liderazgo transformacional (o transformador, que en esto de las traducciones hay variedad), que es aquel que practican quienes dirigen mediante su influencia personal.
Esta filosofía laboral es la que os traigo. Aunque más cualidades tendrá el liderazgo transformacional, yo me centraré en las que me mostró Teo. Y, por esta vez, permitidme que las acompañe más con voces por mí admiradas que con la mía propia:

Interés genuino por la persona. Como dice mi amigo en la filosofía Bertrand Russell: “la sabiduría comienza allí donde se venera la personalidad humana”.

Mirar por el equipo antes que por uno mismo. Si los cortos de miras se dieran cuenta de que poniendo el foco en el equipo, obtendrían ellos mismos mayores beneficios en el largo plazo, tirarían más de esta cualidad. Me viene a la mente el viejo adagio anglosajón: “If you give peanuts, you will get monkeys”.
Claridad y puntualidad en la información dada, qué y para qué hacer algo. Nada de estresar al personal con encargos a salto de mata, a destiempo y a desmanera.
Confianza y respeto por el talento y la actitud del profesional. A este respecto, me encanta la frase de Bill Hewlett, co-fundador de Hewlett Packard, pues creo que resume muy bien esta idea: ”Hombres y mujeres quieren hacer un buen trabajo. Si se les proporciona el entorno adecuado, lo harán”.
Buscar y desarrollar la mejor actitud de cada quien. Conocer a nuestros colaboradores, saber qué les motiva y qué les defrauda es importante. Remata Baltasar Gracián: ”Conocer el eficaz impulso de cada uno es como tener la llave de la voluntad ajena.”
Estar abierto a sus propuestas. No sé quién dijo que “cerrar la puerta del despacho es cerrarse a las buenas ideas”.
Respeto por el tiempo personal. Repito lo que ya sabéis: no contribuye más quien deambula por la oficina sino quien planifica su tiempo, lo utiliza con conciencia y se va pronto a otro menester. Y, además, permite a otros que hagan lo propio. Una de las máximas de Napoleón Bonaparte rezaba: ”Hay ladrones a quienes la ley deja impunes, y que roban lo que es más valioso para el hombre: el tiempo”.
Vivir en serenidad, y ayudar a  los suyos a desarrollar esa faceta. La serenidad es uno de los ingredientes de la felicidad sostenible… y de la productividad. El cirujano francés Victor Pauchet afirmaba: El trabajo más productivo es el que sale de las manos de un hombre contento.”
Agradecer las aportaciones y la actitud. El agradecimiento es uno de los más jugosos  ingredientes del arte del buen vivir. Provoca en quien lo recibe el reconocimiento a su presencia y a su labor en el mundo, y en quien lo da una sensación expansiva que le mueve, a su vez, a realizar bondades para con otros.
Hacerles sentir partícipes y útiles. Albert Schweitzer, médico y filósofo alsaciano, reflexionaba: “Todas las personas que conozco que han sido felices de verdad, han aprendido a ser útiles a los demás”.
Dejarles trabajar, no incordiar ni controlar. Al modo de Herbert von Karajan, sería: “El arte de dirigir consiste en saber cuándo hay que abandonar la batuta para no molestar a la orquesta”.
Escuchar. No creíais que me iba a olvidar de ésta, ¿verdad?. Y me voy a Stephen Covey: “La escucha empática no consiste en estar de acuerdo; consiste en comprender profunda y completamente a la otra persona, tanto emocional como intelectualmente”.
Alegrarse con sus alegrías y acompañarlo en sus cuitas, y ello sin caer en el mal del que advertía Gracián: “Hay algunos que siempre acompañan a los fracasados, y hoy se ponen al lado del desdichado que ayer rehuyeron por afortunado”.

Si tuviera que elegir una palabra epítome de los efectos que este rosario de cualidades producen, sería MOTIVACIÓN.
Es por esta filosofía por la que, cuando se jubiló, Teo siguió manteniendo contacto frecuente y enriquecedor con su antiguo equipo. Los mismos que le echarán de menos.
Un liderazgo de este tipo no se puede improvisar, ni mucho menos forzar. Lo tiene la persona per se, o lo adquiere por el camino con conciencia y con tesón. No lo da el puesto, no; hay que llevarlo ya puesto, entreverado entre nuestras fibras, no nos vaya a pasar lo que ilustra la vieja sentencia-chascarrillo español, con la que termino: “Si quieres conocer a un fulanillo, dale un carguillo”.


(*) “EL volumen de la ausencia”. Mercedes Salisachs (1983), ed. Planeta

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