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domingo, 18 de septiembre de 2011

“Soy bueno en lo que hago”, ¿pasa algo?

La herencia de Tim Hetherington

No suelen transcurrir demasiadas lunas sin que me deje caer por Estados Unidos, país por el que desarrollé querencia desde que lo descubrí en los tiempos de mi crianza como profesional, allá a finales de los años 80, y al que reiteradamente he vuelto por carrera y afición.

Mi último viaje fue en primavera de este
año 2011. Al calor de la, a pesar de la estación en que nos encontrábamos, aún apetecida chimenea, me hallaba yo leyendo bajo el murmullo del noticiero televisivo de turno, cuando una frase captó la atención de mi conciencia; una modulada y limpia voz masculina decía algo así como “And that is why I am good at what I do(“Y ese es el porqué soy bueno en lo que hago”). Levanté la vista con presteza hacia la pantalla y me topé de bruces con un primer plano de Tim Hetherington, para mí desconocido hasta entonces. La imagen formaba parte de una entrevista que le habían hecho tiempo atrás, y que re-difundían en ese momento con motivo de su fallecimiento en Libia. Ya atenta, supe que era un excelente reportero gráfico y cineasta británico-americano, famoso a ambos lados sajones del Atlántico por haber cubierto varios conflictos armados a lo largo y ancho del mundo durante las dos últimas décadas.
Lo que me hizo sacar la antena y olvidarme de mi libro para trasladar la atención hacia la televisión, fue casi más la sencillez con la que Tim había pronunciado esas palabras que las palabras en sí: no había presunción en ellas, ni un ego pagadito de sí mismo; en ellas diría que reverberaba algo más parecido a la modestia, a una honrada explicación sin pretensiones de por qué haciendo según qué y según cómo se llega a donde se llega. Tim afirmaba la cosa sin aspavientos, sin alharacas, pero tampoco pretendiendo ocultar el talento que le dio la naturaleza, ni el esfuerzo, la perseverancia o el compromiso que imprimía en cada trabajo suyo.
Me cautivaron en ese instante tanto la persona como el personaje de leyenda que con su muerte nacía, y planeé desde entonces traeros sus palabras y su aura.
Pensando, pensando, confieso que no sabría decir realmente cómo llegó esa frase, y así dicha, al corazón de los anglosajones. Protestantes ellos en su mayoría y, por ende, de tendencia ambiciosa (en su bien entendido sentido de logro y prosperidad –el mero hecho de tener que hacer aquí esta acotación ya os habla de una de las interpretaciones poco halagüeñas que por estos pagos mediterráneos damos a la palabra “ambición”-), y educados en la competitividad como medio para el avance, los americanos crecen acostumbrados a hablar de sus cualidades y logros. Podría barruntar que, a ellos, el mensaje de Tim les llegó sin un chirrido. A mí, que les he tratado, también.
Mientras, en un entorno como el nuestro, no sé si por mediterráneo o por ibero o por católico o por vaya usted a saber, está mal visto hablar de uno mismo en términos elogiosos, el “yo y yo, porque yo y gracias a mí” de algunos resulta cargante a tenor de los comentarios que se les escapan a otros que les escuchan. En nuestra sociedad, admitimos que otros hablen bien de uno, siempre y cuando ese uno se dedique a hablar de cualquier cosa menos de sí mismo; ahí, chitón.
No estamos acostumbrados a enumerar y describir ante otros nuestros méritos y, cuando nos atrevemos, algunos inician la auto-loa con la muletilla “Está feo que yo lo diga, pero…”. No me imagino a Tim Hetherington arrancado así sus frases sobre su trabajo. Él era plenamente consciente de qué y cuánto aportaba a la sociedad, de hasta dónde era capaz de llegar en un momento dado, y cuánto más podría pedirse hacer si explorara nuevos caminos. ¿De dónde habremos sacado por estos lares ese tener que pedir perdón por anticipado para describir nuestra valía?.
Esa falta de costumbre de la sana auto-alabanza lleva a otros, en su auto-descripción, a irse al otro extremo, esto es, a hacerlo con vanagloria y pavoneo; “no tienen abuela”, que diría un castizo. Y una de las cosas que no toleramos a los otros es una actitud jactanciosa.
En según qué circunstancia, incluso, la intervención en foro público de alguien, hecho que allende el océano se valora como comprometida aportación, por aquí hay quien lo lee como patológica necesidad de demostrar algo a alguien. Con esas lecturas mezquinas, lo que se consigue es que las reflexiones compartidas disminuyan y, por ende, que aumenten la pobreza y la mediocridad del acerbo común.
En fin, que no llegamos, o nos pasamos, o el que nos escucha lo hace con el filtro equivocado y el prejuicio presto a saltar. El problema está en que, si no comunicamos nuestras competencias y logros, nadie se entera y no conseguimos promociones o contratos. Ahí tengo un ejemplo de una conocida, quien me consultaba lo siguiente: “dicen quienes han trabajado conmigo que curro mucho, que soy muy buena profesional, pero tengo la impresión de que no sé "vender" lo que hago y al final eso me perjudica y le va mejor al que curra menos, ergo vive mejor, pero saber vender lo poco que hace”.
Por el contrario, si comunicamos nuestro buen hacer y saber desde el engolamiento y la fanfarria, lo que ocurre es que nos hacemos intolerables y tampoco nos quieren cerca. En este último caso, empero, siempre hay quien se deja engatusar por el autobombo ruidoso aunque sin consistencia (acordaos del cuento del traje nuevo del emperador), y compra o promociona durante un tiempo, hasta que se  le desvanece el espejismo.
En los tiempos que corren, el buen paño en el arca NO se vende, se queda condenado al ostracismo y a la insidiosa compañía de las polillas. Si queremos vender nuestros productos y servicios, procede hacer gala de nuestros talentos y resultados. El quid es conseguir hacerlo como lo hacía Tim: desde la sencillez, la humildad y la oferta responsable y ajustada de nuestras competencias, actitudes y potencial. Por falta de educación en ello, hacer eso sin caer en la pompa y en la circunstancia no está al alcance inmediato de todos, pero la buena noticia es que es una habilidad que se puede entrenar, como casi todo.
Por ejemplo, se puede entrenar con Coaching, como he podido comprobar con algún cliente. Un Coachee, en el extremo opuesto del péndulo, me contaba apesadumbrado que su sentido de la responsabilidad le llevaba a no poder ocultar sus fallos, “los tengo que exponer todos como manera de dar la cara”. Como carga, ese tipo de pensamiento resulta pesadísimo para cualquiera. Lo adaptativo y saludable cuando cometemos un error es admitirlo y buscarle solución, lo cual no significa cacarearlo para que hasta el menos avisado se entere, pues exponerse así en plaza pública es una invitación gratuita al desprecio y al escarnio atolondrados e injustificados.
Que Septiembre os colme de la habilidad de haceros valer desde la modestia pero sin miedo. Y que, con ella, consigáis los trabajos o contratos que merezcáis, el respeto de la comunidad y  mucha satisfacción. Como Tim. Requiescat in pace.

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