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jueves, 9 de agosto de 2012

De innovación y fines de ciclo: la rueda que da vida

Este pasado mes de junio, me propusieron desde la revista Harvard Deusto Business Review que comentara, para su sección "Criterio personal", uno de sus artículos más recientes, "La trampa que amenaza al Barça", de José Luis Larrea, presidente de Ibermática. Aunque el fútbol y yo llevamos vidas pararelas que sólo interseccionan cuando la selección disputa grandes títulos, me gustó el poder comentar sobre aspectos de innovación. Y acepté. El resultado quedó publicado en el enlace "De innovación y fines de ciclo: la rueda que da vida", aunque aquí abajo lo adapto como unidad independiente.

Y os dejo vacacionaros hasta Septiembre, olvidaos de todo hasta entonces, de mi blog también.

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Nada hay tan permanente como el cambio, adopte éste la forma de principio de algo (innovación) como de su fin.



En una organización, el principio del principio de la innovación supone, condición necesaria que no todos perciben como tal, el prestar atención cuidadosa a generar en el entorno unas condiciones excepcionales, no por poco normales sino por poco habituales. El liderazgo compartido del que habla Larrea es una de ellas, como bien sabe cualquier organización que tenga la innovación como estandarte de su día a día.

Pero hay más. Hace un par de años, escribí sobre liderazgo para el libro Oportunidades de investigación en innovación abierta, editado por la Universidad Rey Juan Carlos. En el capítulo correspondiente, yo hablaba de que el caldo de cultivo para la innovación viene de la mano de equipos multidisciplinares, poco jerarquizados, poco burocratizados y con permiso y recursos económicos para equivocarse. Y proponía como liderazgo ideal aquel que combinara los estilos democrático, en remoto, compartido y/o rotatorio, y centrado en el aprendizaje.
Al calor de este tipo de equipos es como crecerá la red de compromisos personales de los participantes en el proyecto, condición sine qua non para que el sistema de innovación prospere fluidamente y dé sus frutos. ¿Y cómo se llega a esos compromisos? Entre otras cosas, con una perspectiva win-win; con respeto que llevará a la confianza; con honradez ante los compañeros; y con la asunción de responsabilidades individuales y comunes.
Lo queramos o no, por muy bien gestionados que estén los sistemas de innovación, los fines de ciclo llegan, irremisiblemente, nada nuevo hay bajo el sol. Repasando la historia mundial es como podemos tomar plena conciencia de ello: todos los imperios han tenido fecha de caducidad. El final puede venir motivado por circunstancias internas o externas: un agotamiento de la energía interna, por un lado, o cambios en el entorno, por el otro, de los que trata Larrea.
Respecto de las primeras, de las causas internas, los devoradores de energía pueden ser la autocomplacencia y/o las guerras intestinas entre facciones, por ejemplo. Ese debilitamiento lo aprovecharán los extraños, los ajenos, los barbări de los romanos, cuya hambre de prosperidad suele ser el más potente motor hacia la conquista.
La codicia y el cortoplacismo son otros factores internos de pérdida de poder. Ellos han jugado, por ejemplo, indudable papel en el desplazamiento de la fuerza económica desde Occidente a Oriente de las últimas décadas, en una sorprendente venta de la primogenitura de la que ya nos prevenía la Biblia y que deberíamos haber aprendido. El agravante en el s.XXI es que Esaú estaba muerto de hambre cuando vendió su primogenitura, pero Occidente estaba bien alimentado cuando renunció a la suya.
En la parte de cambios en el entorno, entre las causas externas del fin de ciclo, por ejemplo la superioridad sorpresiva de armamento ha derrotado imperios a lo largo de la historia. El azteca, y no es el único, sucumbió a los españoles debido mucho a las armas de fuego, que los indígenas desconocían, y a las enfermedades que trajeron los europeos para las que ellos no habían desarrollado inmunidad.
La historia parece mostrarnos, pues, que no suele haber ventaja competitiva eternamente sostenible y que, a veces, la caída sucede por falta de visión. Sin embargo, el final de un ciclo no tiene por qué ser el final de la organización. Volviendo a la antigua Roma, el poderío de la bota italiana cayó –el militar y el político solamente, pues el civil se mantuvo-, para resurgir rotundamente a partir del s. XII en forma de arte y diseño, cuya belleza aún hoy nos cautiva y a la cual volvemos incansablemente.
Asevera Larrea que “en general, estamos más en una cultura de suceso que de proceso”. No puedo estar más tristemente de acuerdo. Pocos son los que se permiten ver que los buenos sucesos derivan de procesos largos, sesudos, tenaces, optimistas y ambiciosos. Rafa Nadal llevaba ¿diez años? de constante y esforzado entrenamiento cuando el público escuchó su nombre por primera vez. Fiaos sólo de eso, de sistemas de “proceso permanente” que, como Nadal o el Barça de Larrea, sean “máquinas de quitar valor a la suerte”.

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