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miércoles, 14 de agosto de 2013

Recuperar la fe


Fiordos noruegos, donde en verano la noche apenas cae. Álbum
En Julio me despedí hasta Septiembre, con el ánimo de dejaros descansar y descansar yo misma.  Anoche, empero, alguien escribió un comentario sobre mi último post, El que tenga Dios, que se apoye en él...
Decía el comentario: "Muy importante el tema de la fe. Lo que ocurre es que es tan frágil, alguien decía que es como una cerámica fina, que al menor traspiés se hace añicos. ¿Cómo recuperarla?
Un saludo"
 
Me animé a contestarle. Mi respuesta ha sido más larga de lo esperado, por lo que os la ofrezco como entradilla independiente,
Ahora, sí, hasta Septiembre.

No siendo teólogo ni profesional eclesiástico, no me considero cualificada para orientar a nadie sobre cómo recuperar su fe. Sólo desde mi carcasa de humilde personita es desde donde me atrevo a poner  juntas unas pocas palabras al respecto. Recíbelas así, lector.
A la hora de recuperar la fe, supongo que cada persona que preguntaras propondría diversas maneras de hacerlo, según fueran su escuela de pensamiento o convicciones básicas. Mi estrategia en esto, como en otras cosas, es formar una envolvente a base de usar simultáneamente aquellos recursos que fluyen más genuinamente conmigo.
Quizás lo principal sea el comienzo, esto es, la definición del objetivo. Yo no lo formularía en términos de "recuperar la fe" porque, una vez hecha añicos, ésta pierde toda su consistencia y se hace difícil hasta recordar la forma que tenía; nos queda lejana, muy lejana, allá en los confines del universo, inalcanzable. El objetivo ha de ser, para mí, sencillo y cercano, dimensionado a la capacidad del cerebro emocional, el cual piensa sintiendo y no intelectualizando como hace el cerebro racional. Una manera de plantearlo que resulte accesible para el cerebro emocional podría ser  “quiero sentirme bien cerca de Dios”, sin intelectualizar acerca de la existencia de éste.
El haber definido el objetivo te abrirá la conciencia a estrategias disponibles, y te llevará a elegir aquellas que más se adecuen a tu idiosincrasia personal. Perfilo alguna para que veas cómo puedes tú formular tus propias estrategias:
-        ¿Dónde se supone que se está cerca de Dios? Por ejemplo, en los templos, pues sus elementos están dispuestos para propiciar ese sentido de cercanía. Transcribo en mi post una frase que oí a un pensador, “la intimidad con Dios se alcanza acercándonos con frecuencia a Él”. En el recogimiento silencioso de los templos podemos hablar con Él. No hay que plantearse si escucha o no, si existe o no, eso es intelectualizar y nos aleja del objetivo. Sólo hablémosle.
-       La estrategia del “como si”, que vienen practicando terapeutas desde hace varias generaciones. Se trata de comportarnos “como si tuviéramos fe”. ¿Qué cambios posibles crees que esta estrategia provocaría en nuestro día a día, qué sería distinto? Eventualmente -puede tardar días o años- y sin forzarlo, algo o mucho –según cada quien- de la fe mansamente vuelve a nosotros.
-        Sobre todo, no intelectualizar sobre la existencia o sobre la ausencia o presencia de Dios. Tengo siempre presente a San Manuel Bueno, mártir, al que siento como persona real a pesar de ser invención, o quizás no, de Unamuno. San Manuel vivía “como si” tuviera fe, pero por dentro intelectualizaba y sufría. Y sufría porque su intelecto percibía una gran disonancia, cada vez más grande, entre su comportamiento piadoso y su oscuro vacío espiritual. Yo siento que a su oscuridad contribuía él mismo de tanto rumiar sobre su vacío; es como excavar las entrañas de la tierra buscando un pozo de petróleo: además de mirar siempre para abajo perdiéndonos la belleza del entorno, la luz del sol termina por desaparecer. ¿Y cómo no se intelectualiza? No juzgando, sólo sintiendo.


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