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viernes, 1 de noviembre de 2013

Trece campanadas, o la relación saludable con el miedo

Ilustración para "El monte de las ánimas", Agrega
Con motivo de la celebración de la noche de ánimas del año pasado, participé en un concurso de microrrelatos de terror que no gané. 
Tras leer los textos vencedores y alguno de los finalistas, considero que a mi batacazo contribuyó el no recurrir a recursos como las sierras mecánicas, los psicópatas o la sangre, al parecer del gusto del jurado. ¡Ay, cuánto echo de menos los tiempos donde el mayor terror se obtenía con elementos sutiles!; para muestra, os recuerdo la leyenda de Gustavo Adolfo Becquer, “El monte de las ánimas”, que me asustó de niña y me volvió a asustar hace un par de años cuando la estudié para ponerla en escena.

Como nada es uni-causal, entre otras razones que ignoro me da por pensar que a la indiferencia del jurado influyó también el hecho de que el relato que envié causaba poco terror al lector…, más bien era el protagonista el aterrado… por él mismo.
Mi interés profesional por el miedo autoinfligido fue el que me inspiró a escribir esa trama, y ahora a compartirla con vosotros en esta noche de ánimas, víspera del 2 de noviembre, día de difuntos -o de ánimas del purgatorio, que se decía antes-. Lo transcribo y luego reflexionaré sobre un par de ideas.
 
Trece campanadas
Trece campanadas. Trece.
La última quedó cortando el aire, congelando con sus tajos afilados todo lo que tocaba. El paseante se detuvo sobresaltado, y con terror sintió el hielo aglomerarse a su alrededor, arremolinarse en torno a sus piernas, insertarse en sus fibras, desgajarlas. Lo escuchó rugir sin ruido en el camino hasta sus entrañas para, desde ahí, encaramarse con paso presuroso hacia su garganta para impedir todo sonido, ahogar cualquier lamento.
Supo que era su fin. Lo había estado temiendo desde hacía tiempo, y esa noche se entregó derrotado al destino que había ido construyendo para sí.


Todo había empezado una mañana lejana, cuando acudió al teléfono que timbraba y nadie habló, sólo llegaron chasquidos intermitentes. “Nada, interferencias en la línea, ya volverán a marcar”, había sentenciado su madre. Pero el aparato no sonó de nuevo. Una semana más tarde, volvió el silencio tras los timbrazos, pero esta vez, en lugar de colgar, se mantuvo a la escucha hasta que le pareció que los irregulares chirridos querían formar retazos de sílabas. Esbozó un par de palabras sueltas sobre un papel.
Los días siguientes, esperó y esperó una nueva llamada sin voz, pero el episodio no se repitió. Incapaz de olvidarlo y ansioso por seguir la intriga, una tarde descolgó el auricular sin que sonase y, tras unos instantes comenzaron los conocidos chisporroteos. De esa escucha aventuró una palabra más. ¿Y si probaba a juntarla con las primeras? Nada, de ahí no salía frase de provecho.
Insatisfecho, repitió la maniobra a la tarde siguiente. Y a la otra. Y otras cuantas. Hasta que tuvo palabras con que ordenar su frase: “Vendré a por ti; no sabrás cuándo, dónde o cómo esperarme. Y ese día morirás”.
Jamás volvió a hablar por teléfono. Y, desde entonces, fue tal su vigilancia que sus cabellos fueron tornándose en nieve, y sus nervios estallaron una y mil veces como cuerdas mal rasgadas de una guitarra. De tanto estar atento a un necio descuido, su sueño desapareció. Y sólo quedó el frío. Ese frío que arreciaba cada día.
Así, cuando sonaron las trece campanadas en el carillón mal ajustado de la torre, aquella noche de ánimas, no tuvo más que morirse.
 
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Me canso de escuchar a coaches que optan por acercarse a esta profesión por el camino aparentemente corto y cuestionable de no estudiar antes Psicología, repetir la cantinela que les imbuyen otros coaches tampoco formados en esta disciplina; repiten sin poner en duda que el miedo paraliza y obstaculiza el avance de las personas. Pues no siempre, y no por decreto. Como emoción básica y universal que es, el miedo tiene una función adaptativa que compartimos con la mayoría de seres vivos: nos avisa de la presencia de un peligro.
Para dilucidar si un miedo es adaptativo o no, me gustaría recurrir a dos considerandos.
El uno es la razonabilidad del miedo, la cual tiene que ver con cómo analicemos las situaciones que nos rodean. Hay personas que se asustan sólo cuando en el entorno hay señales que otras personas también verían como amenazantes. Ese me atrevo a denominarlo miedo saludable.
Mientras, otros seres humanos se asustan ante situaciones neutras en las que otros no percibirían ninguna amenaza, o se asustan más intensamente que los demás ante las mismas situaciones aversivas. Se asustan porque, quizás en la infancia, quizás a resultas de un acontecimiento desagradable intenso, han desarrollado la reacción de miedo como pauta automática de pensamiento.
La segunda consideración a tener en cuenta es el nivel que adquiera el miedo. Si es muy alto, cierto es que puede dejarnos sin recursos, al menos temporalmente, para sobreponernos a él.
El rizo se riza cuando nos da por provocarnos nuestro propio miedo por el expeditivo método de ir buscando indicios temerosos en las situaciones. Eso hacía el protagonista de mi cuento cuando descolgaba el teléfono para fantasear sonidos. La triste verdad es que, aunque exagerado y modificado para la narración literaria, lo que narro no es invención, refleja un caso de esquizofrenia que tuve hace años en mis prácticas clínicas. Y la segunda triste verdad es que todos, alguna vez, inventamos miedos.
Los seres humanos habitamos en el miedo, pero unos más que otros. Mi consejo aquí es dialogar con él, que nos cuente qué teme, preguntarle por los indicios en que se basa para sentir así.
Comparto con Epícteto su máxima de que “no hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro, ni de la cárcel ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo”.
Y, en homenaje a uno de mis mejores amigos, incondicional de la en su momento única y vanguardista película Blade Runner, termino con la frase que de ella más me impactó cuando la vi: “Es duro vivir con miedo… En eso consiste ser esclavo”.




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