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miércoles, 8 de enero de 2014

La renuncia a las oportunidades o “Es que yo no creo en el coaching”.

¿Es recomendable rechazar algo por desconocimiento, prejuicios o temor?
Doble arco iris, Madrid. Álbum
Durante este año pasado, me contactaron de Dirección General de una empresa para contarme las necesidades de uno de los equipos de referencia y pedirme una propuesta específicamente de coaching. Hice al equipo una presentación de mi trabajo y enfoque, gustó, recabé requerimientos, me pidieron que diseñara un programa y presenté la oferta.
A lo largo de este camino comercial, yo, como cualquier profesional, consideraba que los factores que podrían hacer peligrar la venta serían diseño, precio, que mi perfil no encajara, competidores…, todas esas cosas en las que uno suele reparar. La sorpresa habría de venir (y vino) por otro lado.

De los implicados, sólo el director general se había servido del coaching “de verdad”, esto es, con profesionales de los extensa y profundamente formados y con amplia experiencia en empresa. El resto del equipo, entendí que no, salvo alguno que pareció había tenido una mala experiencia y que no había disfrutado de ese llamémosle no-coaching
En una llamada de seguimiento, el responsable del equipo me transmitió sorprendido que de la reunión que habían mantenido los miembros para validar el diseño por mí propuesto, había emergido como sentir principal (que no unánime, gracias a Dios) que… “no creían en el coaching”…
La pregunta obvia, que hice, se orientaba a que quizás no les encajara yo, cosa perfectamente lícita en un proceso tan de confianza. Pero no, la explicación era la real, me aseguró el directivo, yo no era el problema.
Boquiabierta me quedé. Lo que parece raro suele no serlo, así que, en la búsqueda de entender de dónde puede venir la cosa, en este caso yo me inclino que por aquí: el descrédito de un sector entero ante la proliferación desordenada de la oferta favorecida por las aparentes bajas barreras de entrada.
Así, casi más que la crisis, lo que ha hecho daño auténtico a los coaches de carrera han sido y son otras cosas: las personas que ponen coach en sus tarjetas de visita tras algún tallercito de fin de semana o sin siquiera haberlos hecho. Los que dicen hacer coaching cuando lo que han hecho toda la vida y siguen haciendo muy loablemente es training. Los asesores, consultores, mentores, psicólogos clínicos, formadores, orientadores, educadores de voz, monitores de expresión corporal, profesores de teatro, maestros de cocina, etc, a quienes han dejado de parecerles glamurosas o atractivas las palabras que definen sus dignas profesiones, y las han rebautizado a la moda, todo es coaching ahora. Seguimos: la proliferación de escuelas y formaciones de coaching superficiales y/o dudosas y/o pobres y/o con profesores talmente formados. Aquellos que se han acercado a esta profesión al olor aparente, sólo aparente, de dinero fácil pero sin el devoto compromiso para con el cliente, sea éste persona o empresa. Aquellos que mantienen sus empleos por cuenta ajena, y pueden así permitirse el dumping, esto es, vender procesos de coaching a muy bajo precio y/o sin facturar.  Ejecutivos pre-o-jubilados con las rentas resueltas, que hacen otro tanto con el objetivo de seguir activos.
Respecto del revoltillo de desconocimiento o prejuicios que estas circunstancias pueden generar, me late que sentenciar que no se cree en el coaching cuando se ha practicado de la mano de no profesionales o de profesionales poco capacitados, es como comerse un maki seco y concluir que no crees en la cocina japonesa. Y decidir que no crees en ello cuando lo que has probado en el pasado era otra cosa (mentoring, orientación, asesoría), es como degustar una anchoa y considerar que tienes información suficiente como para valorar luego que no crees en las bondades de la carne de buey.
Todo ello desemboca en este rizo: que un potencial cliente acabe viendo la labor de acompañamiento directivo como sin valor, o que no llegue a saber siquiera cuáles de sus necesidades realmente cubrimos. Y que, por ello, rechace la inversión que, en el caso que nos ocupa, entendí que de la mejor fe querían hacer la dirección como comprometida opción para conseguir tanto el éxito sostenible de la empresa en su conjunto, como la felicidad y la mejora de la vida de los miembros del equipo en su trabajo.


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