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jueves, 3 de marzo de 2016

El coaching no nació para esto

Peinado s. XVIII. Ignoro fuente veraz

Quién no ha escuchado a alguna peluquera decir que ella es muy psicóloga, y que todos los que pasan por sus manos le cuentan sus problemas. Probablemente, los muchos años tras la butaca le hayan ayudado a desarrollar su sensibilidad hacia los gestos o palabras de sus clientes, y puedan dar a éstos algo de consuelo o proveerles de alguna idea con que tirar para adelante, eso no se duda. Pero aún estoy por escuchar que alguien haya resuelto un problema o reto de calado por habérselo contado en media hora al coiffeur mientras ést@ le atusa las puntas con las tijeras.

La Psicología es parte del ser humano, y eso lleva a muchas personas a cometer el error de pensar que la manejan perfectamente cuando no es cierto. No es cierto entre otras cosas porque nuestra especie se ha dedicado a depredar fauna y espacios naturales desde hace 45.000 años, con una voracidad feroz e inconsciente que no habría desplegado de contar con algo más de empatía en su mollera (ver, entre otros, “Sapiens”, de Yuval N. Harari). 


Y esta es sólo una pequeña prueba, traída al hilo de la empatía como característica básica que ha de tener un coach o un terapeuta. Otra pequeña pista de los fallos en la Psicología común la hallamos al fijar nuestra mirada en el fantástico mundo de equívocos, ofensas, batallas imaginarias o batallas reales, que libramos con el resto del mundo por desencuentros que o bien nunca se pretendieron o, lo que es peor, que nunca sucedieron. A nivel especie, vemos, el campo de la Psicología lo dominamos bastante menos que el de, por ejemplo, los smartphones.

El problema de fondo es que, aquí en la Tierra, mucho aventurero se siente tan psicólogo como el que más, cuando la realidad es que esos que se suponen aventajados son tan psicólogos como cualquiera. O sea, poco, aunque ellos se sientan mucho.

Ese falaz sentimiento de competencia psicológica de una tropa es uno de los argumentos más potentes que explican el enlentecimiento, al menos en España, de la demanda de coaching, que de incipiente y rica disciplina tan impactante o más que un máster, ha pasado en diez años a verse con desconfianza y, claro, el mercado no sabe apreciar su valor, salvo los algunos satisfechos clientes que han disfrutado de honrosos y serios procesos. 

En esto de la desconfianza, aún recuerdo con sorpresa cómo, en una tertulia muy interesante facilitada por una periodista de renombre a la que admiro, mis compañeras de asiento departieron y compartieron apreciativa y abiertamente conmigo sus opiniones y pensamientos de ejecutivas sintiéndome una igual… hasta que salió el a qué me dedicaba. Pude entonces leer el cambio en sus ojos hacia el desprecio y la frialdad, y ya no se dirigieron más a mí. “Otras atufadas con tanto coach”, interpreté tristemente quizás porque yo misma tengo ese sentimiento.

Cada vez que alguien me pregunta por mi profesión y le contesto que ejerzo el desarrollo de personas desde el coaching, invariablemente el interlocutor de turno me devuelve que su hermana se dedica al coaching corporal, o que su cuñado se quedó en paro y “se hizo coach” (con este “se hizo” me acuerdo siempre del mago Merlín y de su varita de birlibirloque), o que su esposa es coach de flores de Bach, o que su prima es coach de colores (averigüé que eso consiste en enseñarte a combinar los colores con que vestirte o con que adornar tu casa… Como exclamaría un italiano: “ma questo che c’entra col coaching?”… pues eso, no comment). 

De todas ellas, la que más daño hace según yo es la de “mi cuñado se quedó en paro y se hizo coach”. Hala, no sabíamos qué hacer, y como yo soy muy psicólogo y he sido directivo/ejecutivo, me hago coach. ¿Sobre qué base, señor o señora míos, deciden ustedes que la vía natural en el paro es la profesión de coach? 

A mí se me escapa la respuesta, pues mi ruta hacia el coaching fue absolutamente voluntaria, deliberada y consciente. Abandoné las Finanzas en multinacionales y, aunque a tenor de muchos el ser economisma y MBA me habrían dado suficiente base para ejercer el coaching, por el camino me tomé la molestia de licenciarme en Psicología porque, no, mercado, ni los cursos más largos de coaching preparan para la tarea titánica de tratar al ser humano en su globalidad. Hace falta mucha vida y mucha base formativa anterior… y posterior.

Y tampoco, directivos, el haberlo sido os garantiza la excelencia en coaching. Antes al contrario, os puede entorpecer, pues el común de los directivos de por aquí hacen lo que su título predica: dirigen; o sea, preguntan poco, consultan menos y escuchan la mitad de eso. Y los coaches nunca dirigen, sino que se acomodan felizmente al ritmo y al ser del cliente. Me canso de ver directivos remozados a coaches diciéndoles a sus clientes lo que tienen que hacer. Ni con harta formación muchos de ellos llegan a incorporar que se trata justamente de lo contrario, de no dirigir…

Hace poco, una encantadora y joven ejecutiva me contaba que en el pasado había tenido un proceso de coaching en su empresa. Lo había iniciado muy ilusionada pero se desencantó pronto, porque el coach tocaba solo asuntos operativos, mecánicos y superficiales; y cuando ella quiso abordar los obstáculos de su persona que era necesario tratar para alcanzar el objetivo que se había planteado, OBSTÁCULOS QUE TODOS TENEMOS EN EL NORMAL DEVENIR VITAL, el coach se arrugó por falta de conocimientos y no se avanzó más.

Esta triste historia es indeseable pero habitual, pues abundan las consultorías de coaching que asignan proyectos a colaboradores según el cargo que hayan desempeñado en su pasado, o por apellido, o porque eran conocidos o clientes de antaño, o porque les tienen en nómina y hay que rentabilizar su coste, y no sobre la base de la excelencia que puedan tener en coaching.

En este sentido, siempre recuerdo la magnífica película “La vida por delante”, escrita, dirigida y protagonizada por Fernando Fernán Gómez, gran diseccionador cómico de la realidad. En ella, el pobre protagonista, licenciado en Derecho en los años 50 y necesitando buenos dineros para su vida de recién casado, ejercía con poco arte diversos oficios muy alejados de la abogacía, y siempre quedaba estupefacto de levantar expectativas y parabienes del tipo, “Siendo usted abogado… eso es una ventaja” o “Como estudió usted Derecho…”

En Psicología, esto se llama efecto halo: el otorgar a una persona cualidades que no sabemos si tiene simplemente porque es guap@, alt@, hace bien otras cosas, o es famos@ y sale en la tele; por su "aura" percibida. A rebufo de este espejismo se publicitan muchos coaches; mucho cuidado, potenciales clientes, de caer en el efecto aura.

La historia que os contaba de la joven ejecutiva no me extrañó, pues yo misma en el pasado he visto con mis propios ojos cómo coaches ya certificados, ante la exposición de dificultades muy sencillas que un coach talentoso + bien preparado habría acometido fácilmente y con éxito, le decían a sus conejillos de indias que no podían hacer nada por ellos, que se fueran a terapia. Las dos veces en que presencié aquello me apabulló la caradura y la ligereza con que los mal llamados coaches emitieron semejante apreciación. 

Y recuerdo apesadumbrada cómo ambos conejillos se ruborizaban y encogían sus cuerpos ante tamaña e improcedente salida de tono. El coach es una figura de poder, por cuanto la persona confía en nosotros, y si ese en quien depositas tu corazón y tu vulnerabilidad los pisotea con su incompetencia, puedes sentirte aún peor que cuando llegaste, y pensar sin base alguna que el incompetente pueda tener razón. Y acabar en una terapia que no necesitabas.

Le escuché decir una vez a Leo Wolk, antiguo psicoanalista argentino y coach reputado y respetado, que “la resistencia del cliente (a avanzar o a expresar lo que le pasa) es la incompetencia del coach” (Wolk dijo “imbecilidad”, yo lo he suavizado). Llevado a nuestro terreno, eso significa que cuando no consigues que un cliente sin patología alcance su objetivo, mírate tú como coach y abandona, y no culpes al cliente. Y yo añadiría ese viejo dicho de por aquí: “Manolete, si no sabes torear, ¿pá qué te metes?”. Para nada bueno. Y para desprestigio de la profesión.

Para ayudaros a elegir un buen coach, os voy a poner el símil de los médicos. Nadie en su sano juicio, tras recibir un cursillo de primeros auxilios, pondría en su tarjeta de visita que es médico. Le tomaríamos por el pito del sereno o le llamaríamos orate, ingenuo o sinvergüenza. Sin embargo, sorprendentemente, no hacemos lo mismo –o lo hacemos en silencio o con disimulo- con una persona que, tras parangonable cursillo, vocea a quien quiere escucharlo que es (a veces el verbo “ser” me aterra) coach.

Algún médico habrá malo, claro, pero serán los menos, pues la criba se va haciendo a lo largo de la carrera. Por ejemplo, el que no soporta una clase de anatomía con cadáver presente, ya sabe que ha de desmarcarse, o al menos así me contaba mi hermana que desaparecieron en primer curso algunos de sus ilusionados compañeros. También los suspensos hacen mucho por la salud futura de la comunidad. Mientras, en coaching, ¡alegría!, la mayoría no se somete a examen tras sus cursos, o a exámenes básicos y someros;  y en cuanto el cliente les saca un tema o una dolencia que no les gusta, le hacen una verónica y a otra cosa.

Aviso siempre a navegantes: el coaching es profesión tan seria como la medicina y requiere de tan prolongada y exhaustiva formación como ella. No me canso de decirlo. No en vano, en coaching ejecutivo, personal, de equipos o business coaching, estamos tratando siempre con la cabeza y el corazón de las personas -usando el símil clásico, pues tanto emoción como razón comparten espacio en el cerebro-. Y el cerebro es el órgano más complejo y de los más importantes del ser humano. Como para atreverse a tratarlo con pocas herramientas…

No elijáis relumbre anterior ni peluqueros, por acabar con la reflexión con la que arranqué y con todo mi respeto hacia ellos, pues por ejemplo estos últimos os dejarán un bello cardado à la mode pero no cubrirán lo demás.

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6 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo. Me parece una profesión demasiado seria como para no tomársela en serio. Genial.

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    1. Muchísimas gracias, es muy, muy seria, sí.

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  2. Excelente artículo. Como para leerlo 1 vez por semana antes de salir al mundo.

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  3. Excelente artículo!! Cuando yo estudiaba psicología una prima me dijo: "yo soy bastante psicóloga" y recuerdo mi respuesta "yo estoy en cuarto de la carrera, así que todavía no soy psicóloga lo seré dentro de 2 años". Nadie dice esto de otras profesiones por ejemplo "yo es que soy muy economista" "yo soy bastante arquitecto". Creo que decir "me gustan las personas/ me resulta fácil entablar conversaciones, no sé algo más parecido a "me administro bien"; sería más respetuoso, más adecuado y sobre todo sería VERDAD. Sólo los que han terminado una carrera universitaria en Psicología son psicólog@s, el resto Sres. y Sras, no lo son. Punto!! (que diría mi adolescente hija). COACHING, yo también creo que para ser Coach las personas, con vocación por el desarrollo y el servicio a otras personas, deben acreditarse con una Institución sería porque es un trabajo muy serio trabajar con los sueños, motivaciones, problemas, inquietudes de otro ser humano. Y es una profesión, que como todas debería estar regulada y tener un código de conducta que empezara por profesionalizarla como dice Maite. La medicina arregla/ previene enfermedades físicas o fisiólogicas. La psicología arregla/ previene trastornos mentales. Quien trabaja con personas en desarrollo debe ser consciente de que su práctica va a crear en el cliente nuevos caminos neuronales (sí, en su cerebro, lo que ¡Sorpresa! puede hasta afecta a su salud física_porque gracias al trabajo conjunto de médicos psiquiatras y psicólogos y de ingenieros ya se puede constatar/ver cómo se producen cambios cerebrales después de intervenciones psicológicas). De modo que, POR FAVOR, seamos muy respetuosos con los demás y sólo seamos profesionales de aquello que realmente nos hemos formado y sabemos como hacer bien. Y sobre todo trabajemos en equipo entre profesionales de distintas disciplinas cuando trabajamos con algo tan VALIOSO y tan COMPLEJO como un SER HUMANO.

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  4. Muchas gracias, Susana. Tu comentario-artículo es un excelente complemento al mío, tan de acuerdo estoy con él. Feliz semana, Maite

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