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jueves, 1 de septiembre de 2016

Consigue fácilmente el lugar seguro mental que protegerá tu salud ante el estrés



Claro del bosque. Álbum personal

Aprovechando unas vacaciones en la costa gerundense, una tarde de verano de 1994 visité el chalet donde cinco lustros antes había vivido mis infantiles cuatro y cinco años, mientras mi padre dirigía las obras de construcción de esa presa maravillosa en mitad de las montañas que es la de Susqueda, la más bonita de España a mis ojos. 

Entre las pocas fotos que aquella calurosa tarde hice de los espacios que durante veinticinco años habían permanecido intactos en mi recuerdo, se encuentra ésta que he elegido para ilustrar el artículo.

Vaya”, diréis algunos, “para esa imagen sosa podrías haberte ahorrado el esfuerzo, si no se ve nada…”. Comprendo vuestra desilusión. Sin embargo, incluso no pareciéndolo, esta fotografía es una de las más importantes que he tomado en mi vida.

Y no por la foto en sí, sino por lo retratado. Aunque mi memoria remota siempre ha traído a mi conciencia un pinar más frondoso, y más lejana la carretera comarcal que corre a sus pies, esas cuatro ramas de pino que veis, los revueltos matorrales y el gris del asfalto, constituían en mi niñez el breve perímetro de mi rincón secreto, un minúsculo claro del bosque al que acudía tras un disgusto doméstico o cuando deseaba respirar tranquilidad, circunstancias ambas no infrecuentes en un hogar de familia numerosa.

No es que hiciera grandes cosas ahí escondida. Ojear un cuento -leerlo cuando más adelante aprendí a juntar las letras-, mirar cromos, contar pecas. Sobre todo, recoger las piernas entre los brazos, apoyar la barbilla o la mejilla en las rodillas y pensar… o mirar las agujas verdes de los pinos, o aspirar el aroma de éstos mientras sentía los crics de los grillos, el piar de los pájaros o el crujido de una ramita al quebrarse. También recuerdo los colores de las carrocerías de los coches de finales de los años 60, sobre todo el verde periquito que tanto furor hacía; y recuerdo el bronco sonido de sus tubos de escape mientras ascendían esforzados y sin prisa. La carretera era virada y se llegaban pocos hasta allí. Yo alcanzaba a verlos sólo un instante deslizándose por entre el ramaje.

Entre esos pinos siempre me sentí protegida y a salvo de cualquier cosa. Hasta de las propias sorpresas que pudiera traer el bosque me sentía segura. Por eso no es extraño que, décadas después, ya licenciada por segunda vez, en Psicología, y certificada en coaching, volviera a mi pinar para ya quedarme en su verdor de manera definitiva.

Ocurrió en 2010, mientras realizaba las prácticas del curso de acreditación en EMDR, técnica terapéutica que había llamado mi atención en mis incursiones por la literatura científica. Intuía que dicha técnica podría servirme como herramienta complementaria para mis clientes de coaching personal o coaching ejecutivo. Felizmente, así viene siendo.

Del EMDR os hablaré más extensamente el mes próximo. Hoy me interesa sólo mencionar su origen, que es el tratamiento del estrés postraumático, y centrarme en uno de los primeros pasos del protocolo de aplicación, que es la selección de un lugar seguro al que puede acudir la persona si el ejercicio terapéutico resulta poco soportable en algún momento (cosa que nunca ha sucedido a mis clientes de coaching, por cierto, puesto que ellos vienen en su mayoría con heridas vitales muy menores, cuyo tratamiento no resulta abrumador).

La definición del lugar seguro se hace pidiendo en primer lugar al cliente que identifique una imagen del pasado o del presente que le haga sentir en calma, tranquilo y protegido. No es casual que la persona elija recuerdos de su infancia, como fue mi caso durante las prácticas de mi formación: el recuerdo que atravesó primero y con más fuerza mi conciencia fue el pinar de mis cuatro años.

Una vez elegido el recuerdo, se “instala” en la persona como lugar seguro (esta es la parte científica del procedimiento). Como parte del protocolo, una vez finalizada la instalación, el profesional dice a la persona algo así como “en momentos de estrés podrás recurrir a tu lugar seguro siempre que quieras”. Eso me dijo a mí el formador, y yo decidí probar.

Así, comencé a “irme” a mi lugar seguro mental cuando me ponía nerviosa ante la perspectiva de una ponencia pública o de una clase, o cuando estaba sobrecargada de trabajo y notaba el agotamiento cernirse ante mí, o cuando una noticia inesperada me desbordaba…; en suma, ante cualquier situación que conviniera reconducir emocionalmente. Y me funcionaba a la perfección. Y me sigue funcionando a la perfección, me quedo tranquila como una malva.

Por ello, en mi práctica como coach, he terminado por proveer a  mis clientes de su lugar seguro, independientemente de que vaya a utilizar con ellos el resto del protocolo de EMDR. Les va de maravilla. Hasta he creado en la web un producto específico llamado “Tu lugar seguro anti-estrés”, para los que sólo quieran adquirir ese recurso. Tan probados son sus resultados.

¿Lo quieres tú también?

¡Feliz arranque de curso!

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