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sábado, 3 de diciembre de 2016

Rita Barberá: ¿resistir contra viento y marea?…, antes consulta a un coach

Maite Inglés, álbum


El pasado 23 de noviembre nos desayunamos con la noticia de la muerte de Rita Barberá, tristemente nombrada por su presunta colaboración en delitos económicos.

De su expirar en un hotel madrileño, la imaginación de unos y de otros volará generando múltiples interpretaciones. Yo voy a preferir una, para poder hablaros de  Psicología y salud: Barberá pudo fallecer por el estrés sufrido en los últimos tiempos.


Vaya por delante que, siendo yo ignorante de su culpabilidad o inocencia, no pretende este artículo tratar este aspecto, y que sólo traigo a Rita Barberá como muestra de presión social por parte de propios o de ajenos ante un posible –ojo, digo posible y no probado- infractor.

En España, los empresarios, políticos u otros ciudadanos con actuaciones allende lo legal, campan a sus anchas sin sufrir de manos de su entorno actitudes reprobatorias. Este fenómeno se da porque suele suceder que su entorno comete similares acciones, ya que, lo mismo que las emociones se contagian, en un grupo se contagian e imitan también los comportamientos. O quien no los imita otorga callando sin querer saber.

En ese entorno-burbuja es difícil sentir vergüenza, pues las maneras de ver el mundo asimismo se contagian y, de esta manera, se acaban percibiendo los desmanes como algo natural, inherente al cargo, e incluso a lo que uno tiene derecho por el lugar que ocupa. Culpable o no Rita, mera figura aquí para hablaros del ser humano, quién sabe si pudo ser ese el caldo de cultivo que la mantuvo con la cabeza alta. 

La imputación directa es ya otra cosa. Y, una vez llegó ésta, las noticias que trascendían parecían indicar que Rita Barberá quería seguir viviendo y comportándose como si no pasara nada, pretensión comprensible desde la presunción de su inocencia. Pero sí pasaba, sí pasaba; inocente o no, se debió sentir abandonada por algunos de los suyos, y eso le hizo daño, su cuerpo nos lo decía…

En ese intentar seguir como si no pasara nada, Barberá optó por mantenerse en su sillón de senadora, opción vergonzante para muchos ciudadanos que no admiten ser representados por alguien imputado en tanto en cuanto no se resuelve la cuestión en los tribunales. Y sufrir esa indignación puede probar ser mucho más duro de lo que parece... a tenor del rostro abrumado de Rita deambulando por las salas del Senado que nos mostraban los telediarios.

En sus facciones leía yo varias emociones, causantes de la rigidez, la incomodidad y el estrés que la acompañaban. ¿Era vergüenza por haber cometido delito, o meramente vergüenza por verse acosada?, ¿era frustración por sentorse abandonada a su suerte por gentes de su partido?, ¿era cualquier otra cosa? Quién sabe. En cualquier caso, a Rita se le veían los esfuerzos, a mis ojos infructuosos, por mantener el tipo, mientras el escarnio o el vacío públicos, o la mera anticipación de que pudiera haberlos, parecían martirizarla.

O eso leía yo en su rostro. Culpable o no culpable, al verla, yo no podía evitar sentir compasión por su deteriorado estado, pues creo que podría haber reducido notablemente su calvario si, una vez imputada, hubiera solicitado una excedencia de sus cargos públicos y hubiera llevado una vida tranquila junto a su familia, al menos temporalmente. Cada vez que aparecía en las noticias, seria, demacrada y hasta tambaleante, yo le preguntaba en silencio: “¿qué necesidad tienes de estar ahí sufriendo?”.

En vez de eso, prefirió seguir mostrándose en la palestra. Y una vez alguien cae en desgracia, con o sin motivo (a veces basta un mero rumor o calumnia para despertar las iras de la masa), una reacción esperable de algunas facciones de sus grupos de referencia es arrojarse en picado sobre esa persona. 

Ese picado puede materializarse, bien mediante miradas reprobatorias, de desprecio o de asco; bien ignorándola como si no existiera; bien alejándose de ella como si fuera una apestada; bien despojándola de honores o afiliaciones; bien haciéndole comentarios mordaces o crueles; hasta directamente insultándola al paso. Es lo que se llama la “muerte social”. Pocas personas sobreviven a ella sin daño, siendo el peor de ellos la muerte física.

Quién sabe si a Rita su conciencia le decía que no era bueno estar ahí en ese momento. Actuar distinto de lo que nuestra conciencia nos dicta produce en el ser humano una disonancia cognitiva, una ruptura de la coherencia interna que pocas personas pueden soportar.

Para volver a sentirnos mejor, nuestro cerebro está preparado para resolver la disonancia cognitiva, y lo hace fundamentalmente de dos maneras. La primera es acallar la conciencia, acomodándola a las conductas en que hemos incurrido y que nosotros mismos reprobábamos a priori. ¿Cómo se hace eso? Mediante la búsqueda artificial de justificaciones morales que hagan bueno lo que hemos cometido.

La segunda manera es dejar hablar a la conciencia, experimentar las emociones consecuencia de nuestros actos, y tras ello perdonarnos y seguir adelante. Si la metedura de pata es pública, podemos retirarnos aunque sea parcial o mentalmente a nuestros cuarteles de invierno, mientras dura este proceso de restañado y sanación.

Pero, ay, cuando no podemos resolver la disonancia cognitiva, las tensiones internas que ella genera pueden incrementar nuestros niveles de cortisol en sangre, a la larga  afectando nuestra salud, sobre todo a los sistemas cardiovascular e inmunológico.

No sé si Rita Barberá tuvo un profesional cerca que le aconsejara sobre cómo proceder mientras duraba el proceso judicial. De haberme tenido a mí, yo habría llevado su atención hacia estas cuestiones que os he contado. Le habría hecho valorar los distintos escenarios y sus posibles ventajas e inconvenientes. Habríamos trabajado sus emociones, sus interpretaciones de las cosas, y su ansiedad. Para que tomara la mejor decisión posible para su bienestar presente y futuro.

Descanse en paz.

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