© Maite Inglés. Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción, distribución y transformación sin contar con autorización expresa del autor. Se permite -no si es con fines comerciales- hacer referencia mediante un enlace a la fuente original.

Páginas

viernes, 3 de febrero de 2017

Reflexiones de un coach sobre las desventajas de la formación de postgrado online. Parte 1: guía para el alumno



Hace menos de un año, tras una clase presencial para los Alumni de una renombrada y reputada escuela de negocios a la que acudo con asiduidad, charlaba yo con la directora del área.

Se manifestaba ella muy contenta por la afluencia concurrida de participantes de aquella tarde, mientras mostraba su preocupación por la escasa repercusión que estaban teniendo las sesiones, de cualquier área o idioma, que se ofrecían vía webinar (online). Incluso habiéndose inscrito, decía, luego mucha gente no se conectaba. O la grabación se quedaba durmiendo el sueño de los justos porque apenas la visionaba nadie.

Sus sensaciones vinieron a ratificar lo que yo misma venía percibiendo, esto es, lo poco apetecible que resulta el asistir a una sesión aislada online, o lo difícil que es encontrar la ocasión -expresada ésta matemáticamente como Ocasión = Tiempo disponible x Ganas- para visionar sesiones a las que no pudimos acudir en presencial. Aunque cueste más esfuerzo, tiempo y dinero, cuando algo nos interesa de verdad preferimos desplazarnos para asistir en vivo.

Explicaciones, las hallamos sin rebuscar mucho. Tanto desde el lado del alumno como desde el lado del profesor, ciertas circunstancias o tendencias biológicas humanas favorecen ese menor apego a lo online. Veremos hoy las circunstancias que atañen al alumno, y dejaremos para el mes que viene las consideraciones desde el punto de vista del profesor.

La primera explicación es que, para quienes su trabajo tiene un alto componente de ordenador, la formacion online se percibe como “más de lo mismo”: permanecer pegados a la silla sin oxigenarnos. Y, lo siento, no nacimos con un ordenador bajo el brazo, es un apósito que nos han colocado después; mientras que, ancestralmente, hemos acudido a los foros públicos a escuchar discursos políticos, obras de teatro, cuentos o charlas diversas. 

En comunidad y en comunión todo sabe más, se aprovecha más, y hasta impacta más en las emociones. Como ejemplo, os propongo que penséis en algún monólogo de esos jocosos que echan por la televisión grabados con público, y que observéis quién se ríe más, si el público que estaba en sala, o vosotros solos en vuestro sillón. Probablemente se ríen más ellos, y hasta de cosas que a vosotros no os despiertan la chispa. Y no porque sean de mayor risa floja que vosotros, sino porque están rodeados de otras personas, y unas a otras se contagian la hilaridad en una marea incesante que va y viene a lo largo y ancho del patio de butacas.

Las emociones, en colectividad, se contagian y amplifican, efecto que se pierde cuando tú estás aislado escuchando. Como la atención a los estímulos y su recuerdo dependen en gran manera de la disposición emocional que tengamos, eso quiere decir que asistir a una clase online va a dejarnos menos impronta y hasta menos aprendizajes que la misma clase recibida en presencial. De ahí proviene parte de la inconsciente desgana que nos acomete, la cual nos lleva a no encontrar la ocasión.

Otro aspecto que puede verse desvirtuado con la enseñanza online es el de los objetivos de los alumnos a la hora de matricularse en esos programas. Dos son las principales motivaciones de un alumno al enrolarse en un máster o postgrado, ambas bajo la máxima “conseguir un mejor y más remunerado trabajo”: aprender y obtener el título. Y ambas son legítimas si se aplican en su justa medida.

Mi experiencia me dice que los alumnos de programas presenciales se guían en mayor grado en el día a día por la componente “aprender”, seguramente motivados por las ricas clases compartidas con sus compañeros. Sin olvidarse de la componente “obtener el título”, la conjunción de los cerebros trabajando al unísono espolea el querer participar en el diario baile de conocimiento: el aprender deviene un disfrute y una satisfacción.

Los alumnos presenciales que prefieren bajarse de ese tren, es decir, no interesarse por aprender y pretender ir "de paso", acaban por descubrir que ello lleva a la desconexión, tanto con el pequeño equipo de trabajo al que les hayan asignado, como con su clase, con su grey. Les conduce al aislamiento, circunstancia ésta incómoda para cualquiera y que prefieren evitar.

Es distinto lo que he observado como profesora de MBA en Liderazgo y Negociación en una escuela de negocios online de reciente cuño. Los alumnos carecen de esos huecos diarios en las aulas físicas, bastiones adonde no llegan durante unas horas los afanes de los frentes laboral y personal. Al estar solos, pueden sucumbir a las demandas que esos frentes planteen, y acabar inclinando la balanza del lado de hacer lo imprescindible para “obtener el título”, pues su vida “no da para más”.

¿En qué me baso para apuntar esta idea? En dos reflexiones: en la menor implicación que parecía emanar de un mayor porcentaje del alumnado durante las sesiones online en, y en las resoluciones de los casos que me entregaban.

La cuestión de la actitud la contrasté con otros profesores, no fuera a ser que no estuviera yo conectando con la emoción de los masterandos. Me devolvieron que parecía ser un mal endémico.

Respecto de la calidad de los ejercicios escritos de resolución de los casos, observé en parte del alumnado, en proporción significativamente mayor que en los cursos presenciales, la praxis “cubrir el expediente”, que a veces incluso significaba escribir por escribir, redactar alguna cosa con relación tangencial con el tema tratado, donde no se reflejaban los contenidos teóricos de la asignatura ni se contestaban las cuestiones planteadas en el caso de turno.

Al principio eso me sorprendía, y me sorprendía también que luego algunos alumnos se indignaran virulentamente por las calificaciones que obtenían con tales ejercicios -suspensos o cincos raspados siendo generosa, en vez de los ochos o nueves que esperaban-. Se indignaban conmigo, precisamente conocida entre alumnado y dirección académica por la abundante cantidad de notas altas que procuro dar.

Una causa decisiva de su indignación, también hay que decirlo, era, como descubrí más adelante, que profesores anteriores de otros módulos les habían acostumbrado a la poco didáctica práctica de admitir y calificar con largueza sus ejercicios pobres.

A su vez, la causa de que esos profesores se comportaran como lo hacían parecía estar en los tiempos estándar que la escuela de negocios asignaba –y remuneraba- para la corrección de cada ejercicio: eran ridículos, un tercio de lo que sería necesario para proveer al alumno buen feedback sobre su trabajo.

Yo no quise repetir en la siguiente edición del máster, me escurrí de esa escuela en cuanto vi la trampa, pero otros profesores mal pagados, sobrecargados de asignaciones para ganar lo necesario con que llegar a fin de mes y necesitando ese puesto, no quieren disgustos con nadie y pueden optar por leer por encima y calificar con benevolencia. Comportamiento que no encaja con mi sistema de valores por considerar que ello contribuye a hacer un mundo peor, no mejor.

Aquí, ojo al binomio generosidad y benevolencia. Son cosas distintas. Yo para conmigo quiero generosidad que no benevolencia; otro día os hablaré de las excelencias de la una sobre la otra.

Recordaros, por último, que un par de sesiones de coaching os pueden ayudar a decidir los criterios con los que elegir el programa de postgrado más adecuado para vosotros.

El mes próximo, me pondré en la perspectiva del profesor online. Feliz mes

------ x -------
Más información en nuestra web-app MocionA
Descárgatela para Apple y Android
Contáctanos por
email

No hay comentarios:

Publicar un comentario