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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Si tienes una nube sobre la cabeza




A resultas de asimilar experiencias de manera poco adaptativa, y/o consecuencia de no gestionar emociones para mejor aprovechamiento suyo y de sus relaciones con los demás, a algunas personas se les va formando una nube encima de la cabeza –los visuales por una razón, y los kinestésicos por otra, captarán a qué me refiero-.
Resultado, a su parecer, de “escarmientos” previos, o sea, de vivencias procesadas negativamente,
esta persona va confiando menos, exponiéndose a menos situaciones, a menos personas, arriesgando menos, hablando menos, dándose menos, pidiendo menos, teniendo objetivos más pequeños y ambicionando menos. Unos pocos incluso se encierran entre cuatro paredes de las que apenas salen. La persona se aísla, se reconcentra física y emocionalmente en sí misma, y su mundo empequeñece y pierde brillo. Sobre sí misma y sobre los demás proyecta sombras en lugar de luz, cada vez más sombras.

Cuanta más existencia transcurre sin que la persona tome cartas en el asunto, esa nube, pequeña, vaporosa y blanca al principio, va agrandándose, oscureciéndose y ganando en densidad; si miráis, hasta relámpagos veréis asomar de vez en cuando.

¿Conocéis a alguien así? Uno de los ejemplos -sin duda extremo- de persona con nubarrón que más me impactaron hace muchos años, y lo traigo aquí por ser un personaje de novela a quien todos podéis tener acceso, es el protagonista de “Bartleby the Scrivener” (“Bartleby el escribiente”), de Herman Melville –el autor de Moby Dick-, fábula decimonónica que os recomiendo. A todo lo que le proponían, Bartleby respondía educada pero sombríamente: “I would prefer not to” (“Preferiría no hacerlo”), y solía no hacerlo… Respiraba meramente entre cuatro paredes.

El coaching, si la persona se da cuenta de que ha permitido que se le forme una nube, y quiere deshacerse de ella y a ello se compromete, puede ayudarla a ir diluyendo la bola de gases, a percibir que hay otras opciones, a atreverse a tomarlas, a entender que las nubes, en última instancia, son humo, sólo eso, por muy enmarañados que estén sus jirones. “Es humo, tú sabrás qué hay que hacer con él”, le dije ayer a una compañera coach acerca de sus miedos, en una sesión donde se dejó supervisar. ¿Qué haríais vosotros?; yo, por mi parte, soplar.