© Maite Inglés. Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción, distribución y transformación sin contar con autorización expresa del autor. Se permite -no si es con fines comerciales- hacer referencia mediante un enlace a la fuente original.

Páginas

lunes, 28 de junio de 2010

Desdén en "El bazar de las sorpresas" o el miedo al sentimiento


Hace unos días re-visioné, tras toda una vida, “El bazar de las sorpresas” (“The shop around the corner”), película dirigida en 1940 por Ernst Lubitsch sobre una obra teatral del húngaro Nikolaus Laszlo. Y, según avanzaba la cinta, me fui colocando mi gorro de coaching.

La historia que narra El bazar la remedó Nora Ephron a finales de los 90 en su “Tienes un e-mail”, versión que, por más moderna, yo conocía mejor que la de Lubitsch. Por ello, me di cuenta sobre la marcha de que, en los casi 60 años transcurridos entre una y otra película, se ha perdido algo muy importante: la razón de ser del desdén verbal y físico al que Margaret Sullavan sometía a James Stewart en la primera cinta.

En la segunda versión, Ephron justifica el malestar que sentía Meg
Ryan hacia Tom Hanks por el hecho de que Hanks encarnaba el arquetipo de competidor tiburón que ponía fin a una romántica y longeva tienda de libros infantiles. Ephron encontraba así una explicación perfectamente racional: el tener manía al “malo” nos parece a todos perfectamente asumible y lícito, claro y diáfano.


Sin embargo, lo que la cinta de Lubitsch nos traía era una realidad mucho menos diáfana y más psicológica, y muy propia del aparentemente contradictorio ser humano: el desdén no se debía a otra causa que al miedo que ella (Sullavan) sentía de enamorarse de él (Stewart). El desdén era muestra del rechazo que le producía ese sentimiento, pues ella se sentía bien amada por ese otro desconocido pretendiente por correspondencia, sentía su vulnerabilidad a resguardo tras el amante lejano, sólo intuido e imaginado.

El que en los años 90 se eliminara ese detalle, columna vertebral de la cinta primera, no es banal. Hace quince años no parecía ser de interés el que las razones del desdén fuesen oscuras, pues se consideraba que la oscuridad asustaba y afeaba la pretendida racionalidad del ser humano, considerada desde Descartes como el motor del mundo.

Gracias a Dios, pocos años han pasado y ya viene pegando con fuerza la idea contraria, la de que el ser humano es, ante todo, un ser emocional. Fue Antonio Damasio quien  levantó tímidamente el telón en 1994, con su libro El error de Descartes, cuyo resumen es el siguiente: lo que nos mueve son las emociones, y a veces juegan por debajo de nuestra conciencia.

El tema que planteaba Lazslo en su comedia romántica es un clásico del comportamiento humano: algunas personas, cuando desde el subconsciente o incluso conscientemente, sienten o intuyen que aman a alguien -y esto es aplicable a todos los tipos de amor y no sólo al romántico-, y temen ese amor, optan por hacer al amado víctima del desdén, denigrarle y hacerle de menos, como hacía Margaret Sullavan con James Stewart. También pueden optar por tener con esa persona menos detalles que con cualquiera, o incluso por hacerse la víctima ellos mismos olvidando que quien realmente sufre los desprecios es el otro, el amado, el admirado.

Las razones para tener miedo a un amor son varias. Aquí apunto unas cuantas: 

  • El otro no conviene por carácter, estudios, edad, procedencia familiar, estado civil, o por vaya usted a saber.

  • Le admiran en demasía, y esa intensidad les impide relacionarse con él/ella con naturalidad.

  • La aman (cosa química y emocional) pero no entienden a esa persona (cosa racional).

  • Creen que el otro les ama menos.

  • Envidian -hasta el dolor- a esa persona por algo que ellos no tienen o creen no tener.

  • No saben cómo gestionar ese amor o cómo evitar que se rompan los diques que lo contienen.

  • ...
Este tipo de situaciones las vemos en coaching, de vez en cuando salen. Con ellas se trabaja en un doble paso: el primero es que nuestro cliente traiga a la conciencia el trasiego subyacente que le anda bullendo.

El segundo es que aprenda a gestionar esas emociones y pueda dejar de contender con ellas y de contener los diques, pues éstos, no gestionados, pueden acabar estallando como una olla exprés…