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lunes, 14 de junio de 2010

Freud y el saber de los abuelos

La figura sabia de mi abuela materna engrandece en mi memoria día a día. Cada arruga que le conocí, y fueron muchas y en número creciente hasta sus 92 años, escondía entre sus pliegues el saber de siglos de humanidad observadora y reflexiva. Como Jardiel en el primer acto de la hilarante “Eloísa está debajo del almendro”, mi abuela se expresaba con refranes y proverbios, con ellos sentenciaba, aconsejaba, aceptaba y movía nuestra compasión hacia otros.

El traer aquí a mi abuela viene a cuento de un paralelismo que descubrí hace
poco entre su estilo y el del propio Sigmund Freud. Un conocido mío escultor, ilustrado en psicoanálisis por ser hijo de una de las psicoanalistas pioneras en España, me contó -en una de estas conversaciones que surgen cuando el interlocutor descubre que te dedicas al coaching- una curiosidad muy interesante.

Me dijo que Freud tenía un grandísimo sentido práctico y una gran intuición -cosas ambas que sí sabemos los demás mortales a poco que hayamos tratado su obra-, pero que carecía de estructura teórica sobre la que sustentar su praxis (por favor, si algún especialista o psicoanalista discrepa, que nos cuente más del asunto).

Por ello, para completar el cojo andamiaje de su obra, parece que Freud construyó el cuerpo teórico sobre la base del saber popular que todos llevamos impregnado en nuestra piel y entreverado en nuestras redes neuronales –más impregnado cuanto más hayamos disfrutado de nuestras abuelas, diría yo-.

¿Que para qué os cuento yo esto?, os preguntaréis: pues para que estéis atentos a la sabiduría, unas veces más ruidosa que otras, que circula por nuestras calles, y la aprovechéis para mejorar vuestras vidas y trabajos, pues “cuando el río suena, agua lleva” :-).

Hasta la próxima.