© Maite Inglés. Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción, distribución y transformación sin contar con autorización expresa del autor. Se permite -no si es con fines comerciales- hacer referencia mediante un enlace a la fuente original.

Páginas

miércoles, 1 de septiembre de 2010

¡Bienvenido, Septiembre!. ¿Fluyen nuestros talentos o languidecen?

Septiembre, Septiembre, mes nunca indiferente para nadie, unas veces odiado y otras veces puerta hacia la esperanza…
 
Tras dos meses de silencio, retomo estas vuestras páginas. Como novedad, deciros que, ante algunas peticiones de gente que me lee con gusto pero a quienes apenas les alcanza el momento para hacerlo, la periodicidad será algo menor, cada cuatro semanas, un mes.
 
Y comenzamos el año laboral que, para mí, psicológicamente, suele arrancar en Septiembre, no en
Enero, quizás influida por el calendario escolar –entre segundas tardías carreras y profesora yo misma, de “efecto cole” he tenido un rato-.

Así que, siguiendo ese ritmo colegial, cada año, en torno a mitad de Junio y hasta finales de Julio, me pongo a hacer balance mental y corporal de cómo ha ido el curso. Dejo que mi cuerpo “sienta” qué ocupaciones me han enriquecido y cuáles no, dónde he podido aportar yo, dónde me he encontrado cómoda y feliz o de qué otras actividades puedo ir alejándome. Y, lo más importante, me escucho acerca de qué nuevas aspiraciones tengo, acerca de qué me inspira y me mueve (de qué me MocionA :-)) en ese momento.

Y luego viene Agosto, y mientras mi enlentecido y despreocupado cerebro consciente absorbe el ambiente de otros países y/o se recrea en sus lecturas playeras, mi volatinero inconsciente comienza a construir qué quiere hacer durante el siguiente año. Durante ese productivo rumiar, cada pocos días, en una especie de “poner pie a tierra”, el inconsciente abre comunicación con el consciente y juntos bajan al terreno de lo practicable y acuerdan nuevos objetivos, nuevos pasos y estrategias para el siguiente año.

Así transcurre tranquilamente el verano. Cuando llega Septiembre, lo que toca y hago es diseñar y comenzar a poner en práctica acciones concretas que, supuestamente, llevarán mis pies hacia las nuevas metas elegidas.

Una de las muchas cosas que tengo en cuenta a la hora de esta planificación anual es algo cuya palabra puede que chirríe a alguno: tengo en cuenta mis “talentos”. De ellos en general, que no de los míos en particular, es de lo que os quiero hablar hoy.
 
El pasado mes de Junio, durante un encuentro de antiguos alumnos, contaba yo a un recién conocido curioso de mi actividad que, para hacer coaching, como para todo en la vida, aparte la variada formación y mucha práctica, también hacía falta talento. La tercera persona presente en el corrillo dio un ligero respingo y, tras mirar con disimulo en rededor, encaminó silenciosa sus pasos hacia otra conversación cercana.

Como a esta tercera persona la conocía yo ya de antes, intuí que la palabra “talento” pudo haberla alanceado en su modestia natural. No se lo reprocho, pues “talento” se ha derrochado durante los últimos años en millón y una expresiones -algunas de pomposa vacuidad-, hasta alejarla de su significado original, el cual, antes que ser pretencioso, lo que refleja es riqueza de la que mostrarse humilde, pues no necesariamente es mérito nuestro: los talentos son los dones que poseemos, a veces desde el nacimiento; son la habilidad de hacer ciertas cosas naturalmente bien y sin esfuerzo.

Como vocablo, “talento” es ancestral. Si no antes, de él se habla con frecuencia en la Biblia, fuente de donde nuestro mundo occidental lo ha tomado. En aquellos días, el talento era unidad de riqueza y de intercambio comercial, de la web he calculado esta mañana su valor: un talento equivalía a unos 34 kilos de oro, lo que no está nada mal.

El Evangelio de San Mateo (Mt 25, 14-30, para quien lo quiera refrescar) transcribe la parábola de los talentos, que os resumo aquí para que me sigáis el hilo: un amo partió hacia un largo viaje y dotó a sus tres siervos de varios talentos: al primero le dio cinco, dos repartió al segundo y uno al tercero. Este último, temeroso de lo exigente que era su señor, enterró el legado para conservarlo pero, al no acrecentarlo, perdió valor económico con el paso de los años. Los otros dos siervos, mientras tanto, invirtieron y se esforzaron y duplicaron el valor de sus depósitos. A su vuelta, el amo recompensó a los dos siervos diligentes y arrebató el talento desvalorizado a nuestro perezoso tercer siervo.

Cuando aprendí de niña esta parábola, se formó en mí una imagen donde la moneda del siervo temeroso salía de su agujero polvorienta y herrumbrosa, y él aparecía cabizbajo y taciturno, su tez cenicienta e infeliz. Mientras, las duplicadas monedas de los otros siervos brillaban y ellos mismos lucían rozagantes y felices. En mi mente infantil se generó la idea, que aún persiste hoy, de que los humanos tenemos la responsabilidad de poner a producir nuestros dones y sacarles rentabilidad para nosotros mismos y para los demás.

Mucha gente se conforma con lo que la vida le pone al paso y no para mientes en aquello en lo que tiene facilidad y le encanta, o lo deja como un hobby más o menos frecuente y duradero. Y así vemos vidas, quizás productivas y no infelices, pero quién sabe si menos plenas y luminosas de lo que podrían llegar a ser.

Aunque Mihaly Csikszentmihaly (¡uff, siempre tengo que copiar el apellido y nunca estoy segura de haberlo transcrito bien!) manejara la idea desde antes, en 1990 publicó "Flow: The Psychology of Optimal Experience". Su tesis básica es que, y traduzco de un texto suyo de 2002, cuando estamos en modo flujo es cuando operamos a plena capacidad”. O sea, cuando estamos concentramos haciendo algo que nos gusta es cuando más productivos somos, más se nos pasa el tiempo sin sentir y más felices estamos con lo que hacemos.

¿Y cuándo creéis que será más fácil y más frecuente caer en modo flujo?: ¿con actividades que nos apasionan, nos resultan retadoras y en las que nos movemos con cierta facilidad o, por el contrario, con aquellos otros menesteres en los que no tenemos el más mínimo interés, nuestros resultados son discretos o peor, adormecen nuestras neuronas y nos aburren?. Digo yo, diremos todos, que en las primeras.

A cada quien le apasionan unas cosas y le aburren otras -“cá uno es cá uno y el “caunismo” hay que respetarlo”, me contaron jocosamente una vez-; no hay profesiones universalmente apetecibles. Así que cada individuo ha de estar atento y observarse, y decidir dónde es hábil, dónde se mueve como pez en el agua incluso en actividades en las que es neófito, y dónde, por el contrario, se arrastra torpemente y con mediocres resultados.

En este sentido, la motivación para buscar la excelencia en lo que hacemos se alimenta, entre otras cosas, de los resultados previos. Si éstos han sido buenos y esperanzadores, nos animaremos a seguir creciendo. Si no, se disiparán las pocas energías que tengamos.

Por eso es tan importante el acompasar nuestra profesión a nuestros talentos, a esas cosas para las que tenemos facilidad natural y que, a la vez, llenan nuestra existencia y se acomodan con nuestros valores y ética.

He conocido personas que erraron camino una vez y lo cambiaron por otro de más alimento vital; éstos son ricos independientemente del dinero que tengan. Son nuestros siervos inversores de la parábola.

También he conocido personas que, errando al principio o aburriéndose por el camino, decidieron, por miedo al fracaso o por pereza (acordaos del siervo bíblico), o por no querer reducir sus ingresos, status o nivel de vida, o por intolerancia a la frustración, o por vaya usted a saber, quedarse en el camino errado y, en cierto modo, languidecer. Son el equivalente al tercer siervo temeroso.

Hay, empero, una tercera categoría: errar y abandonar, esto es, ni siquiera seguir en el camino errado sino perderse en una creciente inactividad. A estos espíritus, para pasar a uno de los otros dos grupos, les vendría bien mayores dosis de autoestima, fe en ellos mismos, tolerancia a la frustración, disciplina, hábito de esfuerzo o algunas otras cosas. En la parábola de los talentos, el equivalente sería un siervo que dilapida su depósito hasta esquilmarlo.

Retomando la anécdota con la que arranqué el post, creo que podemos concluirla diciendo que tener talentos y llegar a identificarlos no es algo malo sino muy bueno. Y tenerlos en cuenta y planificar conforme a ellos no resulta pretencioso sino armonioso y hasta deseable, pues dedicándote a aquello en lo que fluyes te dará felicidad a ti, y podrás repartir ésta en ósmosis hacia los de tu alrededor. Y, además, probablemente querrás también regalarle algo de esos dones a la comunidad, pues de ella habrás tomado otras cosas que tú necesitas, agradeces y en lo que no eres fuerte.

¡Bienvenido Septiembre!, ¡bienvenidos todos vuestros dones!