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lunes, 27 de septiembre de 2010

Con coaching, ¿habría Larra vuelto mañana?



Estas vacaciones veraniegas las he pasado con varios libros, entre ellos dos cuya vieja compañía echaba de menos desde hacía tiempo. El primero es una bella novela, publicada en 1946 aunque de estilo decimonónico, y perteneciente a la biblioteca materna. Su lectura me cautivó a los 17 años, y versa sobre los últimos dos días de la vida de Larra en un Madrid provinciano al que llegaban los ecos de la guerra civil carlista. Su autor: Pedro Blanco del Pueyo, del que no puedo ilustraros pues apenas ha trascendido hasta nuestros días –en Internet he encontrado sólo tres entradas y con mínima información-.

El segundo libro que os traigo es la compilación que Azorín -por cierto, con-tertuliano de mi bisabuelo Casimiro-, editó en 1941 sobre los artículos de costumbres que Larra escribió para la prensa española entre 1832 y 1836; de ellos, había leído algunos en mis años colegiales.

Sumirme en la literatura del XIX es uno de mis grandes placeres, pues me apasionan el vocabulario más amplio de entonces, y esas sus gramática y retórica para mí más poéticas y cantarinas. Entre todos los autores de la primera mitad de ese siglo, mi predilección por Larra por encima de sus coetáneos es notoria, independientemente de los méritos de uno u otros.

Me gustaba y me gusta sobremanera su agudeza, su capacidad de poner distancia entre su ojo y la sociedad en la que vivía, quizás en parte debido al hecho de que se crió a caballo entre Francia y España, cuyas culturas parecían diferir notablemente. Esa lejanía intelectual era la que le permitía a Larra ver y traer, a la consciencia de sus conciudadanos, costumbres que él consideraba nocivas para un satisfactorio, sincero y sosegado vivir.

Uno de los artículos que más recuerdo es “Vuelva usted mañana”. En él, la inercia de algunos profesionales ponía a prueba la persistencia más perseverante. Terminaba Larra sus reflexiones con un premonitorio “¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!”

Mientras leo o releo los artículos de Larra, no puedo evitar pasar el tamiz del coaching a sus palabras. Y, entre líneas, me llega que el distanciarse de los que él llamaba males de su época no sólo no le previno contra el suicidio, sino que quizás favoreció éste. Al anochecer del 13 de febrero de 1837, lunes de Carnaval, a punto de cumplir o quizás recién cumplidos los 28 años, se disparó en su casa con una pistola de duelo.

Entre las múltiples causas que pueden confluir en la tentación de quitarse de en medio, yo me inclino a pensar que, en el caso de Larra, el desacompasamiento entre su sentir y el sentir y hacer de la sociedad que le rodeaba fue uno de los factores que le impidió ser feliz.

Para redactar los artículos, Larra mojaba su pluma en una mezcla de hiel y jocoso ánimo. Incluso en su única novela, “El doncel de Don Enrique el Doliente” –por cierto, si yo tuviera que votar, la elegiría entre las 10 mejores novelas de la literatura española-, la oscuridad de la sociedad está presente, pues la trama se centra en un sincero amor impedido a instancias de muchos y con gran perfidia.

Con el ojo puesto esencialmente en lo malo del mundo, y en airearlo y en denostarlo, que es lo que hacía Larra, el aceptar los inconvenientes de cada día, desde los pequeños hasta los más grandes, deviene una quimera improbable, y la vida se torna en un Tren de la Bruja donde uno no gana para sustos ni para escobazos.

Para complicarlo aún más, aunque por un lado criticara la sociedad y sus costumbres, por otro tenía un profundo amor hacia su tierra. Como a Unamuno, le dolía España, y se entristecía de sus derroteros. Distancia intelectual e implicación emocional, explosivo cocktail.

A él, a Larra, la vida se le hizo insoportable. Dicen que se marchó por amores contrariados con una mujer casada, explicación que me huele a simplista y escasa. En esa multicausalidad que mencionaba más arriba, podríamos detenernos en que su infancia fue “solitaria y despegada de la madre” (sic Azorín), y que su padre, al que describen como hombre muy culto pero de tendencias contradictorias (un extranjero allá donde fuere), influyó grandemente en él.

Pero a mí me ronda que, entre otras razones, se fue una noche de Carnaval porque las máscaras le recordaron que, de tanto hacer de abogado del diablo contra el mundo, se le había perdido el camino de vuelta a él.

Y se encontró solo. Y decidió ya no volver mañana.

La armonía, el baile con lo que nos rodea es crítico para el bienestar. En mi trabajo de coaching fomento ese baile. La vida es baile.

Si pudiera agenciarme la bonita máquina del tiempo de madera y latón dorado que ideó H.G. Wells, viajaría hasta 1830 o similar, a visitar a Don Mariano. Un coaching podría haberle sentado bien. Quizás habría bailado con la vida mejor o más tiempo.

He conocido personas que -aunque gracias a Dios con menor intensidad emocional de la que aquejaba a Larra-, se pasan la vida ejerciendo de paladines de las causas justas, con considerables desencanto y desgaste personales. Por mucho que queramos introducir cambios en nuestro entorno, o defender personas o ideales, por mucho sentido crítico que tengamos hacia cómo funciona la sociedad, la familia o la empresa en la que nos ha tocado vivir, no nos olvidemos de hacerlo desde ellas y no contra ellas, pues las guerras, hasta las imaginarias, desgastan, se orientan al ganar-perder y algunas derivan en victorias pírricas, si es que se ganan.

Sentenciaba Kafka, que de infelicidad también sabía lo suyo: “En tu lucha con el resto del mundo, te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo”.