© Maite Inglés. Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción, distribución y transformación sin contar con autorización expresa del autor. Se permite -no si es con fines comerciales- hacer referencia mediante un enlace a la fuente original.

Páginas

viernes, 26 de noviembre de 2010

Remozón a la ortografía o el desinterés por el trabajo bien hecho

(Un par de días después de publicado este post, se reunieron las Academias para ratificar las propuestas que aquí menciono, reunión que yo desconocía con anterioridad. Hubo motivo para alguna alegría; por ejemplo, llega la "ye" pero se mantiene la "y griega", y no se condena la utilísima tilde en "sólo". A pesar de ello, sigo sosteniendo lo que escribí, no borro nada, pues me siguen preocupando y ocupandon tanto mi lengua como la excelencia).

Hace un par de semanas leía con estupor acerca de las novedades ortográficas que, esos días, la Real Academia de la Lengua publicaba en un manual de más de 800 páginas. Dicen que lo hacen para armonizar praxis entre todos los países de habla hispana, y para adaptar la grafía a los tiempos modernos... Pero a mí me resuena algo a sometimiento; en concreto, sometimiento al desgaire sin consecuencias con que no pocos escriben hoy día.

Si me afectara sólo como mero hispanoparlante,
probablemente me limitaría a seguir escribiendo como hasta ahora en aquellas circunstancias en que creyera que atender a las modificaciones iba a restar claridad al mensaje.

Pero me afecta en más planos. Como persona que se quiere comunicar con claridad y eficacia, le encuentro derivada primera. Como miembro de una sociedad de la que soy proveedor y consumidor, le encuentro derivada segunda. Y como profesional del coaching le hallo derivada tercera. Tras poneros en antecedentes para entrar en materia, os contaré las tres.

Aunque no me he atrevido a hacerme con el nuevo manual, la prensa ha extractado algunos de los cambios ortográficos más coloristas. Ellos fueron los que tuvieron sobre mí el efecto estupefaciente que os mencionaba. Los transcribo para quienes no hayáis tenido aún la ocasión de echarles el ojo:

• Desaparecen del alfabeto nuestras “ch” y “ll” (vaya, tan nuestras como eran).

• La “y”, estupenda herencia griega, pierde su origen y su nombre al pasar a pronunciarse “ye” (a quienes, como a mí, se les venga a la mente el chiste fácil de “sí, sí, ye-yé”, que sepáis que ya se le ocurrió a la mayoría :-). Aquí, sorpresa, pues no intuyo cómo decidieron que este cambio era necesario; yo he hecho una pequeña encuesta entre amigos y contactos, y ninguno recordaba haberlo escuchado jamás en boca de nadie).

• Se elimina la tilde en monosílabos con diptongo, como en guión, truhán o huí (habría que analizar primero si el común de los mortales tiene claro cuándo hay diptongo y cuándo hiato, distinción que se me antoja más difícil que calzar correctamente la tilde de turno. Alguno se confundirá y, al leer, acabará pronunciando “trúhan”, “húi” y “guíon”).

• Se abole la tilde en la conjunción disyuntiva “o” cuando se escribe entre cifras (hala, a seguir eliminando distinciones útiles, en este caso con el cero).

• Desaparece la “q” inicial si no lleva “ue” detrás. Bellas palabras como quásar, quórum o Qatar cambian la “q” por la “c”; por pudor, no escribiré aquí la nueva grafía.

• “Ex” se une inexorablemente a la palabra que acompaña, si ésta es una sola. Ponen como ejemplo “exmarido”; pobres, les ha dado por ellos.

• Se despoja a “sólo” (de solamente) de tilde diacrítica (caray, una de las más útiles que había).

• “Z” se debe escribir “ceta” (temblad, en la siguiente revisión la “ñ” habrá que escribirla “egne”, a rebufo de otros idiomas europeos. Que no nos toque).

• Pierden la tilde los demostrativos “éste”, “ése” y “aquél”, sus femeninos y plurales (introduce ambigüedad).

¿Qué os parecen a vosotros?

Vayamos con las derivadas.

La primera: como persona que se comunica. El tijeretazo a la ortografía se hará notar en la precisión y claridad del mensaje.

Siempre he amado la lengua escrita, en cuanto vehículo de belleza, sabiduría, amor, creatividad, humor y aventura. Me enseñaron a amarla mi familia y mi colegio. En mi casa, alentándome con libros a cada ocasión; en el colegio, con el empeño de los profesores -a base de incidir en los errores y de amenazas de suspenso-, por que el castellano no tuviera secretos para nosotros. Su aprendizaje resultó arduo y dedicado, no fue inmediato dominar el dónde colocar las comas, los acentos, los hiatos y diptongos, distinguir según qué consonantes…

Una razón de ser de la ortografía, o sea, para qué la necesitamos, es para que ayude a las personas a distinguir unos mensajes de otros, mediante el sencillo pero eficaz método de reducir la ambigüedad de lo transmitido por el emisor.

Esa reducción de la ambigüedad ha venido sirviéndose, en nuestra ortografía castellana, entre otras herramientas de la tilde, esa pequeña manchita itinerante que a unos martiriza, a otros les da igual y al resto nos sirve de franca ayuda.

La cuestión con una tilde olvidada o mal colocado es que obliga al lector cuidadoso a parar, retroceder unas pocas palabras y volver a leer, buscando un sentido que ha perdido. Dudosa eficacia e incontestable ineficiencia.


La segunda preocupación viene como miembro de una comunidad económica. Me temo que el mensaje subliminal que se está transmitiendo a la sociedad con el esquinazo a la ortografía es que no importa el detalle, es que se puede acabar un trabajo de cualquier manera para ir a dedicarse a otros menesteres. Induce a la chapuza y al descuido. Sufrirá la cultura de la excelencia que tanto esfuerzo nos cuesta implantar.

Los ingenieros aeronáuticos saben mucho de detalle, pues una ocasional desatención a una nimiedad puede dar al traste con una misión espacial, convertir en humo cuantiosísimas inversiones y segar unas cuantas vidas. Los cirujanos también pueden hablarnos de precisión, sobre todo los de microcirugía. Y los médicos anestesistas, por poner un tercer ejemplo. “Bah, son casos graves pero poco habituales”, diréis.

Vale, pues vayamos a un día a día más corrientito con un episodio que me acaba de ocurrir a mí. Encargué a Biblioteca que comprara unos ejemplares de un libro para mis alumnos de máster. Biblioteca registró como año de edición el de reimpresión y, claro, discrepaba del que yo tenía en el syllabus que se reparte a los alumnos con el programa de la asignatura. Ese error llevó al, en otro caso innecesario, intercambio de una decena de correos entre el profesor (yo) y Biblioteca. Ineficiencia declarada.

Además, de no haberse detectado el error, cuando los alumnos hubieran acudido a proveerse del libro, habrían notado la discrepancia en la fecha y no tendrían claro si ese era el texto a leer. A sus ojos, podrían acusarnos de falta de cuidado; esa mínima molestia podría desacreditar gratuitamente a la institución y afectar incluso a la imagen de profesor. Injusto.

Por fortuna, lo he resuelto antes de que tenga consecuencias. Y no porque yo sea más lista o más inteligente que nadie, sino simplemente porque desde niña me imbuyeron la creencia de que un trabajo bien hecho lo es, muchas veces, gracias a la atención puesta en verificar lo pequeño.


Vayamos a la tercera derivada, la de coach.

Una de las herramientas más sencillas pero eficaces de que dispone el coach es enseñar al cliente a distinguir entre unas palabras y otras, entre unas ideas y otras, entre unas emociones y otras, entre unos escenarios y otros.

“Nada existe si antes no es nombrado”. Esta máxima nos indica la importancia crucial que tiene el lenguaje en la formación de conceptos y en la gestión de nuestra vida y de nuestras relaciones.

Si la Academia de la Lengua introduce confusión, nuestra re-creación del mundo sufrirá.

A mí lo que me llega es que, con esta sanción positiva hacia la falta de saber y/o de cuidado de algunos, se da carta blanca a la despreocupación por el lenguaje. Perderemos todos y no ganará nadie en cuanto a precisión y agilidad en la comunicación.