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lunes, 21 de marzo de 2011

Emprendedores o emprendidos: ¿qué distingue a los primeros de los segundos?

Llegada una cierta edad, no es obligatorio emprender. Pero a nadie puede hacer mal el, al menos, planteárselo.
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Hace unos dos años, un alto directivo en proceso de salida de su compañía trabajaba conmigo las alternativas profesionales que se le presentaban de ahí en adelante. Entre otras opciones, había recibido de un ya empresario la propuesta de crear con él una empresa conjunta, y no sabía si aceptar. Entre los puntos fuertes de mi cliente frente al proyecto, vimos que el tipo de negocio y los mercados a los que dirigirse eran similares a los por él conocidos, en los cuales se había desenvuelto como pez en el agua durante la última década.

Por contra,

en el lado oscuro detectamos que, psicológicamente, le frenaba el tiempo prolongado que había permanecido en su última empresa, donde, a pesar del mucho y sostenido esfuerzo exigido, se había encontrado cómodo, a gusto y protegido. Bajo el paraguas de la corporación, él se había permitido crecer; ahora, sin embargo, sentía vértigo ante la perspectiva de seguir creciendo solo.
En la labor de coaching que hicimos, descubrió que creía no tener las competencias ni la fuerza de espíritu necesarias para emprender. Esta creencia se sustentaba en el débil argumento de que nunca antes lo había hecho, y en el miedo a arruinarse por el camino. Reducidas a su justa medida uno y otro, pudo calmadamente analizar los pros y los contras de las opciones, enumerar los muchos conocimientos, habilidades y cualidades que ya poseía, y decidir qué recursos necesitaría desarrollar para comenzar a marchar.
Con su serenidad así reforzada, aceptó el reto de crear la nueva empresa y arrancó. Su negocio tardó menos en despegar que otros y consiguió ya números negros al final del primer ejercicio. Y sigue prosperando.
Este es un caso de rápido y enfocado viraje ante la adversidad y ante la crisis. El éxito de nuestro ya empresario se debe, entre otros motivos, a sus rotundos tesón y fe en sí mismo, cualidades que poseen otros muchos ejecutivos que han emprendido idéntica senda.
El reverso de la moneda lo encontramos en tantos otros directivos para los que salir de sus empresas supone un duro golpe emocional del que les cuesta recuperarse. Y, aunque les sobrarían energía, competencias, contactos y buen hacer para reaccionar con más rapidez, se quedan -durante un tiempo mayor del recomendado- en el lamento ante la injusticia o ante la mala suerte que les ha tocado vivir. Ajenos a las fortalezas que les permitirían emprender con éxito, mantienen la perspectiva de seguir trabajando por cuenta ajena, camino tanto o más arriesgado en tiempos difíciles como el presente.
Aunque hay un largo continuo de comportamientos y actitudes a lo largo del que se mueven los ejecutivos, pensemos en cómo podrían ser los perfiles extremos y reflexionemos sobre algunas de las características que adornan a los/las más arrojados/as:
-        Aunque tengan las naturales dudas y miedos, están dispuestos a salir de su área de confort, a abrir y recorrer caminos desacostumbrados.
-        Confían en sus competencias presentes, y en que pueden ir aprendiendo las que vayan necesitando.



-       Piensan que nadie les debe nada. Eso les libera de ataduras emocionales respecto del pasado y les permite ir a buscarse sus propias recompensas.
-        No perciben la salida de la empresa como un ultraje del que alguien es culpable o que otro debe reparar.
-        Asumen la salida como un duelo por una pérdida –que lo es, al fin y al cabo-, y atraviesan las sucesivas fases que tiene ese proceso hasta la aceptación serena de lo que hay.
-        Tienen poca aversión al riesgo o están dispuestos a sobreponerse a ella.
-        Están dispuestos a convertirse en hombre/mujer orquesta durante una temporada, olvidando con humildad aquel pasado en el que, con sólo decir una palabra o hacer una llamada, las cosas aparecían hechas.
-    Renuncian sin sufrimiento a los privilegios tangibles e intangibles de que disfrutaban por razón de su cargo anterior.
-       Miran el mundo desde el futuro posible y no desde el presente devastado.
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Y así tiran para adelante. Y, resulte la experiencia mejor o peor, siempre les quedará la satisfacción de haberse atrevido a comprobar de qué son capaces.
O la emprendes tú con la vida, o ella la emprenderá contigo.

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