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jueves, 10 de mayo de 2012

Vida y empresa positivas, cualquier alternativa parece peor: I Congreso Nacional de Psicología Positiva


A mediados de este pasado marzo, asistí dichosa al I Congreso Nacional de Psicología Positiva, ese que os había anunciado tanto aquí en el blog como en otros medios. Tan buen poso me dejó, y tanto reforzó mi compromiso para con la Psicología Positiva, que dos meses después lo elijo como tema para vosotros.


No es mi intención hoy profundizar en contenidos de Psicología Positiva, sólo os transcribiré, para poneros en situación de la experiencia que vivimos, las propias palabras de Seligman y Cszikszentmihalyi (2000), para quienes es la “ciencia que trata de la experiencia subjetiva positiva, los rasgos individuales positivos y las instituciones positivas”. La distingue de la Psicología imperante en los últimos 80 años el hecho de que retira el foco de la patología para retornar a la ambición con que nació la Psicología como disciplina a principios del s. XX: el florecimiento de la persona, comunidades y sociedades, y de sus competencias y felicidad.
El Congreso lo organizaba la SEPP (Sociedad Española de Psicología Positiva), asociación de investigadores y profesionales interesados en fomentar el desarrollo de personas y sociedad desde el marco de la Psicología Positiva. Sin ánimo de lucro, nuestra SEPP ha venido y viene auspiciada por el esfuerzo aunado de catedráticos y profesores de Psicología de diversas universidades españolas, y a ella pertenezco con alegría desde su fundación en 2010.
En la planificación, contenido y organización del evento hubo tal despliegue de talento, buen liderazgo e ilusión, que con exiguos medios financieros –los tiempos dan para poco- y mucho amor, consiguieron poner en pie un congreso de calidad excepcional tanto en conocimientos como en bienestar, al cuidado este último de un ejército de estudiantes universitarios tan bien dispuestos, diligentes y amorosos, que dejo con esperanza el siglo XXI en sus manos.
Bromas y juegos en el acto de inauguración nos dieron la pauta de por dónde iban a ir los tiros. Y los congresistas, encantados de disponer de tres días durante los que sacar a pasear al niño jolgorioso, cariñoso, alocado y camarada que llevamos dentro, nos adherimos a la propuesta sin hacernos de rogar.
Unida al Congreso desde el principio, propuse en su momento coordinar uno de los symposia, y me decanté por Resiliencia porque estoy investigando en el Doctorado sobre el impacto que el Coaching tiene sobre ella, y quería hacer públicos los hallazgos encontrados hasta la fecha. Presentamos seis trabajos que creo gustaron a los asistentes, a tenor de las caras de interés y placer que pude ver por la sala, las cuales dulcemente agradezco desde aquí. También reitero mi agradecimiento para con mis compañeros de mesa, pues su buena voluntad y saber hacer aligeraron en mucho mi labor de gestión durante los meses de preparación.
Aparte divertirnos y relacionarnos desde la alegre candidez y el despreocupado fluir tanto con amigos como con desconocidos, yo sentía esos días que algo más trascendente unía a los asistentes: la fe en que la vida es mucho más fácil si nos damos la oportunidad de vivirla desde el optimismo, la promoción de las fortalezas y la resiliencia.
De las muchas gratificaciones que recuerdo de esos ratos pasados en el ambiente limpio y serrano de El Escorial, me quedo con la conferencia de Amalio Blanco, catedrático de Psicología Social de la Universidad Autónoma. Y elijo esa gratificación a sabiendas de que, como lección, resultó la menos placentera de todas. Amalio asumió el necesario papel de abogado del diablo del Congreso y, entre tanta exaltación positiva, nos bajó a tierra mostrándonos la foto dolorosa de un niño etíope exangüe para, acto seguido, preguntarnos cómo podríamos pedirle a ese niño que viviera bajo el lema que el comité había elegido para el Congreso: “La felicidad está en tu mano”.
Sí, es fácil hacer esta feliz prédica desde las cotas de bienestar en que nos encontramos. Y, aun así, ¡tantas veces nos abrumamos anticipando hipotéticas catástrofes…! Recuerdo ahora a uno de mis clientes, con dificultades para conciliar el sueño preso de la angustia nocturna que le producía la desfavorable situación económica en que se encontraba tras la vergonzante debacle financiera que nos arremetió como un tsunami en 2007.
Hice con mi cliente un análisis de catástrofes, que consistió simplemente en que fuera preguntándose qué pasaría si acabara perdiendo su casa, luego otros bienes, luego otros… Al final, final, del análisis, concluyó que no se moriría de hambre y que tendría incluso un techo bajo el que dormir. Aún conservo en la retina la sonrisa aliviada que me dirigió cuando llegó a esa conclusión. Y la angustia se fue, pues por su cuenta hizo alguna vez más el ejercicio hasta que el miedo se extinguió, y de las cenizas brillaron de nuevo su esperanza y su infatigable espíritu luchador.
Toda la felicidad no está en nuestra mano, eso lo saben bien el niño etíope, el empresario secuestrado o el accidentado tetrapléjico. Gracias, Amalio, por enfatizar en ello. Sin embargo, podemos vivir vidas satisfactorias, luminosas y con significado manejando los porcentajes de felicidad, en muchos casos muy elevados, que sí podemos gestionar y promover. Se hará un pésimo favor  quien se agarre a la afirmación que abre este párrafo para, como a un clavo ardiendo, situarse en indefensión y no trabajar por sacar lo mejor de sí y de sus circunstancias. Se abrasará. Y la tentación de dejarse llevar, cuando vienen mal dadas, es alta para muchos, ya sabemos; ojo, librémonos de ese mal.

Os dejo aquí una reseña que os cuenta alguna cosilla más.
A todos los que, de una u otra forma, participaron del Congreso, y a todos los que me hacen el bien, ¡gracias por la felicidad y por la esperanza!