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miércoles, 13 de junio de 2012

La falacia del ¡Uy, qué lástima, yo no soy creativo!

En nuestro afán por entender y manejar el amplio y ancho mundo, los seres humanos necesitamos tomar atajos para el procesamiento de la información, pues de otra forma nos desbordaríamos con tanto estímulo como hay presente en la naturaleza.
Uno de estos atajos consiste en categorizar




los elementos del entorno que nos rodea, o sea, clasificarlos en función de una serie de criterios, tan útiles como arbitrarios; así, dividimos el mundo en bueno-malo, fácil-difícil-imposible, conocido-cooperativo-aliado-amigo, etc. Una vez catalogado un elemento (léase materia, persona, libro, melodía musical,…), en las ocasiones subsiguientes en que se presente éste u otro similar, podremos dedicar menos recursos cognitivos –a la postre, energía, cuyo gasto o inversión llevamos gestionando desde que el mundo es mundo- a su análisis, y a decidir si nos interesa o conviene o si, por el contrario, procede descartarlo o estar alerta.
Estupendo, ¿no? Pues no.
Esta estrategia de ahorro de energía no sólo aporta ventajas, también  presenta inconvenientes. Uno es tan obvio, que de tanto serlo resulta poco evidente, y tiene que ver con las etiquetas que nos andamos poniendo a nosotros mismos y a otras personas, a veces alentados por los entusiastas o airados comentarios de quién sabe quién que pasaba por ahí. Algunas etiquetas están tan poco contrastadas que da risa que nos las colguemos; otras son pesimistas, deslucidas y hasta devastadoras. Lo veréis con algunos ejemplos: “esta persona es mala”, “de éste no me puedo fiar”, “Fulanito es un egoísta” o “yo soy lento”. ¡Y nos las creemos! ¡A la primera! ¡Sin chistar! ¡Sorprendente!
Una de las auto-etiquetas más extendidas es la de la falta de creatividad. Un alto porcentaje de la población dice de sí misma que no es creativa, incluso utiliza sin darse cuenta expresiones de rotundidad del tipo “Yo no soy nada creativo/a”, ante las cuales he aprendido a llevarme las manos a la cabeza, por lo que cierra de opciones y de posibles caminos.
Es de todos sabido que el currículo escolar imperante promueve poco la creatividad y su desarrollo. Yo recuerdo haberla usado en Artes plásticas sólo. Por cierto, no sé vosotros, pero yo recuerdo esa asignatura con nitidez, quizás porque disfrutaba inmensamente a pesar de mi creencia torpe de ser torpe para ello. Torpe  en verdad era aquella creencia, e infundada, pues conservo la mayoría de mis “obritas de arte” de entonces, y ahora muchas me parecen bastante decentes. Los que os creyerais, como yo, poco duchos en eso, os invito a que saquéis del desván –o sótano- vuestros trabajos de colegio y los miréis como si los hubiera realizado otro, y a ver si pensáis distinto.
La cosa es que promover intensamente en las escuelas el razonamiento lógico-verbal (cerebro izquierdo) y la memoria, no es inocuo, y lleva al pobre hemisferio derecho, el de la creatividad, a perder la costumbre de trabajar, con lo que obtiene peores resultados y se va paulatinamente empobreciendo.
Como he dicho, yo aguantaba estoicamente el auto-estandarte de la falta de creatividad que había adquirido en la infancia, vaya usted a saber influida por quién. Es más, como es lo habitual en estos casos, había incorporado esa idea a mi identidad, y me iba diciendo “Yo no soy creativa” en cuanto llegaba el caso.
Mi profesión primera no ayudó a ello: las finanzas. El tener un trabajo con números, ordenado, lógico y con necesidad de estructura y rigor, me ayudó poco a retar esta creencia. Además, el peso de la opinión popular “un financiero creativo, ¡a saber qué trapicheos no hará con la cuenta de resultados!” como que se dejaba sentir.
Así fui marchando por la vida hasta que, viento en popa hacia mi segundo futuro, me hice consciente de la etiqueta tan tonta que me cubría la espalda.
¿Y qué hice? Algo muy sencillo que os recomiendo: la califiqué como de “sin fundamento”. La fui desde entonces retando progresivamente, actuando bajo la creencia contraria de que “yo soy creativa”. Os sorprendería la cantidad de ideas nuevas, bellas y prácticas que se me han ido ocurriendo desde entonces. Al liberarme yo de mi etiqueta, le di la oportunidad a mi hemisferio derecho de desempolvarse. Ahora estoy en excelentes términos con él, y me hace muy buen servicio.
Aparte este nuevo hábito de pensar lo contrario a lo que pensaba antes, diría yo que hay otro que me ha ayudado a apuntalar mi nueva percepción de creatividad: la meditación, como medio de desarrollar el mindfulness, de la que prometo hablaros otro día porque los guiados prácticos que de ella estoy haciendo en seminarios de resiliencia o de gestión de estrés han sido muy bien acogidos, y la gente quiere saber más.
Como dice Carlos Hipólito, “De la vida se coge todo para este oficio” (el de actor). Para el mío, también. Así, la recuperación de mi creatividad dormida me ha venido bien aprovechado para orientar a mis clientes hacia el reto de sus propias etiquetas empobrecedoras. Y mis clientes salen entusiastas hacia el éxito; hace poco uno de ellos me hizo llegar esta vivencia, y me alegró tanto que quiero compartirla con vosotros (aquí).
¡Hala, a buscar vuestra creatividad!