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martes, 10 de julio de 2012

Tu inconsciente es más consciente que tú, segunda parte de “A otra cosa, mariposa”

Tiempo largo atrás, publiqué el post “A otra cosa, mariposa”, sobre el trabajo que realiza nuestro cerebro tanto durante el sueño como durante los estados de no alerta. Un exalumo de IE Business School escribió intrigado un comentario, sorprendido por alguna de las ideas que yo introducía, y me pidió que ampliara el contenido, lo cual prometí. Durante este lapso, he pensado a menudo en esa promesa y escrito párrafos que luego descartaba; la cosa no fluía, y por ello volvía a meter el borrador de artículo en su cajón.



Hace poco, en la ducha, lugar de inspiración para mí, me he dado cuenta de qué motivaba mi atasco, ese no querer revolver entre mis manuales para hacer un refrito explicativo y compendioso de ideas de otros. Lo que pasaba es que prefería seguir mi línea habitual, esto es, sobre la base de lo ya conocido, hacer mi propia reflexión y, sobre todo, “sentir” lo escrito.

Eso acometí. El resultado ha sido más extenso de lo esperado, por lo que divido el post en dos partes: el inconsciente y el sueño. Al primero me dedicaré hoy.
La primera idea, y única que esgrimiré de índole neurológica, acerca del “milagro” de encontrar una solución al dejar de buscarla, está ya apuntada dos párrafos más arriba. Tiene que ver con la ducha, mención que supongo habrá sorprendido a alguno. El caer del agua parece generar ondas alfa en el cerebro, las predominantes durante los periodos de sueño y de tranquilidad. Ello favorece la relajación de la corteza prefrontal, lo cual permite la activación de procesos en otras zonas cerebrales, y que el resultado de éstos se asome a la ventana de la conciencia.
Concretemos más. Algunas zonas de los lóbulos prefrontales laterales tienen funciones de supervisión, se ocupan de regular dónde ponemos nuestra atención. Cuando no conseguimos resolver un problema y forzamos a la atención a que continúe pegada a él, se genera en esas zonas un proceso obsesivo, reiterativo, el cual gira y gira como la rueda de un hamster, agotando al cerebro pero sin moverse del sitio.
Si, por el contrario, retiramos la atención deliberada de la cuestión que nos intriga y la colocamos en otra parte, p.e. preparar la cena, tomar un algo con unos amigos o leer, rompemos el bucle obsesivo. Entonces, la energía ingente que antes se empleaba en él se libera y se desplaza hacia otras áreas, permitiendo que se inicien en ellas nuevos procesos de pensamiento. Algunos de ellos estarán relacionados con el problema que queremos resolver, pues éste, aunque no se le preste atención consciente, se mantiene en la memoria de trabajo, en la RAM mental.
Como hemos dejado de estar “atentos” al problema, y  los nuevos procesos suceden en áreas cerebrales no iluminadas por el foco atencional del lóbulo prefrontal, la solución, cuando aparece, parece magia, pero la realidad es que sólo es consecuencia de un trabajo real aunque no consciente. Y ya hemos llegado al inconsciente.
Porque me inspira para mi labor de Coach, he vuelto los ojos hacia una materia de la que, terminado COU, creí haberme despedido, no porque no me hubiera interesado sino porque, ¡ingenua incauta!, pensé que no tendría cabida en mi vida profesional. Me alegra haberme equivocado.
Se trata de la filosofía.
Cada tanto, me reúno con otros Coaches forofos para, bajo la instrucción de un filósofo, David López, dilucidar sobre los pensamientos que han fluido por los campos de la humanidad a lo largo de los siglos.
En la última charla, alguien planteó una cuestión sobre el inconsciente, y a mí me volvió un pensamiento ya pensado: que el inconsciente es consciente de su propia existencia. Cuál no sería mi alegría cuando, acto seguido, el propio filósofo, en su respuesta, esgrimió idéntico argumento. Las palabras de David me resultan tan bellas, que las elijo y desecho las mías: “el inconsciente no piensa en serlo, él se siente consciente de su propio procesar, y siente que somos nosotros quienes no somos conscientes de él”.
Nos habló David entonces de algunos pensamientos del psiquiatra Lacan. En palabras de nuestro filósofo, os resumiré que Lacan opinaba que el inconsciente, como el consciente, es lingüístico y que, por ello, hay que escucharlo cuando habla (aconsejaros eso ha sido mi objetivo de estos tres post enlazados). También, refutaba Lacan a Freud diciendo que el inconsciente no es un lugar de sospecha que hay que domar, sino el eje vertebrador de la existencia. Como lugar, opinaba, el cerebro está cuajado de símbolos, de ahí la búsqueda de qué discursos narrativos oprimen al inconsciente y en qué estructuras lingüísticas se confina. Concluye Lacan que el inconsciente es la verdadera voz del ser humano, tu verdadero yo.
Un par de días después de este episodio, alguien a mi alrededor preguntó qué era el inconsciente, y a mí me vino responder que “el inconsciente es la parte de nuestro propio procesamiento de la información que no detectamos, en línea con lo que he desarrollado arriba. Que no lo detectemos no significa que no esté, así que os animo a comenzar a estar atentos para poder escucharlo.
En esto de los inconscientes, diríamos que cada persona tiene el suyo propio, bien protegidito tras el vallado corpóreo. Pero no. Los hay también colectivos, operando a nivel familia, ciudad, país, orientación religiosa, orientación política,...
El inconsciente colectivo lo constituye todo el entramado de creencias y tradiciones que hemos absorbido y automatizado desde el nacimiento, las cuales reflejan los miedos, valores, filias y fobias de nuestras comunidades de referencia. Así, pues, para acabar de complicarlo, vemos que el inconsciente de una persona es la suma de los dos = inconsciente individual + inconsciente colectivo. Vaya, ¡como si fuera poco bregar con uno solo!
Carl Jung, fundador de la Psicología analítica y amigo y detractor de Freud, habla del inconsciente colectivo en términos de alma. Y aquí amplía el concepto de alma que teníamos desde Sócrates, quien restringía el alma al yo consciente y su capacidad de razonar y pensar. Para Jung, el alma abarca todos los contenidos, sean éstos visibles o no, individuales o grupales.
Según él, el inconsciente individual se compone de contenidos que se experimentaron en algún momento de la vida, que fueron conscientes en algún momento, para luego olvidarse (sólo aparentemente) o reprimirse.
Por el contrario, el contenido del inconsciente colectivo es, para Jung, el modelo del mundo con el que se nace, es la herencia que nunca experimentamos de manera directa pero que nos influye. Por ejemplo, los paradigmas. Estoy muy descontenta, por cierto, con el paradigma que impulsaron Platón, Aristóteles y su heredero Descartes, por cuanto sepultaron la sabiduría de presocráticos, estoicos, cínicos, budistas, y tantos otros pensadores del buen vivir, y nos embutieron en el corsé del hombre racional, desgajándonos, con o sin intención, del mundo emocional, que es precisamente donde habita el inconsciente. De ahí que hayamos tenido a éste olvidado tanto tiempo.
Nuestras generaciones han nacido bajo ese paraguas-paradigma de la racionalidad, por eso nos cuesta tanto utilizar parte de nuestro cerebro y  darnos cuenta de su poder. Las buenas noticias son que, una vez dejamos de limitarlo y decidimos dejarnos llevar, ocurren los “milagros” que contaba hace dos años y que veo replicarse cada día.