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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Beneficios del sueño sobre el desempeño o “Consúltalo con la almohada”, tercera y última parte de “A otra cosa, mariposa”

No sé qué pasa con los Noviembres para que no consiga liberar tiempo con que escribir en profundidad. Os prometí sorpresa el mes pasado, y seguirá el suspense por el momento... Aprovecho y cierro la trilogía "A otra cosa, mariposa", que sí tenía preparada.
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Desde la infancia, me ha atraído la cuestión del papel que juegan los sueños en nuestra existencia. Me sorprendía lo reales y vívidos que parecen; hasta la cuestión del meramente dormir me asombraba.
Por aquel entonces, recordaba al despertar más pesadillas que sueños gozosos. Como a todo ser humano, los episodios placenteros me dejaban menos huella memorística y menos prolongada que los inquietantes. 


Como ejemplo de lo que digo, os contaré lo vívida que tengo en la memoria la madrugada de un 6 de enero, a la edad de cinco años, noche en la que mis padres y mi abuela nos prohibían levantarnos para, nos decían, no ver a los Reyes Magos y dejar que trabajaran tranquilos. En esa ocasión, me desperté acuciada por la necesidad de ir al baño. ¡Por Dios, qué fatalidad! Hice lo posible por contener las ganas, pero, al rato, insomne, no pude más y salí despacito de mi dormitorio, sin hacer ruido, con los ojos casi cerrados por precaución, tanteando a ciegas el camino. Volví igual de rauda y sigilosa a mi cama, pero esa misma noche soñé luego que, en el trayecto, había sorprendido a los Reyes Magos desde el pasillo y que éstos, enfadados y desilusionados por haberme pillado deambulando en noche tan mágica, me habían dejado sin regalos como castigo por haberlos visto.
De adolesente, comencé a leer artículos y trozos de libros acerca de hallazgos científicos sobre el sueño y, justo es confesar, algún que otro texto menos docto centrado en la interpretación de los episodios oníricos, cuestión que asimismo me intrigaba sobremanera. Pero fue durante los estudios de Psicología, hace unos diez años, cuando al fin supe más. De ello, os cuento cosillas.
Las dos teorías sobre el papel fisiológico del sueño hoy más ampliamente consideradas, y puede que relacionadas, son la teoría de la recuperación y la teoría circadiana.

- La teoría de la recuperación dice que dormimos para recuperarnos del desgaste que supone la actividad diurna.

- La teoría circadiana defiende que dormimos por una cuestión filogenética de conservar la energía y necesitar menos alimento.
Más interesante empero para la cuestión que nos ocupa en estra trilogía, la del cerebro trabajando para nosotros sin que nosotros nos demos cuenta, resulta sin embargo alguna teoría neurológica basada en hallazgos recientes. Estas investigaciones arrojan ciertas hipótesis acerca de lo que ocurre mientras dormimos que  me parecen verosímiles. En concreto, las dos siguientes:
  • Durante el sueño se produce un reprocesamiento de acontecimientos vividos durante los días o semanas anteriores, sobre todo de aquellos que han tenido un impacto emocional en nosotros. El objetivo último de este reprocesamiento es el de asimilarlos e integrarlos armoniosamente en la imagen que tenemos del mundo y de nosotros mismos.
      Enlazo esta hipótesis con los sueños inquietantes y recurrentes que se tienen sobre algún hecho del pasado, el cual nos produjo un impacto o trauma emocional. Pequeña digresión: por trauma, me refiero aquí a la acepción, del griego clásico, de mera herida, no lo magnifiquéis al significado actual de gran herida. 
     Retornamos. El impacto emocional que provocó en nosotros el acontecimiento tuvo como consecuencia que quedara atrapado en nuestra masa gris sin procesarse y, así, lo soñamos y re-soñamos con la esperanza, entiendo yo, de que se “acomoden” los elementos que lo componen, y así la herida se disuelva y se vaya de nuestras vidas.
  • Al dormir, se consolidan los aprendizajes, se fijan en el cerebro para que no se pierdan con rapidez, pasan de la memoria de trabajo a la memoria a largo plazo. De ahí, entre otras cosas, los consejos de dormir bien y suficiente antes de una situación de examen o de necesidad de tener los sentidos alerta a pleno rendimiento.
Imágenes funcionales (resonancia magnética) muestran cómo la actividad cerebral durante el sueño se reduce ¡sólo! un 10% respecto de la vigilia. Además, durante las etapas MOR-movimientos oculares rápidos (REM en inglés), aquellas etapas en las que soñamos, algunas zonas cerebrales están incluso más activas que cuando estamos despiertos. Pista de que, mientras dormimos, están pasando cosas que escapan a nuestro control pero que tienen su efecto más adelante, en la vida despierta, efecto este tanto más visible cuanto más atentos estemos a él.

Como vimos en el post anterior, "Tu inconsciente es más consciente que tú", cuando no encontramos una solución a un asunto, las piezas del rompecabezas no se diluyen al retirar la atención. Por el contrario, se mantienen accesibles en la memoria de trabajo y, durante el sueño, algunas áreas cerebrales, libremente y sin la presión que imprime la atención deliberada, siguen elaborando sobre el puzzle buscando soluciones.
Una tercera hipótesis -ésta mía, que no he visto por ahí, así que puede ser absurda- que no excluye a las anteriores, es el posible papel del sueño en la niñez como factor de consolidación de los valores que nuestras familias nos van inculcando mediante sus palabras y su ejemplo. Mi sueño sobre los Reyes Magos, quién sabe si no estaba consolidando el valor de la honradez, el de cumplir lo que se promete, la lealtad, el no hacer trampas, o algún otro.
Como anécdota curiosa a la que no me resisto, os cuento que, entre los mamíferos, el perezoso es de los más dormilones -20 horas al día-, ¡diríamos sin equivocarnos que “la vida es sueño” para ellos!, y el ciervo es de los que viven en vigilia (duermen 2 horas diarias).
¡Feliz sueño de unas noches de otoño, arrebujados al calor de las mantas y protegidos por la larga oscuridad! Aprovechadlo bien para que os inspire!


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