© Maite Inglés. Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción, distribución y transformación sin contar con autorización expresa del autor. Se permite -no si es con fines comerciales- hacer referencia mediante un enlace a la fuente original.

Páginas

jueves, 25 de abril de 2013

“¡Me estoy perdiendo el camino!” o la subyugante autoexigencia




Hace unos meses, en una sesión telefónica de coaching, mi cliente pasaba revista a las acciones que había emprendido, valorando los resultados conseguidos. A pesar de ser significativos no le sentía yo animado, su tono de voz no era alegre al contármelo. “¿Estás contento?”, le pregunté. “Bueno….”, me contestó.


En el fluir de la conversación saltamos a otro asunto y, al ratito, paró de hablar. Yo también callé, intuyendo que algo grande venía. Se le había hecho la luz. Esa pregunta dejada atrás, “¿Estás contento?”, que él respondiera con escaso convencimiento, se había colado en los recovecos de la inconsciencia, y ésta habíase lanzado a trabajar acabando de redondear el, para mi cliente, mágico desbrozado interior que había venido elaborando conmigo durante semanas. Tras unos instantes de silencio, dijo despacito: “Maite, ya sé por qué no estoy contento a pesar de los logros: ¡me estoy perdiendo  el camino!.

Y brotaron en él las palabras que le dicen en su entorno cercano, y que él no había entendido hasta ese momento. Le solían decir que debería hacer las cosas con más alegría, que hacía todo por obligación. “Hasta lo que me apetece me cuesta”, remató.
Para las personas muy responsables, autoexigentes y con alta motivación de logro, una vez apuntan hacia un reto concreto van hacia él contra viento y marea. Asumen una responsabilidad férrea sobre ello, se orientan fuertemente hacia la tarea y, parando menguadas mientes en las relaciones, incluso en el cuidarse ellos mismos, trabajan y trabajan hasta conseguirlo.
Estos seres, algunos altamente entrañables como mi cliente, convierten su jornada en una continua carrera de obstáculos donde, antes de acabar una tarea, están ya empezando mentalmente la siguiente. Así, no tienen transiciones entre una y otra, no se conceden unos mínimos segundos para regodearse en lo conseguido, y su afán es que cada tarea, sea de ocio sea de negocio, sea profesional sea familiar, encaje en el slot de tiempo que le han asignado ¡y sin sobresalirse por los bordes, que entonces tenemos un papelón!.
En su afán, olvidan que la vida sin juego y sin divertimento es un erial, y que el jarabe sabe mejor con unas gotas de miel. Y olvidan que la risa, hasta la sonrisa, moviliza miles de músculos, oxigena las neuronas y nos hace sentirnos más sanos y fuertes. Y olvidan recompensarse. Y olvidan que, si ellos valoran cada instante, sus quehaceres se tornan más livianos -aquí procede recurrir a Blancanieves y a su “Silbando al trabajar” (Whistle while you work) para ilustraros a qué me refiero-.
Para colmo, independientemente de las buenas intenciones que tengan con sus actos, como están tan concentrados en trabajar y en trabajar, no faltará quien pueda achacarles a veces el ir a lo suyo, cuando en realidad a lo que van es a lo de todos sólo que sin ellos. Los demás no les ven disfrutar, ni interactuar con otros con alegría, ni detenerse en el camino a descansar o a solazarse con una piedra, una mariposa o un rayo de sol. Y les perciben gruñones y hasta huraños, a ellos, tan buenas personas.
En fin, nuestros esforzados ejecutivos que sufren de exceso de autoexigencia olvidan que los de alrededor se van a sentir mucho más tranquilos y felices si ellos silban, porque irradiarán sin darse cuenta más calor y armonía.
Disfrutemos el camino y seremos con ello más alegres.
¿Y qué es el camino? Todo lo que recorres, desde que te levantas hasta que te vuelves a acostar. El camino son todas las tareas que haces, hasta las que no te gustan. Y las disfrutarás tanto más cuanto más las relaciones con tu objetivo a largo plazo, y tanto más encajen con tus valores.
Y el camino es andar por la calle, y sonreír al camarero a mediodía, y escuchar el canto de un pájaro, y mirar un cuadro, y llamar a un amigo porque sí, sólo para saludar. Y brindar. Brindarse. A la vida.
Vivir un día cada vez, esa es una de la claves de la felicidad.
¡Buen puente de mayo!


------- x -------
Más información en nuestra web-app MocionA
Descárgatela para Apple y Android
Contáctanos por email