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lunes, 1 de julio de 2013

El que tenga Dios, que se apoye en él para llenarse de energía. Y el que no lo tenga, también

Santuario de Chilla. Foto: http://candeleda.valledeltietar.net
Crecí en una época de catolicismo imperante entonces aún por resquebrajar, en un hogar, estirpe y colegio de creyentes practicantes que confiaban en el Señor para alcanzar serenidad y superar sus dificultades, que eran muchas y enjundiosas consecuencia de una guerra en la que habían perdido familiares adorados, patrimonio e ilusión.
 Mi educación fue, pues, religiosa. Creo sin embargo que, como sociedad, nuestros educadores habrían podido afinar más el tiro en la transmisión de la fe, pues enarbolaron esta misión no desde la antropología sino desde el dogma, desde el catecismo o “libro de instrucción” -según el diccionario de la Real Academia Española-. ¡Libro de instrucción...!


Nuestros catequistas se dejaron así por el camino los fundamentos antropológicos del origen de la religión y de las necesidades del ser humano a las que ésta ha venido respondiendo a lo largo de los siglos. Educar desde la instrucción es como darle a uno el manual de uso de un aparato electrónico y pedirle a bocajarro que se lo estudie; digo yo que para que la persona le vea sentido al cacharro y le venga la motivación de utilizarlo, primero habrá que hacerle ver el propósito último del aparato, la función que va a cumplir en su vida y los beneficios que le va a reportar.
Perdonadme que esté dirigiendo la religión al terreno de la funcionalidad y de los beneficios, terreno económico del que también provengo, ya entiendo que algunos pensareis que el hacerlo banaliza la fe y la despoja de su sentido trascendente. No lo veo yo así. En este curso que termina, he rematado por concluir que el efecto de considerar la religión en estos términos es precisamente el contrario, el de enriquecer y fortalecer nuestra vida, hacerla trascender ya en el momento presente y no sólo en el futuro. El  leer esta mañana de sábado unos párrafos de Dale Carnegie al respecto me ha llevado a decidir hablaros sobre ello. Veréis.
Como os decía, crecí y maduré en un ambiente cristiano. Luego, en los años 80, quizás por la falta del sustento filosófico que no me habían sabido transmitir, dejé de hallar en los ritos respuesta a mis inquietudes y, tras procurar durante un tiempo recuperar el sentido de la religión sin conseguirlo, la fe se me escapó por la punta de los dedos. Nunca la dejé irse del todo, pues vivir bajo los valores que me habían inculcado mis familiares fallecidos me mantenía cercana y en comunicación con ellos, emocionalmente necesitaba ese vínculo.
Amante de mis amigos, me gusta compartir momentos importantes para ellos. Algunos, en nuestra cultura, conllevan oficios religiosos, por lo que este año asistí a unos pocos. En esos ratos de liturgia, y aupada por ese hilo de fe que había conservado, pude encontrar, por fin, mención clara, comprometida y sabia al sentido antropológico de la religión. Quizás ya estaba en las prédicas del pasado y yo no lo había visto (ya sabéis, sólo cuando el alumno está preparado es cuando aparece el maestro), o quizás yo había anteriormente frecuentado templos donde esto no se evidenciaba.
Porque me dan herramientas para mi trabajo, bebo de las fuentes de la sabiduría allí donde creo hallarlas, y los teléfonos inteligentes te permiten trascribir un soplo de luz antes de que tu mente lo cubra de olvido. Vine a atesorar así cuatro máximas que en cuatro homilías distintas anoté y reflexioné, interioricé y os regalo como a mí se me regalaron.
“La intimidad con los amigos se alcanza cuando se los frecuenta. Así, la intimidad con Dios se alcanza acercándonos con frecuencia a Él”.
“Para acercarse a la persona hay que hacerlo de igual a igual. Así hay confianza, hay respeto, hay cercanía y cariño. Si te sientes por encima miras con algo de desprecio. Y, si te sientes por debajo, actúas con cierta humildad que te resta naturalidad. Asímismo con Dios”.
“Rezar es comprometerse con lo que pedimos”.
“Ponte en manos de Dios, ¿quién te lo impide? La vida eterna no es para cuando te mueras, es para ahora, aquí”.
Gracias al rebullir de esas frases y en el silencio recogido y primaveral del santuario de Nuestra Señora de Chilla, en Candeleda, encontré respuesta a desde dónde trabajar un asunto relevante de autogestión emocional que me había tenido en jaque a lo largo del otoño y del invierno. Ahí alcancé la paz y estoy pudiendo, desde entonces, desarrollar el contenido sobre el que sustentar mi elaboración interior y mi plan de acción al exterior. El recogimiento con sentido funciona, funciona.
Porque la aportación que hace Dale Carnegie a este asunto resuena con mis pensamientos al respecto es por lo que la traigo aquí. Creo, además, que él lo explica mejor que yo, para qué inventar la rueda pues.
A lo largo de su extensa y comprometida vida, Carnegie escribió una docena de libros y otros tantos opúsculos. Su obra más conocida es “How to Win Friends and Influence People” (“Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”), un clásico que os recomiendo por ser mejor y más completo que muchas otras obras posteriores que remedan sus enseñanzas.
No quiero hablaros hoy de ese libro sino de otro menos conocido, “How to Stop Worrying and Start Living” (traducido al español con el título de “Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida”). En él, Carnegie dedica un capítulo a la fe religiosa y a cómo, cuando las personas, al sentirse desfallecidas y desesperanzadas, se abandonan en algo más grande que ellos mismos como es la idea de Dios, una paz mental, el coraje cálido y la esperanza resurgen, y el camino que la tribulación había oscurecido reaparece ante ellas sin buscarlo. Una vez has confiado en Dios, ya no dependes sólo de ti mismo, Dios te guía y te ayuda, dicen Carnegie, algunos filósofos y todos los sacerdotes que conozco.
Carnegie menciona a menudo en sus obras al padre de la Psicología moderna, al filósofo y psicólogo (chicos, estas dos disciplinas van muy de la mano) William James. Yo misma estoy descubriendo razonamientos de James que no conocía, pues en las universidades se le venera pero no se le estudia como se debiera.
James describe bella y sobriamente la necesidad humana que la religión viene a llenar. Dice, “the sovereign cure for worry is religious faith” (la cura suprema para la preocupación es la fe religiosa). Sigo traduciendo: la fe es una de las fuerzas por las que viven los hombres, y su total ausencia lleva al colapso... La persona religiosa está llena de ecuanimidad y calmadamente lista para cualquier acción que el día pueda traer”. Este curso que termina, uno de mis alumnos de la universidad, sin haber leído a James, reflexionaba algo parecido: "Religion is the perfect “accessory” to give a meaning and an explanation of life".
A lo largo de mi carrera como Coach he venido comprobando cuánta verdad encierran estos pensamientos: la búsqueda del sentido de trascendencia, de un propósito más grande que nosotros mismos, que manejamos los profesionales adscritos por convicción a la disciplina de Psicología Positiva de Martin Seligman, pone a nuestros clientes en el camino de la esperanza, de retomar el camino hacia sus metas, los recarga de energía y de fe. Fe a lo que sea, pero fe.
De ahí a orientar la fe hacia la idea de un Dios que nos acoge y en cuyo seno no hay tribulación, hay un paso. Bromea Carnegie cuando sentencia “There are no atheists in fox-holes”, o sea, según él, que todos son acordamos de Santa Bárbara cuando truena. De ser esto así, la cosa, pues, sería acordarse de la santa también cuando no truena. Él recomienda la oración a creyentes y escépticos, y lo hace por tres motivos prácticos -que lo son, así son los americanos, esa practicidad es de lo más rico que yo asimilé en mi convivencia con ellos-:
  1. Nos ayuda a poner palabras a lo que nos inquieta, y un problema claramente formulado nos posibilita abordarlo, lo cual es imposible mientras se mantiene vago y en la nebulosa.
  2. Nos da la sensación de compartir nuestras cargas, de no estar solos, herramienta terapéutica donde las haya.
  3. Es la primera piedra hacia la acción, pues el compromiso que has tomado te provee de energía
Cuán grande sea el paso para acordarse a menudo de Santa Bárbara dependerá de cada quien. Para el que quiera, es este post.
 
¡Volvemos a primeros de Septiembre!
Escrito el sábado 8 de Junio de 2013, primer aniversario del fallecimiento de Tirso Lorente, entrenador del Real Madrid de Baloncesto, y “forjador de personas” para sus jugadores de Sagrados Corazones..