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viernes, 4 de octubre de 2013

Si quieres cuidar de tu gente, cuida de ti mismo


Cúpula antiguo edificio La Unión y el Fénix. Álbum
Un día, vino a verme un ejecutivo con necesidad de afianzar su liderazgo para poder manejar el conflicto creciente en sus equipos. El asunto, dijo, era de una importancia vital para él, pues tocaba variados aspectos de índole profesional y personal, y además le estaba suponiendo un coste emocional que no haría más que crecer en caso de no resolverlo.
Fluyó la reunión y nuestro hombre comenzó a pensar animadamente en voz alta en cómo financiar su trabajo conmigo. Debería ajustar el momento temporal porque planeaba un desembolso para su hijo y jamás dejaría de darle nada a éste para dárselo a él mismo


No quise ni me correspondía a mí saber cuál era esa inversión que planeaba, ni juzgar su bondad comparada respecto de trabajar conmigo. Sólo sé, y así se lo transmití, que un buen proceso de coaching produce beneficios psicológicos en la persona, emocionales primero, a los que sigue en corta zaga una incrementada sensación de autoeficacia, bien por redescubrir recursos que ya tenía, bien gracias al aprendizaje de otros nuevos (conocimientos, habilidades, hábitos o pautas de pensamiento). Y esos beneficios, le dije, los percibe tu hijo aunque tú no te des cuenta y promueven un entorno más estable y seguro que favorece su crecimiento.

Para qué negarlo, no era la primera vez que me topaba con esta visión abnegada y categórica de la responsabilidad para con aquellos que dependen de nosotros. Y no era la primera vez que, tras tratarlo conmigo, el cliente cambiaba la perspectiva y optaba por dedicar recursos para sí mismo como medio de garantizar la sostenibilidad a largo plazo de los recursos y beneficios para aquellos a su cargo, sean éstos clientes, colaboradores o familiares.
Los recursos a los que suelen renunciar las personas son muy variados y van de lo tangible a lo intangible: tiempo, ejercicio físico, compañía de personas gratas, creatividad, dinero... Inversiones todas, que no gastos, para un mejor futuro de los de alrededor. Inversiones a las que no damos prioridad y muchas veces ni importancia.
El asunto de negarse recursos a uno mismo no es infrecuente y mucho menos trivial. Veréis su relevancia tomando como analogía la batería de un móvil. Si mal recargamos una batería sólo un ratito, se gastará deprisa, a la primera llamada larga ya dará señal de baja carga. Por contra, si la tenemos enchufada el tiempo suficiente, nos durará alegremente días. Otros buenos hábitos, además, como recargarla antes de que se agote del todo, o asegurarnos de que la recarga está completa antes de desenchufar el aparato de la red, prolongan la vida de la batería y ahorran el tener que ir a comprarse otra a mitad de vida del aparato.
La batería, ya supondréis, somos las personas, y la recarga son las actividades que hacemos para recuperar la energía que se va gastando, a lo largo de los días y de los años, en nuestro trabajo, en los estudios, en el cuidado de nuestros seres queridos, en las actividades domésticas… Por último, el cambio de batería a mitad de camino son las enfermedades y los contratiempos que nos suceden por no cuidarnos.
El menor contratiempo que nos pueden traer el agotamiento, el desbordamiento o el hastío si no dedicamos tiempo de calidad a nosotros mismos, es el cambio de humor, esa sensación de estar a menudo en el disparadero, con el vaso tan lleno que se desborda ante la menor gota. Cansancio, malhumor, poco aguante, poca paciencia, desesperanza… El mayor contratiempo, pasando al otro extremo del continuo y sin la pretensión de asustaros, sería un ictus o un infarto, cuando no la muerte.
¿Serio, verdad? Pues bien, cuando una persona dedica todo su tiempo, energías y recursos disponibles a otros, sean éstos su trabajo, sus hijos u otros familiares dependientes, está haciendo el equivalente a no cuidar la batería del móvil. Al no recargar o hacerlo con precipitación y superficialidad, al no dedicarse momentos y actividades que le satisfacen, le enriquecen o le dotan de recursos con que encarar fructíferamente su entorno, los niveles hormonales se alteran, aumenta la segregación de cortisol a niveles perjudiciales y disminuye la de hormonas beneficiosas como por ejemplo endorfinas o serotonina.
Entre las conductas de autocuidado, algunas favorecen la mera recuperación, mientras que otras promueven la generación de nuevas fuentes de energías y de recursos que nos ayudan a fortalecernos y crecer.
Si decidimos cuidarnos, lo que sí es importante es ir distribuyendo los momentos de recarga a lo largo del día o de la semana, más que concentrarlos. De médicos, otros psicólogos y otros expertos en bienestar he ido recopilando buenas praxis, os apunto algunas sencillas:
-    Cada hora u hora y cuarto, cambia de actividad unos cinco minutos. Levántate, charla con el compañero, cómete una manzana, haz meditación, planifica el divertimento de la tarde, llama a un amigo, pasea, mira el cielo, ojea una revista de motos o de moda. Vale cualquier cosa que te relaje o alimente el espíritu, te recompense.
-     Haz comidas completas, que no copiosas, donde predomine la dieta mediterránea y el peso no recaiga en las proteínas. Evita el dulce, pues tras el chute de energía produce mayor fatiga, y ten una relación de respeto con el café, el tabaco y el alcohol.
-     Haz ejercicio diario. En ausencia de otra manera, camina media hora a un ritmo tal que el resuello te permita hablar pero no cantar. El ejercicio segrega de nuevo serotonina, por lo que dormirás mejor y así recuperarás energía. Además, mejora el sistema inmunológico. El yoga vale.
-      Practica meditación para conseguir mindfulness.
-     Queda con un(os) amigo(s) para un rato de charla mientras hacéis ejercicio, vais a un espectáculo o evento, tomáis un refrigerio o simplemente paseáis. Los momentos con amigos con quienes estamos cómodos nos hacen segregar, una vez más, serotonina, la hormona de la felicidad, dicen quienes estudian este asunto.
-      Al menos una tarde a la semana, practica o apúntate a clases de esgrima, teatro, pintura, piano, guitarra, narrativa, ganchillo o petit point, escultura en barro,.... Vale cualquier actividad que te haga sentir un artista, que te permita crear.
-      Al menos cada quince días, haz una actividad lúdica o de enriquecimiento personal donde no estén presentes los familiares de quienes eres responsable.
-      Dejo para la última la que atañe a mi profesión: si tienes una carga sobre la cabeza o sobre el alma que no llegas a poder gestionar tú solo, trabájalo con un profesional. Y mejor antes que después: desafía la máxima de José Antonio Marina de que “ninguna situación se cambia hasta que deviene insoportable”.
Sé que algunas cosas que os propongo, además de dinero, requieren que se les reserve un tiempo y que algunos diréis: “Sí, hombre, Maite, ¿y de dónde saco yo ese tiempo, me lo quieres decir?”. La magia aquí está en asignar prioridad a nuestro bienestar, no le veo otra manera. El resultado será que, al estar más descansados física y psíquicamente, tener más estrategias disponibles y estar más entretenidos, rendiremos más y más alegremente en todos los menesteres de nuestro día a día.


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