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viernes, 4 de julio de 2014

Cuando una palabra es un lastre, o El nombre da lo mismo

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Durante cuatro años he mantenido la disciplina de publicar en el blog una vez al mes. No ha sido siempre fácil y, como todas las elecciones que hacemos, ha supuesto costes de oportunidad en otras áreas. Por ello, y porque también a muchos de mis lectores les sorprende la llegada de un nuevo post sin haber llegado a leer el anterior, a partir del próximo curso la publicación será bimestral. De alguna manera voy a comenzar ya, pues hoy quiero básicamente realzar un artículo que hace unos meses publicité apenas.
Tiene que ver con la palabra "coaching". Para despedirme en parte de ella, ...sólo de la palabra.

Como profesión, aunque muchos lo desconozcan o no quieran reconocerlo, el coaching auténtico, el que funciona, bebe mayoritariamente de la Psicología científica. El coaching es una herramienta y a la vez un marco, una estructura de actuación, una manera de ver el mundo. Y, en su parte operativa, es un conglomerado de muchas otras herramientas, la mayoría inventadas, desarrolladas o estudiadas por psicólogos, sobre todo terapeutas e investigadores de universidades de todo el globo.

Sin pretender ser exhaustivos, recordemos estas fuentes: psicología social o del aprendizaje; investigaciones en liderazgo, motivación, cohesión, comunicación, etc; psicología humanista, constructivista o positiva; terapia cognitivo-conductual o breve; o la inteligencia emocional -originaria de Salovey y Meyer-. No sé qué tipo de coaching podrán practicar quienes no están al tanto de los descubrimientos y herramientas que esas disciplinas proveen.

También se sirve el coaching, sobre todo el de equipos, de las reflexiones y enseñanzas de grandes pensadores cuyo campo de actuación es el mundo de los negocios.

A donde quiero apuntar es a que esta disciplina es mucho, mucho, mucho más que, utilizando el lenguaje del "gremio", "hacer preguntas abiertas", "retar creencias limitantes" o "espejar al cliente", aspectos que constituyen la esencia, insuficiente, de tantas formaciones en coaching al uso.

Hace falta mucho, mucho, conocimiento, a la par que vocación, talento y destreza adquirida, para meterse en los meandros de la mente humana. Y esto aplica tanto para coaching personal como ejecutivo. En una sociedad donde una avalancha de gente quiere ser coach, quién sabe si en parte por los cantos de sirena falaces de verlo aparentemente fácil y de fácil dinero, es difícil que se den las cuatro cosas simultáneamente.

Por eso, entre varias explicaciones (nada es unicausal), el mercado nacional en general ha percibido escasos resultados o aporte, sobre todo a largo plazo, y ha ido dando la espalda a lo que les habían movido a creer que era el coaching. Esa al menos es la sensación que he recogido desde hace años en numerosas reuniones con clientes, y de comentarios informales aquí y allá. Citando a Barbara Corcoran, "Everybody wants what everybody wants" (Todo el mundo quiere lo que todo el mundo quiere). Y, por extensión, "Nadie quiere lo que nadie quiere". Así, debido a pobres resultados el coaching, antes objeto de deseo, ha pasado a ser mirado de reojo.
Con tristeza, por ello, he de ir abandonando la palabra coaching. Sólo la palabra. Porque no me identifico con el grueso del  mercado que compone la oferta actual y con lo que ese mercado oferta, causantes ambos del desdén de los clientes. Hace poco, Bertrand Russell me introducía a otro autor, Thomas Gresham, quien, en el s. XVI, formuló una teoría hoy conocida como la Ley de Gresham: "La mala moneda suele sacar a la buena del mercado". Aunque formulada  en origen con un sentido financiero puro, Russell parecía citarla con la acepción metafórica de que la imagen de una actividad, y la actividad misma, se ven devastadas por la entrada de malos intervinientes. 

También resuena en el mismo sentido la tesis que George Akerlof, economista estadounidense, extrajo de sus estudios sobre información asimétrica en el mercado, estudios que le granjearon el premio Nobel de economía en 2001: "Dishonest dealings tend to drive honest dealings out of the market" ("Las transacciones deshonestas tienden a expulsar a las transacciones honestas fuera del mercado"). Sustituid deshonestas por frágiles y honestas por sólidas, y veréis a lo que me refiero. Desaparece el mercado, o mengua sustancialmente.

Empecé mi camino de facilitar la vida de las personas hace unos quince años. Y lo hice por el camino largo, licenciándome en Psicología. "¿Para qué?", me preguntaron muchos, "si ya tienes la carrera de Empresariales y para hacer coaching a ejecutivos ya te sirve". A mí no me parecía suficiente y, dado mi temperamento concienzudo, la sola idea de embarcarme en mi segunda carrera profesional sin el bagaje sólido de la ciencia me hacía sentir hasta algo irresponsable.  Tuve que asumir renuncias para volver a la universidad pero lo agradezco profundamente, pues me ha facilitado inconmensurablemente la tarea, el desempeño y los resultados.
Pero no me voy, no creáis. Simplemente me centraré en lo enjundioso, que es seguir moviendo la energía de  las personas y organizaciones hacia crecer y vivir y trabajar mejor. Sin etiquetas. El nombre da lo mismo.

Os dejo con el artículo que quería realzar: La renuncia a las oportunidades o “Es que yo no creo en el coaching”.

¡Hasta septiembre, amigos!


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