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lunes, 1 de septiembre de 2014

Si os da por poner inseguridad en vuestras vidas, elegidla valiente


En este gusto mío por explorar caminos que hagan más rico el trabajo con mis clientes, tropecé hace años con las constelaciones sistémicas organizacionales.

Para quien no las conozca, deciros meramente tres cosas para que podáis seguir la historia de hoy: (1) el término constelación se refiere a disposición de elementos, traducción del original en alemán sin connotaciones astrológicas; (2) tal como en el universo la constelación representa una determinada colocación de astros, la constelación en la vida representa una determinada colocación de elementos (personas o constructos) pertenecientes a un sistema; (3) una de sus premisas es que se basa en corrientes de energía.

El objetivo de las constelaciones como praxis es el de representar visualmente un problema o atasco que tiene un individuo o grupo. Entre las varias maneras de constelar, una de ellas necesita de elenco actoral, esto es, asistentes-espectadores que harán el papel de las personas o constructos significativos presentes en la trama que el individuo o grupo, a quienes llamamos protagonistas, haya planteado.

De la “actuación teatral”, en general, decir que se supone que no eliges cómo “representar” sino que la energía que emana el sistema –la premisa tres de que hablábamos más arriba- es la que te hace “sentir” cómo y hacia dónde moverte y qué emoción te asalta. Vaya, que te dejas llevar sin introducir tu raciocinio en ello.

De una de las sesiones en que participé extraje el aprendizaje que os traigo hoy.

En uno de los casos, fui designada para representar el constructo “inseguridad” del protagonista. No era la primera vez que yo hacía de “actriz” en una constelación. En las anteriores puestas en escena me había sentido parte integrante del sistema que estábamos representando, una más, compartiendo la emoción y las cuitas que allí sucedían.

Mientras, en esta ocasión me sentí ajena, como que la historia no iba conmigo. Me ubiqué físicamente en el perímetro exterior del “escenario” mirando hacia fuera, hacia el tendido, y allí me quedé sólo intuyendo cómo los otros elementos se movían. Mi escondite funcionó felizmente hasta que el protagonista, el “dueño” de la inseguridad, clavó sus ojos en mí y comenzó a acercárseme a paso de zombi. Yo, incómoda al principio, con creciente sensación de hastío después, inicié una escapatoria por toda la habitación como un satélite perdido.

Aburrida de la persecución sin fin, paré, giré y miré al protagonista a los ojos. Vi en ellos una triste sensación de abandono. Y, a instancias del facilitador, protagonista y yo iniciamos una conversación que, para lo que suelen durar, resultó larguísima. Me salió decirle: No me necesitas. A lo que él no hizo caso, clamando: “Quiero ser como tú”. “¿Como yo?”, repitió mi personaje, asombrado; “¿y cómo soy yo?”. “Inteligente”, me devolvió el protagonista. Volví a asombrarme: “¿Yo?; ¿y tú no?. Mírate, mira todo lo que vales”. El protagonista no me hizo ni caso, aferrado a su no avanzar. Y depositó, como lo haría suavemente un oso, una mano sobre mi hombro que yo sentí cual zarpa aprisionadora. Me zafé zarandeando mi hombro. Volvió a intentarlo con las dos manos. Me volví a zafar, ahora con más energía. Repetí varias veces: “No me necesitas, no me necesitas”. Como seguía a lo suyo como un autómata, me zafé por tercera vez y me fui escondiendo detrás de otros personajes hasta que abandoné el escenario y me coloqué tras los espectadores. El protagonista me dejó marchar. No recuerdo cómo terminó la representación.

Mi reflexión posterior ha ido por ese afán de algunas personas a aferrarse a su inseguridad para no atreverse a vivir la vida que querrían. Se refugian en la inseguridad y ¡hasta caen en el espejismo de considerarla más inteligente que ellos mismos!

Si, en vez de mirar al protagonista, viramos la mirada hacia la inseguridad y hacia las reacciones que ésta tuvo bajo mi piel, os digo que la percepción que saqué de ella es la de alguien a quien no le gusta pegarse a otros, y que está muy bien sola porque considera que nadie la necesita, o al menos que nadie la necesita ni tan a menudo como se la llama ni tan prolongadamente como la hacen quedarse. Vi a alguien a quien no le gusta que se dependa de ella, como mucho puntualmente, y que siempre está presta a pegarte la patada para que crezcas y camines solo.

Esta es, para mí, una inseguridad valiente y sana, la que se atreve a que vivamos sin ella, la que se atreve a no cumplir el papel para la que el ser humano la creó, la que no quiere ser obstáculo ni debilidad ni rémora. La inseguridad valiente y sana es la que tantas veces confía más en nuestras capacidades de lo que confiamos nosotros mismos. Escuchémosla y dejémonos guiar por ella hacia la acción.

Ahora que entra septiembre y arranca el curso escolar, os deseo que os acompañe esta inseguridad valiente que no se permite el lujo de quedarse con vosotros. Su lejanía os hará tanto beneficio como perjuicio su cercanía.

¡Buen año!

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