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lunes, 3 de noviembre de 2014

Lo que arrasan las tarjetas ocultas, o ¡no se cargue usted mi motivación!

Hace unos días, de camino a una reunión, pasaba cerca de un teatro en cuya taquilla quería comprar unas entradas. En la embocadura de la calle a la que me dirigía, me encontré con una pequeña manifestación de –por edad, muchos podían ser jubilados- damnificados por las participaciones preferentes que emitió, allá por 2009, una conocida entidad financiera cuyo consejo de administración está siendo investigado este otoño por el uso privado, abultado y a discreción de unas tarjetas de crédito ocultas. Impedían el paso a los manifestantes un muro de agentes al que reforzaban cuatro furgones policiales.

A mí la policía me franqueó el paso, pues no había otra manera de llegar a mi destino, y a los pocos metros me topé con una trinchera a rebosar de periodistas apuntando los visores de sus potentes CECME-cámaras hacia la entrada de la Audiencia Nacional, donde ese día declaraban los dos expresidentes implicados de la entidad investigada. No se libraban tampoco los reporteros de verse enchiquerados por otra tanda de agentes. En total, entre bocacalle y calle, había en ese “sarao” no menos de 40 guardias. Un caballero que se bajaba de un taxi se dirigió con calma y respeto a los policías: “Mejor harían ustedes protegiendo a los ciudadanos indefensos (los manifestantes), y no a esta panda”.


Este escándalo de las tarjetas, aparte los millooones que la fiesta ya ha costado, a unos de manera directa y a los demás de manera indirecta vía impuestos -si los jueces no lo remedian y recuperan los dineros afanados-, tiene, como otros abusos de su jaez, un efecto para mí mucho más imperdonable que el hurto mismo, como es que toca muy de cerca la motivación de todo un país –de hecho, no es que la toque de cerca, es que se la carga-.

Y hemos llegado a la cuestión de fondo que me ha llevado a tratar este asunto aquí. La motivación, como gran tema, está en cada conversación que tengo con mis clientes, pues ella es uno de los aspectos centrales y más delicados de la psique del ser humano.

Si ya muchos de mis conocidos y amigos hablan desde hace años de marcharse a vivir y trabajar al extranjero, muchos lo buscan activamente, y otros muchos lo han conseguido ya, a raíz de este último escarnio las voces se multiplican. No queremos estar en un país donde se dan este tipo de praxis.

Nuestra empatía ayuda a mantener la motivación de los demás, pues les hace sentirse respetados y considerados. Sabemos que las perspectivas cambian según el punto de vista (ya lo resumía Calderón de la Barca en boca de Segismundo con su “todo es verdad, nada es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”), por eso advierto que, aunque desde la propia montaña ciertos autodenominados “privilegios del cargo” no se vean como aprovechamiento indebido, desde las montañas vecinas se ve como vergonzante expolio. Si desarrolláremos y practicásemos más la empatía, esto es, el ponernos en los pies del compatriota y el percibir el dolor que pueda sentir el otro ante nuestros actos, creo que nos evitaríamos muchas de estas acciones “liberales” con cargo a una cuenta contable fantasma a la que parecen llamar “Errores informáticos” (pobres los responsables de tecnología en esas corporaciones).

Defensora del poder de la motivación interna como motor del comportamiento positivo sostenible, y poco creyente del rol de la motivación externa para conseguir los mismos efectos, hace una década preconizaba, en una sesión de motivación con el equipo directivo de una empresa, que el papel de los jefes no era motivar sino “no desmotivar”. No hablaba yo como lanza libre, sino que a lo largo de mi entonces reciente licenciatura de Psicología había visto corroborada esta mi intuitiva hipótesis con estudios científicos. Tristemente supe en la siguiente sesión que tuve con el equipo, que un tercero había descalificado mi recomendación desechándola como tontería (la ignorancia, que es muy audaz). No repliqué, consciente de que hay batallas que uno las gana sin hacer nada, meramente con el paso del tiempo. Así ha sido, pues desde entonces son crecientes las voces que alertan de lo mismo, “ocúpese usted de no desmotivar a su gente, o sea, de no poner obstáculos, de no sacar gasolina del depósito, de asfaltar la carretera, de cuidar que no haya salteadores de caminos, y el coche –esto es, nosotros las personas- andará solo”.

La trama de las tarjetas ocultas es el perfecto reflejo de la actitud contraria, pues nos chupa la gasolina (la energía emocional y económica), nos sentimos desprotegidos ante los bandoleros que campan a sus anchas por los caminos, y los responsables del negocio se gastan el dinero del asfaltado en los bares de la carretera.

Nuestra motivación necesita de unos representantes que quieran hacer las cosas bien, con calidad y decencia. Necesita de unos representantes fuertes, independientes y honrados que luchen contra los abusos en vez de cometerlos. Representantes con la sabiduría de un buen pater familias para evitar hijos pródigos que arruinen la hacienda del país, representantes que no tengan el afán de vivir la “dolce vita” a costa del sudor del prójimo. Y por representante, léase aquí todos los funcionarios y no funcionarios que tienen que ver, de una u otra forma, con la res publica, y vamos a meter también a la “res privada”: políticos, jueces, policías, miembros de los consejos de administración, directivos, ejecutivos y resto de profesionales.

Esos buenos pater familias, y no otros individuos, han de ser los que ocupen nuestras instituciones. Y todos y cada uno de nosotros hemos de buscar nuestra motivación y aportar nuestro esfuerzo consciente para lograr que  esto sea así. Y termino recordando las palabras de Larra: "Cumpla cada español con su deber de buen patricio y, en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡Cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles".


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