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lunes, 12 de enero de 2015

Ascenso al Empire State Building, o ¿hasta cuándo persistir en un objetivo?



Corona de niebla sobre el Empire State Building. Álbum


“Durante mi último viaje a Nueva York, hace ahora un par de meses, compramos un pase preferente para visitar algunas de las atracciones más emblemáticas. “Acceda sin demoras”, rezaba la propaganda.

Aunque a priori habíamos descartado subir a la cima del Empire State Building por conocerlo ya, la perspectiva de saltarnos el grueso de la espera nos animó una tarde a dirigir nuestros pasos hacia allí.

Cuando llegamos, la fila de gente apostada para entrar ocupaba manzana y media. “Ésta no debe ser nuestra cola”, pensamos en un fantástico ejercicio de negación de la realidad, y dimos la vuelta al edificio para utilizar la entrada lateral que recordaba yo de mi primera escalada, 20 años atrás.


No había nadie, ni siquiera vigilantes; “bien”, nos dijimos. Pero el franquear esa puerta nos llevó a la misma gran fila que habíamos visto en la calle, pero habiéndonos saltado al menos unos 200 turistas. “No se preocupen”, nos dijo el ujier al pie de la escalera mecánica cuando vio nuestros pases, “todo el mundo pasa Seguridad y luego las dos colas se bifurcan”.

Tras subir la escalera se abrió empero una gran sala donde una hilera de personas serpenteaba sobre sí misma al menos unas diez vueltas. Mi acompañante y yo intercambiamos la segunda mirada dubitativa: “¿desistimos y nos vamos?”... Preguntamos a otro empleado y éste nos volvió a tranquilizar. Nos mantuvimos, pues, a la espera.

Respiramos aliviados cuando llegamos al final de la sala. Pero, como en un mal episodio onírico, tras traspasar esa gran sala se abrió otra igual de grande y atestada que la anterior. La misma pesadilla se repitió hasta cinco veces con otras tantas salas contiguas.

Lo que al principio eran alegría y bromas entre los asistentes, fueron transformándose en agotamiento y hastío: cien nacionalidades distintas respirando al unísono y contagiándose en cadena de los mismos sentimientos de desánimo.

Pero ninguna persona se movía de la fila, todos manteníamos la esperanza de ver el bello Manhattan desplegarse ante nuestros pies.

Cuando el ánimo de alguno sucumbía, sus vecinos –unos perfectos desconocidos- le animaban: “venga, si ya hemos llegado hasta aquí…”. Pocos, si alguno, desistieron. Y, tras dos horas, sí, por fin, llegamos a la terraza. Ya era de noche cuando arribamos. Como nuestro objetivo de verlo de día no se cumplió, improvisamos rápidamente otro, y gozamos adivinando edificios por su silueta de luces, o buscando Brooklyn siguiendo el rumbo de las farolas, o hallando el mar por la oscuridad que lo cubría. Caído el sol, se notaban el viento y el frío que no se sentía a pie de asfalto. Paseamos, disfrutamos, y olvidamos el tedio de las dos horas previas.”

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Este texto os lo escribí hace algún añito. Y se quedó colgado en el limbo de las palabras, pues no supe dar entonces respuesta nuclear a la cuestión que la experiencia del Empire State Building me había planteado, y que motivaba y daba título al artículo que veis hoy.


Desde ese viaje a Nueva York me venía alborotando en el magín esta pregunta, para la que buscaba yo una clara pauta de comportamiento de la que tirar cuando fuese necesario. El asunto era: cuando un objetivo se nos atasca, cuando hay múltiples obstáculos y los logros son pírricos ¿hasta cuándo persistir en él?, ¿dónde poner el límite a la inversión que hacemos en pro de conseguirlo? Una mañana de este otoño, caminando distraída por las calles de Madrid como cualquier otro día, "la" idea atravesó fulminante el córtex pre-frontal desde dentro de mí –no es broma, lo sentí así-. ¿Hasta cuándo persistir?... Hasta que muere la esperanza.

Lo curioso es que yo misma había ya dado esa respuesta en este mismo artículo -lo he visto ahora al releerlo-, cuando contaba “que todos manteníamos la esperanza de ver Manhattan desplegarse ante nuestros pies”. Ay, ya lo dice el proverbio: “sólo cuando el alumno está preparado, el maestro aparece”.

Me detengo primero a definir qué es la esperanza, pues se presta a confusión como otras grandes palabras. Esperanza no es, por ejemplo, desear que algo ocurra, definición que me chocó leer hace poco en el texto de una colega. Esperanza es percibir nuestro deseo como posible, como sucintamente glosa el diccionario de la RAE.

La esperanza, entonces, es como un ser vivo: nace, la cuidamos para que crezca; madura y se hace fuerte, y se va deteriorando según respira y transita por las inclemencias que las circunstancias van poniendo a su paso. Como a un ser vivo, la vamos alimentando tenazmente, cada día, buscando los nutrientes que la recomponen y, si somos lo suficientemente inteligentes, manteniéndola a salvo de sustancias tóxicas que se acerquen a ella (pensamientos de desaliento, críticas sincericidas de unos cuantos “avisados”, “baños de realidad”, etc).

Y así va nuestra esperanza, luminosa e iluminada, en marcha y espera de los resultados deseados. Y éstos no llegan. Y éstos no llegan. Y éstos no llegan. No importa, seguimos adelante optimistas, modificando nuestras acciones, nuestras estrategias, nuestras aproximaciones, adaptando o reinventando el objetivo, pidiendo ayuda u opinión a quien sabe más que nosotros o a quien nos puede hacer repensar nuestro punto de vista. Cada día es nuevo y brillante. Pero siguen sin llegar los resultados, como mucho visiones de ellos o una pequeña pesca.

Y la esperanza sigue, pero debilitándose poco a poco. Apenas nos damos cuenta de ello, hasta que nos sorprende un día encontrarla tan pequeñita y encogida. Con todo y con eso, mientras el cuerpo nos lleve a seguir poniendo en marcha acciones para alcanzar ese objetivo, persistimos, o al menos yo abogo por persistir.

Puede llegar, empero, la mañana en que despertamos y la esperanza ya no está. Y pasan días o semanas y la esperanza sigue sin estar. No la hemos dejado morir, eso sería lo fácil y es lo que hacen los pesimistas, que la desatienden pronto y muy deprisa. No la hemos abandonado, más bien nos hemos desvivido nosotros mismos por mantenerla viva. La esperanza no está. Simplemente se agotó contra los continuados obstáculos.


Cuando se percibe un objetivo como real, es fácil persistir aunque a veces te invada la duda. Pero en la vida pocas certezas hay y, por eso, el continuar es en ocasiones de espíritus aguerridos. ¿Hasta cuándo persistir pues en el objetivo? Hasta que muere la esperanza de conseguirlo.... O hasta que la matamos.

Porque podemos rizar el rizo: podemos decidir matar la esperanza nosotros mismos sin esperar a que se muera extenuada. Algunos así lo decidimos con determinación, siguiendo el sabio criterio de que las inversiones pasadas no han de decidir las inversiones futuras. Tras hallar mi respuesta, hice un sondeo esta Navidad durante una cena con unos pocos buenos amigos. Dos opiniones, las femeninas, iban en mi línea, eran también de amplio espectro, pero las de ellos, dos empresarios, fueron rápidas y concretas. Me gustaron mucho las dos, así que os las traigo también como ejemplos por si a alguno os guían para hallar vuestra propia respuesta nuclear.
  • Hasta que pierdo la lucidez, la conciencia, hasta que ya no puedo pensar en estrategias para conseguirlo.
  • Hasta cuando los costes de perseguir el objetivo superan los beneficios.


¡Feliz año, feliz esperanza y felices decisiones!



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