© Maite Inglés. Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción, distribución y transformación sin contar con autorización expresa del autor. Se permite -no si es con fines comerciales- hacer referencia mediante un enlace a la fuente original.

Páginas

martes, 1 de septiembre de 2015

"El que no sonriáis no me afecta", o a resolver se comienza hablando

Smithsonian Washington, American History Mus. Álbum


Una mañana, en el metro, un cantautor arrastró su maleta musical y su guitarra hasta el vagón donde yo viajaba. Se ajustó el micrófono, hizo una introducción entusiasta y positiva y, a todo volumen, nos cantó una canción propia. Al terminar, solicitó nuestra “contribución y una sonrisa”. Cada viajero dio lo que quiso: una, la otra, las dos o ninguna. Fue agradeciendo sobre todo las sonrisas y se despidió. Volvió a arrastrar su equipamiento hacia el siguiente vagón, pero se detuvo en su umbral, giró y remató con un pequeño discurso del que sólo recuerdo el principio y el final, y que recitó con tono pesaroso. Dijo algo así como: “Hay personas que no me habéis sonreído… No voy a dejar que eso arruine mi día y me haga ser menos positivo”. Luego se alejó lento y cabizbajo.

Supe en ese instante que con su alocución estaba expresando un deseo-propósito más que una realidad:
con su sentencia estaba luchando contra el impacto emocional negativo que le había supuesto el no encontrar sonrisas en todas las caras.


Sólo hablamos de lo que es importante para nosotros, de las cosas que nos afectan. Del resto no, por la sencilla razón de que no prestamos atención a lo que no nos impacta. Al no prestar atención pasa desapercibido y no deja huella, se evapora de nuestra experiencia subjetiva vital sin dejar rastro.

Lo compruebo cada día con mis clientes, individuales o equipos. Llegan y me cuentan cosas variopintas, algunas de refilón y supuestamente alejadas del asunto que nos ocupa; no importa, yo las voy registrando fielmente en mis notas o en mi memoria. Porque más adelante, lo habitual viene siendo que el/los clientes acaben por descubrir que el motivo por el que acuden a mí tiene que ver, sobre todo, con esas cosas a veces aparentemente peregrinas que me contaron, como de pasada, en nuestras primeras conversaciones. Y la solución llega fácil.

Si a nuestro cantautor metropolitano no le hubiera afectado la falta de sonrisas, no habría expuesto su quejoso discurso ni se habría alejado lento y cabizbajo. Habría marchado inadvertido de la cosa. Habría partido como decía aquel cantar de Fernando Delgadillo que mi amigo Alejandro me descubrió y regaló cuando viví en México (¡gracias, Alejandro!): Y se fue por los caminos, ágil, errabundo y solo. Iba dando briosos saltos y cantando alegres tonos.”

Jamás empero se me ocurriría criticar a nuestro trovador callejero por su inesperada mini-regañina al público concurrente, pues una vez sientes algo es mejor hablar que callar, desde la comprensión y el respeto es necesario el reclamo para sentirnos mejor, y hasta para resolver la situación que se nos haya presentado si es que nuestro bienestar futuro depende de ello. El silencio es la peor de nuestras desventuras. Nos impide acercarnos a otros o reconciliarnos con ellos. Nos impide pedir ayuda cuando todos nuestros poros la están gritando. Nos impide resolver situaciones en las que nos hemos atascado. Y creedme, atascarse a veces es independiente de nuestra inteligencia general o de nuestros bríos o creatividad; atascarse tiene que ver, para mí, con la pobre integración entre nuestros tres cerebros –el reptiliano, el límbico-emocional y el neocórtex-racional.

¡Y hay tanta gente que calla lo que debería hablar! Hace un tiempo, una amiga mía me confesaba un pesar profesional que llevaba arrastrando desde hacía seis meses, sin compartirlo con nadie porque concluía que hablar de ello era quejarse y ella se considera y es una mujer fuerte y animosa. Inconsciente de lo que le estaba perjudicando su propio silencio, estaba confundiendo la queja con el hablar para resolver. Los seres humanos hablamos para muchas cosas; lo primero, para desahogarnos, cuestión bien importante. Pero no menos importante es que, en escucharnos a nosotros mismos y en la escucha que nos prestan otros, empezamos a buscar la solución y la salida, es en la escucha donde somos capaces de empezar a desenredar la maraña, es ahí cuando empezamos a aterrizar y a colocar ideas, es entonces cuando empezamos a pergeñar estrategias, a dar pequeños pasos, a pensar distinto. 

Siempre es así. Por eso ahora existe mi bella profesión, la de coaching, para mí tan importante como la de médico, y que necesita de tan complejos y prolongados preparación, entrenamiento y talento como la de aquellos. Aviso a navegantes.

¡Feliz curso, y a resolver hablando!


------- x -------
Más información en nuestra web-app MocionA
Descárgatela para Apple y Android
Contáctanos por email