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domingo, 15 de noviembre de 2015

Divertimento a dos siglos: la quimera de vivir y dejar vivir, ensoñaciones con Mariano José de Larra

Larra. Óleo Museo del Romanticismo, Madrid. Álbum


Desperteme yo de la siesta con el sobresalto de un imposible. Y era éste que había estado paseando por la calle Alcalá codo con codo con un buen amigo, pobrecito hablador, duende satiricón o ligero personaje de opereta. Era 1836 y, aunque los comercios lucían deliciosamente anticuados a mis ojos, y las sedas de las faldas femeninas crujían ris-ras al batir contra el empedrado, pocas diferencias separaban mi año 2010 con aquel otro trasnochado y demodé.

Como se hace con un viajero recién llegado, Fígaro me mostraba los vericuetos de su Madrid mientras disertaba, sereno aunque sombrío, sobre cada rincón. Lo hacía, no relatando Historia sino su historia, la del periodista de ojo afilado y corazón entristecido que no había aprendido a vivir.


Buen estudioso de la historia, la teología y el mundo clásico, Mariano José habría podido narrarme el origen de la sociedad, institución que él denostaba: “Desengáñate, amiga Maite, en cuanto los humanos se organizaron en comandita para protegerse de los peligros de la naturaleza, surgieron  mangoneadores para dominar el cotarro y adscribirse los privilegios. Desde entonces, el principio que ha ido tiñendo nuestras acciones ha sido el “Quítate tú, que me pongo yo”. Aquí, ni se vive ni se deja vivir. Éste no es sitio para nadie”.


“Quítate tú, que me pongo yo”, reflexiono. Y no puedo menos que suscribir las palabras de mi ancestro, contemporáneo fugaz en mi sueño.


¿Qué es vivir?, preguntaremos al cabo. Desde luego, no es levantarse cada mañana a ver qué depara el día, no es eso. Dejarse llevar por los acontecimientos, tampoco. Abandonarse a los criterios de un tercero, ni mucho menos. “Es tomar las riendas”, aventura uno. Eso ya se va aproximando, pero ojo a qué se hace con la fusta en la mano, no vayamos a sacar un ojo a un transeúnte en queriendo propinar un latigazo al caballo. Y sin olvidar el cuidado del caballo, pobre bestia obligada a ir a nuestro ritmo y a donde nosotros queramos.


¿Y dejar vivir?, ¿qué es dejar vivir? “No meterse en la vida de los demás”, impostaría una dama con tono agudo. “Dejarme hacer lo que yo quiera”, gorjearía un niño. “No importunar al personal”, tronaría un arriero. “No interferir en asuntos privados”, sentenciaría un letrado. En esto del dejar vivir, a mí me viene la imagen del tropiezo, que a veces resulta trompicón y otras trompazo, y diré: “Dejar vivir es no tropezar con el devenir de otro, sea éste animal, persona o vegetal”. Si a alguien esto le parece fácil, evidente, hasta posible, le ruego surta a la humanidad del secreto.


Fígaro no encontraría resquicio de consuelo en el que apoyarse. Yo sí, y así lo quiero, y así se lo expreso a ustedes: a veces no nos dejan vivir, todo es una intromisión, cierto, pero en ocasiones es para “un mejor pasar” de todos o de algunos, perjudicando a los menos si es que a alguien.


Por ejemplo, mi profesión de Coach, de ayuda a la gente a conseguir sus objetivos o encontrar su nuevo camino, a muchos les parecerá manía de entrometidos que van por ahí dándose porte, o faranduleros en busca de funámbulos deseosos de correr mejor y más veloces por la cuerda floja de la vida. En puridad, ciertamente, no les dejamos vivir a su aire antiguo pero, si les preguntaran, ellos, los funambuleros, les contestarían que agradecidos están.


Y con esto me quedo. Buenas noches, me vuelvo a acostar a soñar con otro amigo y así dejarles a ustedes a  su albedrío un rato.


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