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martes, 3 de mayo de 2016

Ceguera humana ante la grandeza, reflexión de coaching bajo el recuerdo de María Moliner

Diccionario María Moliner. Álbum

El “María Moliner”, o “Diccionario de uso del español”, que la propia autora denominó así por distinguirlo del diccionario de la RAE[1], nacido en 1726 como “de autoridades”, se publicó en 1966. Cercano a mi propio nacimiento, utilicé el glosario durante mis años escolares como si hubiera estado ahí toda la vida, ignorante de lo heroico de su origen, desconociendo que era labor de una sola persona, e inadvertida del sacrificio que el llevarlo a buen término había supuesto para su redactora. Sólo a principios de los años 90 del siglo pasado, leí un extenso reportaje sobre la persona y su obra, y coloqué desde entonces a doña María en el Olimpo de mis héroes.


Con motivo del 50 aniversario de la publicación del diccionario, se estrenó el mes pasado en el Teatro de la Zarzuela de Madrid una ópera llamada simplemente “María Moliner”. No es este blog el espacio donde comparto mis frecuentes excursiones teatrales, pero habiendo el montaje inspirado el presente artículo, me quiero detener a ensalzar la magnífica interpretación musical y actoral de María José Montiel, la mezzosoprano que encarnaba a la augusta lexicógrafa, y aplaudir a los demás cantantes y al coro. 

Y ya recordando el resto, no diré lo mismo de la partitura, anodina a mis ojos y no llamada a perdurar según mi gusto. Ni del libreto, muy limitado -siempre a mi entender- en cuanto al periodo que cubre y a las ideas que transmite: pocas, repetidas y simples. Tampoco nos habla el texto de las motivaciones que llevaron a doña María a acometer tan titánica tarea, ni profundiza en el proceso creativo más allá del germen inicial que extractan en “de la palabra a la idea, y de la idea a la palabra”. No aciertan libreto o dirección de escena en ese caricaturizar a los miembros de RAE como vanidosos monigotes de cabeza hueca -por mal que decidieran no admitir a doña María en sus filas-. Tampoco convence la inclusión de unos cantantes pregonando el almanaque, o el personificar palabras. Ni se entiende el disfrazar personajes con uniformes que recuerdan a la policía alemana de las SS. Hasta aquí la ópera, volvamos a lo nuestro.

Hace poco leí en un instante una frase, tan de pasada fue que no recuerdo dónde estaba impresa ni llegué a retenerla. Me quedó, sí, su idea, que venía a hablar de la dificultad, resistencia o incapacidad del ser humano medio para reconocer la inteligencia o la grandeza ajena cuando las tiene delante. Observación que puede explicar el por qué María Moliner no consiguió el sillón de académica de la RAE cuando fue postulada en 1972.

Como buena maña (nacida en el zaragozano pueblo de Paniza; por cierto, a 25 km. de distancia de la cuna de mi propia familia paterna), parecía doña María una mujer sin cacareos ni autobombo, discreta, trabajadora, austera y de pocos oropeles. Y ya sabemos todos en este siglo XXI de la marca personal, los knowmads y la ventaja competitiva diferencial, que “el buen paño en el arca NO se vende”, por mucho que el refrán haya querido durante siglos convencernos de lo contrario, de que el esfuerzo y la labor bien hecha bastan por sí solos para obtener reconocimiento y estipendio. Según las crónicas, Doña María elaboró su diccionario sin presumir, desde la humildad, y quizás por ello muchos no supieron o quisieron reconocer su valor. La historia se repite cada día.

Desafortunadamente, no llegaremos a saber con certeza las razones que culminaron en el rechazo de los académicos de la RAE hacia esta intemporal bibliotecaria. ¿Fueron motivos viscerales no confesables, i.e. machismo, la denostación de la mujer que no cesa, como afirman algunos? ¿Pudo ser un íntimo sentirse inferiores a ella en esfuerzo o voluntad? ¿O creía lealmente el cónclave abecedárico (palabra inventada) en los motivos “objetivos” que esgrimieron tras su rechazo? Finalmente, ¿podríamos pensar también en una combinación de ambas cosas a la vez, lo inconfesable y lo hecho público?

Uno de los motivos públicos que la RAE adujo para no apreciar con hechos a nuestra lexicógrafa, fue que “sólo” había escrito una obra. Sí, señores, una sola, pero qué obra, más de tres mil páginas de descripciones, generadas y revisadas una y otra vez, durante diez horas diarias de trabajo a lo largo de quince años. A ver cuántos de esos académicos, todos varones en aquel entonces, llegaron a publicar tres mil páginas en toda su vida.

Consciente de la enjundia del resbalón del cónclave, parece que la propia doña María llegó a decir que si un varón (asimismo más dados que las féminas a la autopromoción de sus hazañas o hazañitas, lo cual suele dejar en desventaja a la mujer; chicas, ojo a eso) hubiera escrito el diccionario, el común de los mortales habría exclamado algo así como: “Y ese hombre, ¿cómo no está en la Academia?” Coincido con ella. Es más, en el momento de la ópera en que se deniega su entrada en la RAE, a mí se me humedecieron los ojos ante lo que se presenta como falta de visión y cercenamiento del progreso. Lágrimas que reflejaban, como en el bello y tristísimo cuento “El príncipe feliz” que escribiera Oscar Wilde, tantas otras injusticias como veo o no veo cada día.

La auténtica grandeza, cuando llega a nuestro terreno, cuando la sentimos competidora, puede asustar. Y no es infrecuente que ese miedo tome la forma de molestia, irritación y hasta envidia, la cual ya sabemos el veneno que trae. Y es que la grandeza de otros, cuando la admiramos, nos permite aprender de ella, crecer con ella, estar cómodos con ella, engrandecer con ella. Por el contrario, el temerla o envidiarla puede hacernos descender uno o varios escalones en nuestro sentimiento de valía. Y muchos que no gustan de sentirse mediocres –tengan o no motivos para ello-, prefieren hundir lo grande que sentirse pequeños.

Uno de los rasgos que nos protegen de la envidia y el temor es la autoestima, o amor por uno mismo. Quien tiene en su sitio la autoestima y ésta está en equilibrio con su autoconcepto, o creencias acerca de uno mismo y de sus capacidades, podrá aceptar en su seno la grandeza de otros y aplaudirla.

No diremos lo mismo si nos topamos tanto con un exceso como con un defecto de autoestima o de autoconcepto. Estos pueden conducir, no siempre, claro, a no poder encajar la grandeza ajena. Una autoestima o un autoconcepto que excedan las capacidades reales del individuo son como unos pies de barro, y pueden llevar a denigrar al grande para no desmoronarse. Del lado opuesto, personas con reducidos autoestima o autoconcepto, en la comparación con el grande pueden desmotivarse, y elegir rebajar a éste como estrategia para evitar sentirse mal. Los egos siempre entorpecen la generosidad y la claridad de miras del ser humano.

En otras ocasiones, el aplauso a la grandeza puede también enmudecer en individuos con creencias rígidas sobre el mundo, esto es, personas víctimas de fanatismos de cualquier tipo. Por cierto, hay muchos de esos que hasta ignoran lo estereotipado de sus pensamientos. De eso hablaremos otro día.

El coaching nació para muchas cosas, y una de ellas es acomodar la autoestima o el autoconcepto de las personas para que jueguen a su favor. Bien definidos y colocados, éstos ayudarán a que el ego no reclame atención y alimento, no nos domine, y podamos con ello gobernar nuestro mundo desde la ecuanimidad, la sana ambición, la tranquilidad y la generosidad. Esto me lleva de carambola a Abraham Lincoln, quien dijo: “Cede el paso ante las cosas grandes, ante las que no puedes mostrar más que el mismo derecho, y cede las menores, aunque sean claramente tuyas”. Difícil, ¿eh? Pues es una estregia para aligerar el espíritu. Aquí os la dejo.

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[1] Real Academia Española de la Lengua