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lunes, 3 de septiembre de 2018

Cómo la autocrítica perjudica tu vida. Aprende a gestionarla


Sombras. Álbum personal.

A no pocos de mis clientes les aqueja la autocrítica, esa desabrida compañera que no está nunca satisfecha con lo que haces, y que te afea en cuanto puede con un lenguaje  desmotivador, hiriente y despectivo. “No estás a la altura”, te devuelve en cada ocasión que le dejas. 

Hay quien confunde la autocrítica con la autorregulación, y esa confusión le lleva a considerar la primera como saludable. “Te hace estar en guardia”, argumentan algunos como ventaja; “¡qué agotamiento!” -pienso yo-, “todo el día con el cortisol (la hormona del estrés) danzando por tus venas”.

La autorregulación es una sana reflexión sobre tu comportamiento y sobre tus logros o falta de ellos. Gracias a ella, introduces cambios o mejoras en tus conductas, planes, actitudes o estrategias, que te ayudan a crecer. Por su parte, la autocrítica rara vez te hace crecer, pues al fijarse en tus faltas reales o imaginadas y agrandarlas, desmotiva y deshincha, hace que tus objetivos aparezcan más lejanos e inalcanzables, y tú menos capaz o más inadecuado o torpe. 

La autocrítica suele nacer, al igual que muchos de los comportamientos humanos, en la infancia. Y lo hace como una manera adaptativa de enfrentar las situaciones que el niño va encontrando, tiene una clara funcionalidad. Los orígenes de la autocrítica son varios, para cada persona el suyo:

-       Aprendizaje vicario: sus padres también lo hacían, también se criticaban a sí mismos.

-     Creció en un entorno inseguro y/o amenazante, donde los padres o figuras de referencia le criticaban o maltrataban física o psíquicamente. Consecuencia de ello, el niño desarrolla la alerta continua o cuasi-continua de criticarse, con el objetivo de modificar su propio comportamiento antes de que los otros se den cuenta e impongan un castigo o retiren un premio. Criticarse era su manera de ponerse a salvo, de prevenir agresiones de los mayores. 

-     Simplemente, sus padres tenían altas expectativas sobre ellos, altas “ilusiones”, o se han sacrificado mucho por los hijos y éstos, por no defraudarlos, generan esa alerta de la autocrítica.

Quienes han crecido con un modelo parental pobre, solían carecer en la infancia de una figura que sirviera de protección o proporcionara apego seguro, que desempeñara la función de calmarles el sufrimiento normal y cotidiano que trae la vida. Por ello, quienes han crecido sin ese apoyo desarrollan, y trasladan a la vida adulta, un sistema de autocalmado y de autorregulación emocional rudimentario e infantil, de baja tolerancia al dolor: cualquier activación emocional les genera sufrimiento, o lo hace en grado mayor que a las personas que han crecido en un entorno de seguridad.

Con los años, la autocrítica deviene pauta automática de comportamiento. Como la mayoría de pautas automáticas, se continúa practicando incluso después de que las circunstancias hayan cambiado, esto es, después de que haya desaparecido la amenaza que la originó. Así, practicadas en entornos de la vida adulta, estas respuestas automáticas quizás ya no sean necesarias, pero tú las sigues usando porque “es lo que siempre has hecho”. Un dicho español ilustra perfectamente el efecto pernicioso de una pauta automática de comportamiento: “pon a un tonto a seguir una linde; la linde se acaba y el tonto sigue”. Eso le ocurre al ser humano con las pautas automáticas, las sigue hasta el precipicio. Y eso sucede porque el cerebro no se da cuenta de que esas pautas ya no son útiles en las circunstancias presentes de la vida. 

Contrariamente a lo que creen las personas con autocrítica alta, éstas consiguen menos sus metas que personas con baja autocrítica. ¿A qué atribuimos esta aparente contradicción?

  1. La autocritica impone metas más que las propone.
  2. Las metas impuestas son poco realistas, “castigadoras”, de Supermán.
  3. La autocrítica evalúa de manera implacable y sin descanso tus desempeño y logros.
  4. La evaluación suele ser negativa, lo que impide que disfrutes de tus logros o te premies por ellos. Como nada es suficiente para tu monstruo devorador, produce en ti el efecto de desanimarte, quitarte fuerzas, disminuir tu motivación y, aquí viene lo gordo, ¡aumentar tu miedo al fracaso!
  5. El sentimiento de fracaso, de inadecuación, te impide pedir ayuda, con lo que obtienes menos recursos personales que las personas que piden ayuda con tranquilidad y sin rubor.
  6. El no pedir ayuda favorece efectivamente el fracaso de los planes, las relaciones y las parejas.

¿Por qué sigues con la autocrítica? Porque fomenta el autoengaño de que con ella puedes controlar tu futuro. Concepto interesante el control. De ahí extraemos que un perfil probable de caer en la autocrítica es la persona que necesita controlar.

También la mantienes porque, cuando una de tus conductas no se adapta al entorno, lo normal es que te des cuenta de los efectos negativos que produce pero que no halles la causa que los provoca, te mantienes ciego a ellas.

¿Cuáles son los antídotos de la autocrítica? La aceptación, el primero. El desarrollo de la autocompasión, el segundo. El apego seguro, el tercero. Y hay más. ¿Quieres desarrollarlos? Ven a vernos.

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Maite Inglés es Psicólogo Coach desde 2006, en los ámbitos de coaching personal, de ejecutivos, equipos y negocios. También ejerce el coaching terapéutico apoyándose en EMDR e Hipnosis clínica. Acreditada PCC por ICF. Mentora de ejecutivos y negocios, y Mediadora en conflictos civiles, mercantiles, organizacionales (intra e inter) y familiares. Economista, MBA, Psicólogo y DEA doctoral en gestión de emociones, resiliencia y Psicología Positiva. Trabaja en español, inglés e italiano; también en formato telefónico o vídeoconferencia.

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